Como en las intrigas palaciegas que se producían en la Unión Soviética en tiempos de Stalin, los jefes de los servicios de inteligencia acaban pagando con su cabeza el precio de una situación que amenaza, aunque sea de forma imaginaria, la continuidad del líder máximo. El día 6 de enero, el presidente de Kazajistán destituyó, junto a todo su gobierno, al responsable del Comité de Seguridad Nacional (el KGB local), Karim Masimov. Ayer fue acusado oficialmente de «alta traición».

Kazajistán es un país independiente desde que se produjo la desaparición de la URSS en 1991. Desde entonces, y hasta 2019, el presidente ha sido Nursultán Nazarbáyev, que antes había sido primer secretario del Partido Comunista de la región, cuando esta era una más de las repúblicas soviéticas. Como se ve el cambio no fue nada traumático. Nazarbáyev ha cumplido a la perfección el manual de dictador: se ha saltado la constitución del país para perpetuarse en el poder, ha ganado las elecciones con casi el 100% de apoyo, ha eliminado los tímidos intentos de organización de una oposición local… y, por supuesto, se ha enriquecido de forma exorbitante, repartiendo prebendas entre su familia y su círculo íntimo.

Como buen dictador, nombró a dedo a su sucesor, Kasim-Yomart Tokáyev, que, como detalle ante su mentor, cambió el nombre de una de las dos capitales del país, que pasó de ser Astaná a llamarse Nur-Sultán. No hace falta adivinar por qué. La tradición de bautizar a ciudades con nombres de líderes políticos también tiene una larga tradición en Rusia, que continuó durante la etapa soviética: Stalingrado, Leningrado,… También Nazarbáyev tiene su imagen repartida en estatuas por todo el país: el culto a la personalidad es otra de las características del buen dictador.

Tokáyev sorprendió el pasado viernes al mundo al ordenar a sus tropas «disparar a matar sin previo aviso» a los manifestantes que protestaban por la subida del precio del gas licuado (que se utiliza masivamente para el transporte público y privado), a los que calificó de «terroristas». Las protestas más violentas se produjeron en Almaty, la otra capital, situada al sur de Kazajistán, y que cuenta con casi dos millones de habitantes. Inmediatamente, el presidente mandó cortar el teléfono y las conexiones a internet. Un apagón -otra característica propia de una dictadura que se precie- que no permite saber cuantos muertos ha habido en realidad. Aunque oficialmente se reconozcan 26 civiles y 18 policías, además de un número indeterminado de heridos y más de 3.000 detenidos.

Las protestas no tienen un líder conocido, ni tampoco hay una organización detrás, que se sepa. Por todo lo dicho anteriormente, es pronto para conocer el origen y el arraigo popular de la revuelta que ha obligado a Tokayév a paralizar durante seis meses la subida del gas y le ha llevado a apretar el botón rojo de la ayuda militar externa.

Por primera vez en su historia, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) ha enviado tropas a uno de sus países miembros. La OTSC está liderada por Rusia y tiene entre sus miembros algunas de las ex repúblicas soviéticas, todas ellas cortadas por el mismo patrón: además de Rusia y Kazajistán, la componen Bielorrusia, Armenia, Kirguistán y Tayikistán.

En teoría este remedo de Pacto de Varsovia sólo debería actuar cuando existe una agresión exterior, pero en este caso sus soldados han acudido para aplastar una revuelta interna, tal y como ocurrió en Checoslovaquia en 1968 o en Hungría en 1956. Hay costumbres que no se pierden.

El envió de tropas a Kazajistán se produce en la semana previa a las reuniones de Rusia con EEUU y la OTAN para hablar de Ucrania. Putin quiere demostrar a Occidente que está dispuesto a todo para seguir siendo el jefe de la zona

Kazajistán es uno de los principales países productores de petróleo y el principal productor del mundo de uranio. Curiosamente, también es el segundo país del planeta en «minado» (fabricación del hardware para criptomonedas), actividad que consume una gran cantidad de energía eléctrica, que en Kazajistán es producida con carbón. Como se ve, las criptomonedas son tan especulativas como contaminantes. A consecuencia del corte en internet se paró el «minado» y la cotización del bitcoin se hundió.

Pero no desviemos la atención. Lo importante es que Putin ha puesto sus manos (sus «sucias manos», que diría Monedero) en Kazajistán, demostrando a Occidente que no está dispuesto a perder influencia en las ex repúblicas soviéticas que todavía quedan bajo la órbita de Rusia. Kazajistán tiene más de 7.000 kilómetros de frontera con su vecino del norte. Y al sur tiene también un vecino inquietante: China.

El movimiento de tropas, aunque discreto, hablamos de unos 3.000 soldados, se produce en la antesala de una semana clave para el mandatario ruso. Es difícil saber si fue Tokáyev quien llamó a Putin pidiendo ayuda o fue el propio Putin quien telefoneó a Tokáyev ofreciéndole la intervención del pactillo de Varsovia en versión moderna.

El caso es que Rusia ha demostrado al mundo que está dispuesta a actuar. Eso en puertas de dos reuniones importantes: la primera, el lunes, con una delegación de Estados Unidos para hablar del control de armas y de Ucrania; la segunda, el miércoles, con la cúpula de la OTAN, para hablar también de Ucrania.

Putin ha desplegado ya 100.000 soldados en la frontera este con Ucrania. Y ni EEUU ni la OTAN creen que sea sólo para hacer jueguecitos y maniobras. Se teme una invasión. Todo hace pensar que estamos ante una segunda edición de los sucesos de 2014, cuando las manifestaciones del Maidan (Kiev) acabaron con la invasión y anexión de Crimea por parte de Rusia.

Con un gran apoyo popular, Putin está en plena tarea de reconstrucción del imperio. Rusia no es una gran potencia económica como EEUU o China, ni siquiera como Japón o Alemania, pero tiene un gran potencial atómico, un poderoso ejército y, sobre todo, una voluntad decidida de recuperar el papel determinante que tuvo durante los 70 años que duró la etapa soviética. Si hoy se hiciera una encuesta en Rusia para saber quién es más popular, si Stalin o Gorbachov, no duden de quién saldría ganando.

Rusia ha visto como Estados Unidos se ha retirado de forma vergonzante de Afganistán y sabe que Europa (por mucho que las declaraciones de Josep Borrell en apoyo de Ucrania sean sensatas) no tiene ni capacidad ni ganas de meterse en un conflicto bélico.

El presidente ruso va a jugar sus bazas a fondo durante la próxima semana, frente a Biden y frente a Stoltenberg. A lo mejor no invade Ucrania, pero se cobrará un precio a cambio, no lo duden. La entrada en Kazajistán es sólo una forma de decirle a Occidente: ¡Aquí está Rusia! La temida Rusia. Como bien recordaba Kapuscinski en su libro Imperio, «detrás del ruso están el kaláshnikov, el tanque y la bomba nuclear». Y con eso no se juega.