Después de más de un año y medio de lucha contra el coronavirus, en las calles europeas se respira un cierto ambiente de esperanza. Recuperamos con cautela los espacios abiertos, la sanidad se descongestiona y nuestro día a día tiene algo más de certidumbre. Se respira, poco a poco, un aire de nueva normalidad facilitado por el avance extraordinario de la vacunación. 

Ha sido la solución que anhelábamos, pero eso no debe ocultarnos la realidad. Al principio discutíamos sobre las posibilidades del mundo postcovid, de salir mejor. Objetivamente, no es así. Hemos salido peor: esta crisis desemboca en un mundo más desigual.

Mientras en la Unión Europea se discute la necesidad de una tercera dosis de la vacuna, al menos 56 países acabaron septiembre sin alcanzar el objetivo del 10% de población con, al menos, una dosis, lo que constituye un fracaso mundial, en palabras del director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Se han administrado más de 5.700 millones de dosis en todo el mundo, pero un 10% de países absorbe el 73%. Hemos fallado. 

El nivel de renta condiciona la vacunación: el 80% de los países que no han superado el umbral de vacunación son pobres, con rentas bajas y medio-bajas, en su mayoría en el continente africano

Es la foto de la desigualdad global. El nivel de renta condiciona la vacunación: el 80% de los países que no han superado el umbral son países pobres, con rentas bajas y medio-bajas, en su mayoría en el continente africano, que muestra la magnitud de este fracaso. Una de cada tres personas en el mundo está totalmente vacunada contra el Covid-19, pero la cifra africana se reduce a una de cada 25. Solo en torno al 4% del continente está vacunado con la pauta completa.

África alberga al 17% de la población mundial, pero tiene menos del 1% de capacidad de fabricación de vacunas; el ritmo de vacunación debería multiplicarse por más de siete hasta alcanzar una media de 150 millones al mes para cumplir el objetivo mundial de vacunar al 70% de la población. 

Tenemos una mayor cantidad de información sobre el virus que ha golpeado en diferentes olas la salud, la sociedad y las economías. Por eso, la desigualdad en el acceso a vacunas no es sólo una obscenidad moral, como dijo el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, sino que resulta extremadamente temerario, porque pone en peligro todos los esfuerzos realizados. Tenemos por delante un auténtico reto ético y geopolítico, quizá el más importante de nuestra era.

La UE ha sido uno de los actores que más esfuerzos ha hecho en el despliegue de vacunas y apoyo a países en desarrollo hasta la fecha, tanto por la repuesta integral del Equipo Europa como a través de su papel de principal financiador — más de 1.000 millones de euros– de COVAX, la colaboración mundial para agilizar el desarrollo, la producción y el acceso equitativo a pruebas, tratamientos y vacunas.

Pero COVAX no ha sido suficiente, y no lo será. De los 2.000 millones de dosis que se esperaban para finales de año se calcula que, en el escenario más probable, habrá acceso a unos 1.425. En su mayor ambición, COVAX aspira a vacunar al 20% de la población de los 92 países que forman parte. Es una herramienta importantísima, pero con un alcance limitado. 

Para alcanzar una verdadera respuesta global debemos centrarnos en dos variables principales: el precio y la escasez. El acaparamiento de vacunas ha obligado en demasiados casos a desechar dosis no utilizadas, y las capacidades de producción en muchos contextos son aún muy limitadas. 

Las principales farmacéuticas que han desarrollado las vacunas europeas financiadas eminentemente con presupuestos públicos negocian ahora el precio de sus dosis con países en desarrollo, muchos empobrecidos y sin unos mecanismos regionales de compra conjunta similares al de la UE. ¿Cuál habría sido nuestra capacidad negociadora a nivel europeo sin haber estado unidos? 

Mientras, Rusia y China juegan la partida geopolítica a la que la UE llega tarde con sus respectivas vacunas, Sputnik, Sinovac y Sinopharm. 

Desde la UE se han hecho enormes esfuerzos que no se traducirán en resultados si no se avanza más allá de la donación de vacunas

Desde la UE se han hecho enormes esfuerzos que no se traducirán en resultados si no se avanza más allá de la donación de vacunas. Las discusiones en la OMC sobre el posible levantamiento de patentes por tres años, sugerido por Sudáfrica e India y respaldado por más de 110 países, permanecen bloqueadas. La UE optó por una vía intermedia basada en un acuerdo multilateral que permitiese un acceso más asequible y el posible uso de licencias obligatorias, facilitando el aumento de la producción a cambio del pago de un canon por el uso de la patente. 

El reciente acuerdo entre la UE y EEUU es una ventana de esperanza. Además de los esfuerzos conjuntos en la donación, se impulsaría el Grupo de Trabajo Conjunto Covid-19 sobre Fabricación y Cadena de Suministro, se coordinarían inversiones para producción regional en países menos desarrollados y se apoyaría la creación de un Fondo de Intermediación Financiera. 

Hemos hecho grandes esfuerzos en la donación, y hay que seguir así, pero si somos conscientes de lo que está en juego, hay que avanzar también en la mediación, el aumento de producción y la transferencia de tecnologías necesarias.

Nadie estará a salvo hasta que todos lo estemos, Asumirlo nos obliga a comprender que la nueva normalidad de la que disfrutamos puede ser sólo un espejismo. Desde Europa hemos estado a la vanguardia de la ciencia. Tenemos aún la oportunidad de ganar la partida de la ética, la solidaridad y la responsabilidad. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento europeo