Iván Redondo como un recién divorciado, en americana y camiseta, con su pelito más largo de pasarse la mano para él mismo, con su sobrecompensación desparramada y su zen agrio, a punto de bailar por Barry White o de echarse a llorar… Estamos esperando lo de Évole pero no para que Redondo nos desvele ningún secreto, que no lo hará. Redondo creo que maneja los secretos como amores secretos, como un amor del novicio que parece, amor que le deja lleno y dolido para siempre. Desvelar eso sería vaciar su existencia, quedarse verdaderamente en un tipo que ha pasado del amor de su vida a jugar al squash con su abogado, con reveses de despecho. Decía que no esperamos verlo para que nos descubra los secretos del sotanillo de la Moncloa, sino para comprobar si Redondo era más un vendedor o un apóstol, siquiera un apóstol de sí mismo, de su buen ojo para los mesías como el que tenía buen ojo para las coristas.

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