Si usted es un defensor de la Constitución, si cree que le ha dado a España los 43 años más prósperos y pacíficos de su historia, entonces no lea las crónicas sobre lo que ocurrió ayer en el acto del aniversario celebrado a las puertas del Congreso. No lo haga, a no ser que quiera darse de bruces con la realidad: nuestros políticos no están a la altura del momento político que estamos viviendo. Sólo piensan en su pequeño corralito, justo lo contrario de lo que representa nuestra Constitución.

Resumen sumario:

-Los socios del Gobierno (ERC, Bildu, PNV) no asistieron al acto. Todos estos partidos están contra la Constitución y la unidad de España.

-La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, utilizó su discurso para lanzar mensajes subliminales a Vox y al PP ¿Sabía que su obligación era ser neutral?

-El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aprovechó la concentración de periodistas para atizarle si contemplaciones al PP por la no renovación del CGPJ. En fin, acusó a Pablo Casado de incumplir la Constitución.

-El líder del PP hizo lo propio y reprochó a Sánchez ser el presidente «que más ha atacado la Constitución en 40 años».

Santiago Abascal (líder de Vox) no acudió al acto por ser, en su opinión, «un acto de consenso progre».

-Para concluir, el presidente del grupo de UP en el Congreso, Jaume Asens, tildó a la Carta Magna de «traje viejo».

Después de esta serie de improperios usted se preguntará legítimamente: «Pero entonces ¿qué celebraban estos señores?».

Si los encargados de resaltar el valor de la Constitución para la convivencia de los españoles la utilizan como arma arrojadiza contra el adversario no le auguro un gran futuro a esta clave de bóveda del consenso que permitió transitar de forma pacífica desde la dictadura a la democracia.

Ya tiene enemigos muy cualificados. Los independentistas, que gobiernan en Cataluña; los nacionalistas que gobiernan en el País Vasco, y los que se sientan en el Consejo de Ministros bajo la marca de Unidas Podemos, son ya un club suficientemente amplio y peligroso como para que los grandes partidos anden a la gresca sin percatarse de lo que realmente está en juego.

Llevamos muchos meses, prácticamente toda la legislatura, en los que la convivencia pacífica en el Congreso es misión imposible. No hay día sin bronca. Ni siquiera una fecha como la de ayer, ideal para que sus señorías se hubieran dado un respiro, se libró de la trifulca. Los políticos, es un hecho, hablan pensando en titulares y eso les lleva a la exageración, a la hipérbole.

Los socios del Gobierno no asistieron al acto del Congreso y los grandes partidos se dedicaron a tirarse los trastos a la cabeza. El consenso, alma de la Constitución, ha muerto.

Mal camino. Porque eso hace que los ciudadanos se alejen cada día más de la política, y que, en lugar de considerarla como la ocupación más digna, por ser la que se centra en el servicio público, la vean como la más mezquina, ya que cada uno va a lo suyo.

Sin grandeza, sin altura de miras, no se puede construir una gran nación. A eso es a lo que estamos abocados.

La gran diferencia entre los políticos de la Transición y los que ahora ocupan el Congreso (como siempre, hay excepciones) no está en su nivel cultural, económico o de formación. No. Lo que los distingue es que los que aprobaron la Constitución hace 43 años lo hicieron pensando en un país mejor, que dejase definitivamente atrás la guerra civil y la larguísima dictadura de Franco. Tenían diferencias ideológicas enormes, lo que pensaba Fraga estaba en las antípodas de lo que pretendía Carrillo, pero comulgaban de un mismo fin: la convivencia de los españoles estaba por encima de las ideas.

Ahora que la ley de Amnistía, base lo que constituyó el consenso y la Constitución, ha estado en cuestión, porque los socios del Gobierno han querido eliminarla aprovechando la ley de Memoria Democrática, no me resisto a citar unas palabras pronunciadas el 14 de octubre de 1977 por el histórico líder de Comisiones Obreras, militante comunista y represaliado político Marcelino Camacho: «Nosotros considerábamos que la pieza capital de esta política de reconciliación nacional tenía que ser la amnistía. ¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre?».

En este país, por desgracia, hay demasiada gente que cree que la Transición fue un fracaso porque impidió la revancha de la izquierda. Si el PSOE y el PP no asumen su responsabilidad, como partidos mayoritarios y base del consenso constitucional, y permiten que se siga deteriorando la vida política, no tardará mucho en llegar un día en el que las minorías impongan su criterio. Para hacerlo, sencillamente les bastará con recordarles a los grandes partidos que les necesitan para gobernar y que el precio para hacerlo ha subido hasta el límite de romper con las reglas de juego.