En esta semana negra para la historia de Afganistán, y de la geopolítica mundial, estamos asistiendo a una verdadera avalancha de declaraciones, de comunicados, de retórica.

El Pentágono se declara sorprendido hacia una situación que no había previsto. Es difícil imaginar cómo tras una presencia continuada no se podían prever las consecuencias de una salida atropellada del país.

Trump pactó con los talibanes, excluyendo al gobierno afgano, la salida de EEUU a cambio de que ningún grupo terrorista utilizara territorio afgano para atentar contra EEUU y sus aliados. La administración Biden continuó esta dinámica y estas conversaciones, a pesar de que como consecuencia de este acuerdo, la violencia en el país alcanzó sus niveles más altos en las últimas dos décadas. Mientras los talibanes aceptaban sentarse en la mesa de negociación con el gobierno afgano en Doha, estos seguían armándose y aumentando el control de amplias franjas del país. Demostraron no tener el menor interés en el proceso de paz, que desde sus inicios nacía como una utopía viciada ante la perspectiva de una retirada de tropas pactada e inminente.

Mientras tanto, la sociedad civil, las mujeres afganas que hoy vuelven a estar en foco de la preocupación de occidente, alertaron del incremento de la violencia como resultado de las conversaciones de paz. Activistas como Sima Samar, advertían de los peligros que conllevaba la liberación de más de 5.000 talibanes como parte del pacto con EEUU, los cuales se convertirían en soldados de un potencial avance.

Esta derrota, es una derrota política que no puede terminar con el reconocimiento. Eso sería claudicar y dejar sin ninguna esperanza a los afganos y afganas que no se han rendido»

Todo este escenario no exime de responsabilidad al gobierno afgano, pero debemos ser honestos: su incapacidad es el reflejo de nuestro fracaso. La corrupción, que ha afectado a todos los niveles de la administración, es eminentemente responsabilidad del Gobierno. Pero ha habido errores compartidos: la desviación de fondos, la estrategia excesivamente militarizada y falta de un mayor enfoque social, y la entrada masiva de armas en el país dejan hoy también un reguero aprovechado por los extremistas. Hoy los talibanes utilizan a su favor el precio de la guerra.

Todo ello refleja el poco éxito en la construcción de una institucionalidad democrática que funcionara. Porque, a pesar de las declaraciones de Biden, la comunidad internacional sí estaba en el país para contribuir a la construcción de un Estado democrático y de Derecho. No haberlo conseguido es el fracaso más amargo de las democracias liberales, y con ellas el de millones de afganos que apostaron por la libertad, por la educación de sus hijos, y por un futuro diferente con una ciudadanía plena e inclusiva.

La imagen es el mensaje, y esto es algo que también los talibanes han entendido muy bien. En un ejercicio de cosmética geopolítica, los talibanes comparecen en su primera rueda de prensa para declarar su respeto a los derechos de las mujeres bajo la ley islámica o una amnistía para los colaboradores del anterior gobierno. Es evidente que han aprendido algunas lecciones. El ejercicio del horror se ha sofisticado ahora: si las democracias occidentales desean escuchar este discurso para tranquilizar sus conciencias, el régimen talibán está dispuesto a hacerlo. Sin embargo, la población civil afgana sabe bien de los horrores de los talibanes: los sufrieron mientras tuvieron control del país hasta 2001, y lo han seguido sufriendo aquellos presentes en los territorios que seguían controlando de facto.

Las democracias liberales representamos todo lo que los talibanes odian y quieren destruir»

Por eso, cuando los gobiernos a nivel mundial encaran la disyuntiva de un potencial reconocimiento del régimen talibán, y del establecimiento de relaciones con él, se vuelve a revelar indispensable lo más básico: escuchar las voces de los afganos y afganas. Durante la rueda de prensa tras la reunión de ministros de exteriores de la UE, la voz de la única periodista afgana acreditada en Bruselas se quebraba de dolor y de rabia mientras pedía evitar a todas luces un reconocimiento del régimen talibán. Esta derrota, es una derrota política que no puede terminar con el reconocimiento. Eso sería claudicar y dejar sin ninguna esperanza a los afganos y afganas que no se han rendido. A las mujeres que, con un coraje y una valentía inimaginables, salieron a las calles a defender su derecho a existir.

Por ello, China o Rusia podrán mantener sus embajadas y reconocer el Emirato, pero la UE jamás puede hacerlo. Las democracias liberales representamos todo lo que los talibanes odian y quieren destruir.

Debemos dejar claro que no nos valen las promesas sino hechos, que no vamos a renunciar a nuestros valores y que vamos a exigir el respeto de los derechos humanos de los afganos. Que no permitiremos que su Emirato sea un paraíso para el terrorismo yijhadista que amenace a nuestras sociedades. Que estamos dispuestos a no dar la batalla política por perdida.

Los democracias europeas deben dar un paso adelante de manera contundente. Merkel y Macron parece que están decididos a liderar este proceso. Y España debe estar ahí. Por eso, es más incomprensible y censurable la actuación del presidente del gobierno: su ausencia y su ominoso silencio en estos días es no entender nada de lo que está en juego. Tan solo por respeto a las tropas españolas que en su día estuvieron desplegadas allí y a los cooperantes que se han jugado la vida por abrir hospitales y colegios, el presidente debería haber estado presente en esta crisis.

La situación hoy exige medidas urgentes para dar respuesta a la situación humanitaria, como el establecimiento de una estrategia coordinada para los visados humanitarios y los vuelos urgentes de evacuación y la creación de corredores humanitarios para quienes huyan del país. Debemos escuchar las voces afganas para estar a la altura del reto humanitario y migratorio, pero también geopolítico que se presenta ante los posibles lazos del régimen talibán con potencias como China, Rusia o Irán.

Para este reto, también necesitaremos una colaboración estrecha con el gobierno estadounidense. Pero el fracaso estrepitoso de la salida de Afganistán también nos exige repensar la llamada «autonomía estratégica» de la UE.

Se abre esta semana un capítulo de la historia en el que la UE de los valores tiene una responsabilidad que asumir en defensa de las democracias liberales. Y España estará presente, aunque su presidente hasta hoy haya estado ausente. Las palabras y los discursos, en este marco, no serán suficientes. Necesitamos compromiso y acciones contundentes.