La derecha francesa, aquel ser que se volvió mitológico y había desaparecido durante la Presidencia de François Hollande, despertó cuando Éric Zemmour anunció este martes que se presentaba a las elecciones presidenciales. Tal vez se pregunten el porqué de la afirmación de que no había derecha, aunque si existían la Agrupación Nacional y Los Republicanos. El primer partido, un cambio de marca del Frente Nacional, y el segundo, un cambio de marca de la UMP. Ambos son dos formaciones políticas sin propuestas claras, desnortados y débiles frente a cualquier embate porque carecen de ideología. Son únicamente partidos de gestores con carga emotiva.

Este hecho es el que utiliza Éric Zemmour para dar en la diana electoral, y lo hace declarándose gaullista. Y quizás alguien puede pensar que es «anticuado» pero no. El gaullismo es lo que define a la derecha francesa desde la reforma constitucional de la V República, realizada por Charles de Gaulle. Su idea era crear una Francia fuerte, rebelde del orden europeo, que marcase su perfil propio, y al mismo tiempo se respetase la soberanía popular, la independencia nacional, el progreso social y la cohesión entre todos los franceses, ya fueran de izquierdas o derechas. Fundamenta la presencia de un Estado omnipresente, que se vea que existe e interviene para ayudar a los franceses, dirigido por una mano firme, la suya.

Sin Charles de Gaulle no existiría Francia como tal. Ha traspasado a la inmortalidad. Y por eso Zemmour utiliza el gesto del líder y general francés para iniciar su campaña presidencial. Ha hecho diana. 

Reivindica las ideas de aquella Francia que creó la V República en 1958. Su campaña se centra en identidad, instrucción, fiscalidad, industria e independencia

El candidato de Montreuil reivindica las ideas de aquella Francia que creó la V República en 1958. Su campaña se centra en cinco puntos fuertes: identidad, instrucción, fiscalidad, industria e independencia. Identidad republicana basada en frenar la islamización y en restablecer la seguridad en las calles, y avanzar hacia la asimilación a través de fronteras estrictas. Instrucción inspirada en corregir el nivel educativo y elevar el nivel de la instrucción pública, considerando que se ha abandonado la importancia de los méritos. Fiscalidad baja para los trabajadores, las clases medias y las empresas para conseguir mayores inversiones y que los trabajadores tengan mayores ingresos, señalando que los ricos han de dejar de ser privilegiados. Industria como motor de la actividad económica, con puestos de trabajo mejor pagados y creando así soberanía económica. Con una independencia y soberanía nacional plenas, que nadie de fuera pueda decir como o que debe hacer Francia. 

Quizás puede ser sorprendente, pero los partidos políticos de derechas citados al principio ya defendían todas estas ideas: Sarkozy hacía proclamas contra la «islamización de Francia» diciendo que no podía haber dos legislaciones, la islámica y la francesa. Jean-Marie Le Pen y Marine Le Pen abogaban por que Francia saliera de la Unión Europea. Y Macron, que representa este centro tecnócrata, apostaba por elevar el nivel de la instrucción pública. Es decir, Zemmour ha hecho suyos los puntos que daban más votos a los partidos de derechas convencionales (UMP/LR y FN/RN) y los ha unido en un solo programa, el suyo.

La diferencia está en que él es nuevo, y no tiene una mala gestión detrás. Es decir, ha acertado en el marco y el relato: la derecha francesa está desnortada, yo lo quiero solucionar, y sé cómo. Y aunque pueden parecer habladurías, sabe cómo hacerlo, otra cosa es que nos guste más o menos. No deja de ser el eco de una derecha que existió, que existe, y que la derecha echa de menos. 

Con la épica del Allegretto de la Séptima de Beethoven, y una evocación a de De Gaulle dirigiéndose a los franceses desde el exilio en Londres para organizar la insumisión contra los enemigos de Francia, ha consolidado su discurso.

Y digan lo que digan las encuestas en pocas horas desde que ha presentado su candidatura sus ideas van a obligar a la derecha a moverse. Les ha roto el marco, el discurso, su espacio, todo. Ha cogido un martillo y ha roto la vajilla de porcelana fina y las copas cristal que solo acumulaban polvo. Viene una nueva derecha que, gane o no, allí estará. 

