Que la vicepresidenta segunda tiene agenda propia es una evidencia, aunque esto cada vez guste menos en Moncloa. Lo demostró el pasado viernes en una conversación con el economista francés Thomas Piketty que tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Piketty se hizo popular en 2013 con su libro El Capital en el siglo XXI, en el que aboga por recuperar los elevados tipos impositivos a rentas altas y el establecimiento de impuestos más altos al capital, como única forma de evitar la creciente desigualdad. También tiene otras ideas, como por ejemplo que la deuda pública que compra el Banco Central Europeo no sea considerada como deuda de cada país emisor, o que las empresas se gestionen de forma compartida entre empresarios y trabajadores. Es un discurso muy del agrado de la izquierda radical, defendido por políticos como Yanis Varoufakis, que apenas duró seis meses en el Ministerio de Finanzas de Grecia en 2015, cuando gobernaba Alexis Tsipras, al que todos recordarán junto al entonces líder de Podemos, Pablo Iglesias, levantando los brazos en uno de sus mítines en Atenas. Era cuando el gobierno populista griego creía que podía salirse del euro sin sufrir las consecuencias.

Yolanda Díaz abraza también el ideario de Piketty porque, como dijo el viernes, «no hay igualdad sin impuestos, no hay proyecto social que camine a la igualdad sin progresividad fiscal y un Estado de bienestar fuerte».

La izquierda no socialdemócrata, los comunistas, andan un tanto perdidos. Creen ser muy modernos, pero viven mirando al pasado. Fueron los socialdemócratas quienes construyeron esos Estados fuertes que reconstruyeron los países devastados durante la Segunda Guerra Mundial. Un modelo que tuvo éxito, pero que sirvió para un momento concreto. Pretender ahora que los tipos de la renta vuelvan a máximos del 70% o el 80% es no tener los pies en el suelo. Los comunistas ya no hablan del paraíso de la sociedad sin clases, pero quieren recuperar las políticas socialdemócratas, que ellos llegaron a calificar de «social fascistas», de los años 50 y 60. La izquierda comunista siempre se ha sentido atraída por las utopías.

Díaz se dio gustosa ese paseo por el socialismo de salón porque, no lo olvidemos, el ideario de Piketty es el ideario al que ella representa, mucho más y mucho antes de que reivindicara para su «movimiento» la «transversalidad», que no sabe muy bien lo que es.

La ministra de Trabajo defiende un modelo fiscal que está muy lejos de la propuesta que quiere aprobar el Gobierno

Ella tiene esa idea en la cabeza. Quiere aglutinar a toda la izquierda, e incluso a una derecha ilusoria, que no existe. De ahí su visita al Papa en el mes de diciembre. Quedó «muy emocionada» con el encuentro. Por lo visto, el santo padre y la ministra conversaron, entre otras cosas, de la reforma laboral. No nos imaginábamos al Papa Francisco versado en asuntos tales como la ultra actividad de los convenios. Pero ahí quedó la imagen: una comunista saludando al máximo representante de la Iglesia católica.

Un par de meses antes de ver al Papa, y ya en la fase de construcción de su liderazgo, Díaz prologó una nueva edición del Manifiesto Comunista, para conmemorar el centenario del PCE. En él hace un encendido elogio de la figura de Karl Marx, quien defendía que «la religión es el opio del pueblo». Sería un error juzgar a Marx con criterios del siglo XXI (por ejemplo, cuando habla en el Manifiesto de la «abolición de la familia», por supuesto, «de la propiedad», o cuando aboga por «una colectivización oficial, franca y abierta de la mujer»). Pero una cosa es perdonarle ciertos desvaríos y defender su figura como intelectual y revolucionario, y otra muy distinta, como hace la ministra en su prólogo, es presentarle como un defensor «de la libertad y de la democracia». Sus ideas, mal que les pese a algunos, fueron llevadas a la práctica por V.I. Lenin en Rusia tras la revolución de 1917. Su proyecto de sociedad sin clases derivó en una dictadura terrorífica que causó millones de muertos.

Veremos cómo se cuadra la reivindicación del comunismo (por muy nuevo que sea) con esa transversalidad integradora que englobaría en España a todo lo que no es el PP y Vox.

En el Gobierno, y esto va a ir más, se la ve con creciente recelo. No es un secreto para nadie la tensión que mantiene con la vicepresidenta primera. Cuando El País la entrevistó tras la aprobación del acuerdo para la reforma laboral y le preguntaron si tenía que agradecer a alguien su apoyo, Díaz se refirió exclusivamente a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero. Pero fue el equipo de Calviño el que intervino directamente en la negociación y el que, de alguna forma, ayudó a limar asperezas para que el proyecto contara con el respaldo de los empresarios, lo que, por cierto, había exigido Bruselas. La ministra de Economía también se quiso apuntar el tanto y de ahí su aparición en TV1 para bajarle los humos a su colega y líder de UP en el Consejo de Ministros.

Jaleada por Iván Redondo en su columna semanal en La Vanguardia (el jefe de Gabinete del presidente no le perdona su abrupta salida de Moncloa), y aupada en las encuesta por su popularidad, Díaz pisa fuerte allá adonde va. Y esa postura un puntito soberbia molesta a sus colegas. Algunos creen que su proyecto, finalmente, será un bluf. Otros la miran con recelo porque creen que abusa de su posición para fabricarse un liderazgo que antes no tenía. Y encima, utilizando el Falcon.

El Gobierno tiene que poner sobre la mesa este año su proyecto de reforma fiscal. Hay lío interno. A la dimisión de dos miembros del comité de expertos, dirigido por Jesús Ruiz-Huertas, como son Ignacio Zubiri y Carlos Monasterio, se ha unido el reciente abandono del cargo de la secretaria de Estado de Hacienda, Inés Bardón.

Tanto el presidente como Calviño quieren una reforma light. En espera de tiempos mejores, dicen. Pero ahí se va a producir un nuevo conflicto en el seno del Ejecutivo. ¿Qué dirá Yolanda Díaz si impuestos como el IRPF, sociedades o Patrimonio no se tocan, o los cambios que se proponen son sólo cosméticos? ¿Acaso renunciará la líder de UP en el Gobierno a utilizar esa bandera, la de más impuestos para los ricos, en su campaña para construir su movimiento transversal?

La ministra de Trabajo, por más que ella diga que no quiere ser presidenta del Gobierno, ha generado una expectativa que no puede defraudar. Si no es ella, ¿quién sería la cabeza de lista de esa izquierda que ahora representa en torno a un 15% del electorado? El problema para Yolanda Díaz es que la transversalidad es un concepto tan líquido que en él cabe todo y nada a la vez. Por mucha autoestima que se tenga, al final su electorado no podrá abarcar desde el Papa hasta Piketty. Tendrá que elegir.