Parecía que Sánchez se había librado de Ábalos por pura crueldad, como un niño que le destripa la guata a su osito de peluche. Pero ahora los jueces paran el rescate de Plus Ultra y buscan bajo sus huellas de pegatina, como las de los tebeos, así que lo de Ábalos quizá no fue crueldad, sino previsión. Ábalos era en el Gobierno un montero con faja de esparto, un ariete acarnerado o un guardián de mazmorra, y siempre estaba por ahí con antorcha de pasadizo, con maza o con cepo, entre monje siniestro y verdugo. A Ábalos lo perseguían fantasmas, carritos de aeropuerto, maletas con reguero, pasos con eco, medias oscuridades y largas sombras, como de cabina telefónica o de carruaje. Era de esos personajes a los que acompaña música de suspense, de violín tocado con un cuchillo; que parecen diseñados para la sospecha como el que no se saca la mano del bolsillo o el que viste botines bicolor y lleva cicatriz y sombrerera. Y Sánchez no quiere ya cicatrices ni sospechas, sólo muertos y sonrisas.

Ábalos ya no está, se ha ido del Gobierno y hasta del PSOE así como por una escena y un túnel de El tercer hombre, y ahora un juez paraliza el rescate de Plus Ultra, un rescate en el que Ábalos aportó credenciales, empeño y alguna noche de búho quizá. Plus Ultra es una aerolínea que se diría que operaba sólo en el Triángulo de las Bermudas, un poco hecha de aviones vacíos, brújulas locas y agujeros en los mapas y en el fuselaje. A lo mejor no volaban mucho, ni volaban bien, o ni siquiera volaban y eran sólo aviones de corcho o aviones de pin o de pechera, como unas alas en la solapa de un fumigador de avioneta, o las anclas de las gorras de esos marinos sólo de marisquería. La aerolínea, quiero decir, existe, o al menos existe en tierra, no sé si alguien ha volado alguna vez en ella o sólo viajan baúles y tigres, pero su resol de lata y su rescate un poco de lata también ya resultan sospechosos para los jueces, como nos resultaba sospechoso Ábalos yendo a un aeropuerto embozado tras el carrito de las mopas. 

Ábalos estaba en todos los callejones y tras todos los periódicos con ojos de nazareno. Estaba revoloteando en lo de Plus Ultra y fregando la terminal en lo de Delcy»

Un juez paraliza el rescate hasta mirar tras el corcho y tras los agujeros, y también el Tribunal de Cuentas admitió en su día una denuncia contra ese mismo rescate, que ya parece de Tintín. Todo se vuelve cada vez más sospechoso, seguramente porque la aerolínea es sospechosa, como todo negocio sin negocio. Como son sospechosos, siquiera de fama, los dueños de la empresa o del cartonaje, que son empresarios de la órbita de Maduro. Como es sospechoso lo de Delcy Rodríguez apareciéndose sin tocar la tierra, levitante y emisaria, como una Virgen de pastorcillo, ante un Ábalos que lo negaba. Pero tanta sospecha a nuestro Gobierno yo creo que sólo le sonaba a aventura y le daba más ganas de rescatar algo, una aerolínea o unos viajeros en globo o un espeleólogo. La aerolínea, además, hace unas rutas entre el exotismo y el más allá, entre Jiménez del Oso y Miguel de la Quadra-Salcedo, entre la hispanidad ultramarina de su nombre y un avión de comienzo de película de Tarzán, a la vez ataúd y casa. Yo creo que Sánchez, tan aventurero, ni se pensó el rescate, los 54 millones que iban para el agujero o para la selva o para Maduro o para Tintín.

Ábalos estaba en todos los callejones y tras todos los periódicos con ojos de nazareno. Ábalos estaba revoloteando en lo de Plus Ultra y estaba fregando la terminal en lo de Delcy. Ábalos estaba incluso a la hora de recomendar, al principio de todo, una pequeña empresa de mascarillas, una empresa con cinco trabajadores como cinco ayudantes de Santa Claus, y que de repente recibió millones en contratos. Aunque, la verdad, cinco trabajadores ya son más que los tres aviones como tres carabelas que tiene Plus Ultra. Sí, Ábalos estaba ahí, tras todos los teléfonos, esos teléfonos negros y grandes como tricornios de las películas; estaba tras todas las farolas con sombra de beso y de puñalada de las películas, aunque no sabemos si estaba ahí por él mismo o porque Sánchez lo mandaba como se mandaba en las películas a un sicario chato con metralleta de violín o de ramo de flores. 

Ábalos era el Algarrobo de manta andaluza o zamorana de Sánchez, su escudero con adarga basta, como de tapa de tinaja. Era incluso, al final, verdaderamente un osito de peluche para el zangolotino Sánchez; un osito con barriga de miel y garra de fiera de dibujos, esa garra como de tijera de cartulina que sólo ralla a Elmer Gruñón porque luego, en realidad, la fiera cae enseguida, inocentemente, sobre la mancha de tinta del jefe o sobre lo mojado del aeropuerto, aún con su disfraz de Mortadelo. Todo en Ábalos era sospechoso y ambiguo, o sea aún más sospechoso, y Delcy y Plus Ultra eran ya mucha niebla, mucho bulto y mucho blanco y negro en los aeropuertos para resultar algo inocente. Pensábamos que el presidente sólo se quitó de en medio a Ábalos por crueldad, porque la crueldad es la única demostración de poder de los gobernantes inútiles. Ahora nos damos cuenta de que quizá sólo previó que su hombre más sospechoso y oscuro pudiera caer dentro o alrededor de esa oscura redecilla de vieja que puede ser la Justicia, y en el peor momento. Sí, justo en la hora de las sonrisas, que sólo es, en realidad, la hora de los muertos. Ábalos es la prueba.