Sus ideas van a obligar a la derecha a moverse. Les ha roto el marco, el discurso, su espacio, todo. Ha cogido un martillo y ha roto la vajilla de porcelana fina… Viene una nueva derecha que, gane o no, allí estará»

Esta visión dulzona que, al perder, sus ideas se volverán niebla y luego saldrá el sol, es naif. Su discurso penetrará a los otros partidos. De hecho, ya los hace sentir incómodos, las costuras se les marcan y aún no ha empezado la campaña. Zemmour es una derecha con carga ideológica, no solo de gesto y titulares negativos.

Todo su discurso se formula en positivo, presentándose como la solución que acabará con el apolillamiento de las estructuras de un Estado que ha sido mal utilizado y ha ido cediendo, encorvándose, llegando a la inutilidad para solucionar los problemas. Su fórmula no es nueva, no es un Trump o un Bolsonaro:su solución es el gaullismo.

Yendo a la parte más polémica de su discurso, como sus comentarios sobre el papel colaboracionista de Francia en la Segunda Guerra Mundial y la defensa de la Francia de Vichy, no son nuevos. Existe dentro de la derecha francesa, sobre todo dentro del espacio del ex Frente Nacional. Es el relato del gobierno colaboracionista como buen gestor y protector de los judíos que vivían en la zona controlada por ellos. Surgió de la defensa que hicieron los abogados del mariscal Pétain en 1945, aunque no hay ningún hecho que lo demuestre.

Aun así, la comunidad judía de Francia está dividida sobre el fenómeno Zemmour. Algunas figuras relevantes critican estas declaraciones, pero hay quienes creen que es el mismo discurso que se ha hecho siempre. Defienden que, aunque sean desafortunadas esas palabras, Zemmour puede hacer que terminen los ataques a la comunidad judía.

El fenómeno Zemmour no tiene símil en ninguna parte, se ciñe incluso a una mística y a una retórica que fuera de Francia no tendría sentido. Se comprende su alcance si nos centramos en el espacio electoral de la derecha francesa, y aquello que significó De Gaulle, en vida y en mito. No es un movimiento a la contra de la izquierda o del centrismo tecnócrata de Macron.

Es un movimiento de regeneración de la derecha. De volver a una derecha de los más de quince millones y medio de votos como la de Jacques Chirac y la PRP en 1995 (52.64%). Al ex presidente Chirac Zemmour lo detesta por permitir que se desnortara su espacio político y provocar que el partido post-gaullista, la UMP, perdiera su carácter. Recordemos que Sarkozy en 2007 obtuvo el 53,06% de los votos, y en 2017 el mismo partido no llegó a la segunda vuelta con el 20%. 

El fenómeno Zemmour no tiene símil en ninguna parte… Se comprende en lo que significó De Gaulle, en vida y mito. No es un movimiento en contra de la izquierda ni del centro tecnócrata de Macron»

Así pues, el candidato Zemmour encarna aquel gaullismo insumiso y rebelde que reivindica su espacio político, y vuelve a poner encima de la mesa los principios del intervencionismo estatal, la soberanía y supremacía nacional, cierto nativismo político siempre presente en la derecha francesa, y por encima de todo orden social y estabilidad. Muchas veces ha dicho que la ley francesa no se aplica en cada rincón del territorio nacional, y es hora de que no haya excepciones. Un discurso que ya en su día Sarkozy, y antes Chirac, y antes… De Gaulle: y que la derecha ha olvidado, según dice, para caer bien a la izquierda y al mundo, en lugar de pensar en los franceses. 

Gane o pierda en la primera vuelta, gane o pierda en la segunda vuelta, será un candidato más, con su espacio en los debates y tiempo para hacer su discurso, pedir el voto e incomodar a los actores del mismo espectro ideológico. Este hecho sin duda los hará moverse, comprarle propuestas, copiarle el marco discursivo incluso, para conseguir más votos. 

Y así Zemmour habrá ganado, aunque no llegue al Palacio del Eliseo. 


Guillem Pursals es politólogo, Máster en Seguridad, especialista en conflictos, seguridad pública y Teoría del Estado.