Decíamos ayer que en este periodo pandémico, Madrid ha trasladado a las calzadas el libertinaje de sus fachadas. Que ese barraquismo vertical pequeñoburgués parece haber inspirado las desacomplejadas soluciones de la hostelería campamental madrileña, su abigarrado muestrario de terrazas.

Es como la ilusión de cottage de esas relucientes ventanas blancas que su vecino o usted mismo decidió instalar en su casa; por la eficiencia energética pero también, sobre todo, para sentirse un poco en la campiña cuando se asoma a la calle. Y para que, desde la calle, esos barrotillos sin función atrapados en la cámara de aire del climalit hagan destacar su piso en la impersonal mole de su bloque con un distinguido toque georgiano.

Bajamos a la calle. Las vallas de madera de la terraza pandémica, esas picket fences de reminiscencia campestre o de idílico vecindario norteamericano, persiguen un ideal equivalente.

Pero, para reforzar el aislamiento del tráfico rodado, el bucólico cercadito suele verse complementado con algún cerramiento adicional. Una mampara, una celosía o un espeso seto de brezo tricapa, o de mimbre o de bambú o de corteza de árbol. O un electrizante espumillón que fue verde pero ya es azul. La búsqueda de soluciones para hacer de la terraza un espacio a prueba de chaparrones, resistente incluso a ventiscas, ha propiciado la introducción de elementos propios de la carpa circense o el campamento beduino. Llegados a este punto, el eclecticismo se adentra en el territorio de lo experimental.

Si el Paisaje de la Luz es Patrimonio de la Humanidad, el bar campamental de Madrid es un poco el monumento vivo de estos meses excepcionales»

Los palés obtienen su penúltima oportunidad como recurso decorativo. Y la jardinería artificial nos recuerda que el vilipendiado plástico sigue siendo un material de primera necesidad. Quién puede prescindir de las enredaderas de fantasía, de los caprichos florales de tanto fabricante oriental, de los monumentales plataneros sintéticos ante los que el peatón sin machete no puede hacer más que retroceder. O del césped artificial que, cuando coincide con un sistema de pulverización de agua, nos hace soñar con el trópico sin salir de la Meseta.

El porvenir de este acontecimiento de arquitectura efímera y popular se antoja incierto en Madrid. El delegado Carabante advirtió en primavera que las terrazas ganadas a la calzada desaparecerían a finales de año porque hacen falta las plazas de aparcamiento perdidas. Pero alcalde y vicealcaldesa ya han anunciado que previsiblemente serán prorrogadas.

Mientras, en Barcelona, donde la hostelería envidió la liberalidad de la capital para con el sector, el Ayuntamiento no sólo ha anunciado la consolidación de estas terrazas, sino que ha abierto una consulta pública para unificar sus elementos. Se han seleccionado cuatro propuestas, cuyos prototipos ya están instalados en 11 puntos de la ciudad. Una comisión mixta formada por técnicos del Ayuntamiento, representantes del gremio de hostelería y miembros de FAD, la reputada asociación para el Fomento de las Artes y el Diseño, elegirá los mejores, que se homologarán y fabricarán. Y los dueños de los establecimientos obtendrán ayudas de hasta el 50 por ciento por parte del consistorio para su instalación.

En Barcelona, ciudad acostumbrada bajo gobiernos de todo signo a debatir sobre sí misma, llevan meses hablando de urbanismo táctico. Reflexionando sobre la manera de sustituir los controvertidos bloques New Jersey con que el Ayuntamiento acotó al comienzo de la pandemia las terrazas de los bares. No cabe esperar en Madrid un proceso de deliberación equivalente. Pero sí cabe sospechar que las terrazas pandémicas, aun sin diseny que las unifique, se impondrán por una mezcla de inercia y conveniencia. Si el Paisaje de la Luz es Patrimonio de la Humanidad, el bar campamental de Madrid es un poco el monumento vivo, desparramado por toda la ciudad, de estos meses excepcionales.