Los recientes acontecimientos en la frontera de Ucrania, con el posicionamiento de tropas rusas, han desatado las alarmas sobre el desencadenamiento de un conflicto que lleva larvado varias décadas. Las reacciones no se han hecho esperar. Estados Unidos, en su tradicional enfrentamiento con la Federación de Rusia, ha puesto en marcha sus dispositivos diplomáticos, de la mano de su secretario de Estado, Antony Blinken y de la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, que han indicado de manera contundente que la menor incursión de tropas rusas en territorio ucranio implicaría la aplicación de “medidas rápidas, duras y unitarias”.

En el marco del bloque occidental, se encuentra sin duda la Unión Europea, dado que el epicentro del conflicto se sitúa en continente europeo. Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha sido tajante al afirmar que, si el conflicto no se resuelve por la vía diplomática y si se producen amenazas a la integridad territorial de Ucrania, se responderá «con sanciones económicas y fiscales masivas».

Frente a tales declaraciones se ha producido una respuesta indirecta, con la próxima puesta en marcha de maniobras militares, previstas a partir de febrero, bajo la denominación de Determinación Aliada- 2022, a las que se unen ensayos militares con Bielorrusia y se genera un eje oriental al que se añaden maniobras en el Golfo de Omán con Irán y China como aliados.

En el centro neurálgico se encuentra Ucrania, apoyada en el trípode inestable de un escenario geopolítico complejo donde surge un cuarto actor, la OTAN, que puede desestabilizar las tres columnas estratégicas del trípode al hablar, por intermedio de su secretario general, Jens Stoltenberg, de un “frente transatlántico fuerte y unido”.

«De aquellos polvos…»

Partiendo de la base de que Ucrania es un Estado independiente, su historia no obstante refleja una constante mutación geográfica que conviene visualizar para entender las tensiones históricas con Moscú. Tengamos en cuenta que la mayor parte de la actual Ucrania pertenecía al llamado «Rus de Kiev» que logró la unificación de los pueblos eslavos y que se encuentra anclado en el imaginario ruso hasta el punto de que, a Kiev, la capital de la actual Ucrania, se la ha bautizado como «la madre de las ciudades rusas». Sin olvidar que el Monasterio de Lavra Pecherska situado en Kiev, no es solo un centro religioso, sino que representa para el pueblo ruso un símbolo de unidad y se le ha llamado «la patria corazón».

No olvidemos que en torno a esta idea se fue generando una amalgama de naciones eslavas durante el siglo XII en un largo proceso de integraciones y desintegraciones que disgregó el Rus de Kiev, debilitando su estructura unitaria y sometiendo la región a la invasión de los tártaros durante el siglo XIII. Mientras, en el sur surgía el Kanato de Crimea, que fue una estructura independiente en sus orígenes controlado por los tártaros.

Habrá que esperar hasta el siglo XVII para que Ucrania fuese generando una estructura geográfica agrupando territorios y en 1654 se confirma la autonomía ucraniana dentro del imperio ruso. En el siglo XVIII es abolida su autonomía y se le anexa al imperio junto con el Kanato de Crimea.

En 1954, Khruschev, de origen ucranio, entrega a Ucrania, la región de Crimea, que había sido rusa durante el tiempo de los zares»

Con la Revolución de 1917, la caída del zarismo y la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se integra a Ucrania como Estado separado, pero como parte de la URSS. En 1954 Nikita Khruschev, de origen ucranio, entrega a Ucrania la región de Crimea, que había sido rusa durante el tiempo de los zares. Más tarde, con Mijail Gorbachov, se funda, en base a la Perestroika, el Movimiento popular ucranio y en agosto de 1991 el Soviet Supremo de Ucrania proclama la independencia y la voluntad del pueblo ucranio de dirigir su propio destino.

Por su parte, dentro de la fractura de la antigua URSS, también Crimea en 1992 declara su independencia, que será rechazada por la Rada ucraniana plegándose a la presión de Kiev y revocando su declaración de independencia. No obstante, la Federación de Rusia reacciona sobre la llamada «cuestión de Crimea», anulando el Decreto de 1954 emitido por Khruschev y reclamando la devolución de Crimea a Rusia, frente a la oposición de Ucrania que, como consecuencia de ello, concede a Crimea un modelo de autonomía económica. De todo este proceso se puede deducir que el «dilema ucraniano» les ha perseguido a lo largo de su compleja historia.

‘Cuñas de influencia’

La política expansiva de Vladimir Putin tiene sus raíces en el complejo trasfondo histórico que se incrusta en el subconsciente del pueblo ruso, en lo que se considera el Russky Mir, el «mundo ruso» que une a Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán. Resulta interesante observar que el Kremlin habla de la Nueva Rusia (Novorosia) y que aglutina a las regiones del sur y este de Ucrania, que comprenden las ciudades de Járkov, Donetsk, Lugansk, Herón, Nikoláiev y Odessa, así como también Transnistria, que no considera parte de Molvavia; basándose en elementos históricos en los que se indica que durante el imperio zarista no pertenecían respectivamente ni a Ucrania ni a Moldavia.

Sería un error estratégico considerar que la política de Putin es errática pues se trata de todo lo contrario… Responde a una estrategia muy meditada que implica ir generando ‘zonas buffer'»

Como he tenido oportunidad de señalar en un artículo publicado en el Real Instituto Elcano, sería un error estratégico considerar que la política de Putin pueda resultar errática pues se trata de todo lo contrario. Entiendo que estamos ante una estrategia muy meditada que implica ir generando cuñas de influencia, que he bautizado como zonas buffer por seguir un símil de laboratorio, acuñado por la ecobiología, en las que se van generando zonas de amortiguamiento en un probablemente muy bien diseñado modelo expansionista, muy calculado para determinadas áreas.

Hoy por hoy, al Kremlin no le interesa Kiev, aunque lo desearía, sino las regiones del Dombás que integran a Donetsk y Lugansk en el sureste de Ucrania, pues conforman parte de la Novorosia. No se trata de algo nuevo y los negociadores deberían tenerlo muy en cuenta. Recordemos la independencia de las repúblicas de Osetia del Sur y de Abjasia las cuales, como regiones autónomas de Georgia se independizan en 1991 y seguidamente se pliegan a la Federación de Rusia como también los casos de Nagorno-Karabaj o Transnistria. Se desestabiliza al Estado al cual han pertenecido, logran la independencia y luego se anexan a la Federación de Rusia, generando de este modo zonas de influencia y amortiguamiento, en definitiva, cuñas geopolíticas.

Es lo que ha ocurrido   en 2014 cuando se proclama la independencia de Crimea y la Ciudad de Sebastopol para integrarse posteriormente a la estructura federal rusa. Es probable que en la agenda del Kremlin se encuentren para un futuro las zonas del Dombás y de Odessa. Los movimientos insurreccionales en las ciudades de Donetsk y de Lugansk, impulsados por los líderes separatistas pro-rusos han formalizado de facto nuevas repúblicas populares que han solicitado su adhesión al Estado Federal de la Nueva Rusia. Ello ha generado una guerra civil en el interior de Ucrania, dando lugar a enfrentamientos militares que contabilizan numerosas bajas.

Tengamos en cuenta que Vlacheslav Vodolin, presidente de la Duma rusa, acaba de indicar que la Cámara Baja del Parlamento ruso se encuentra dispuesta a reconocer como Estados independientes a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y de Lugansk. En todos los casos señalados los movimientos independentistas han sido apoyados por fuerzas militares en muchos casos no identificadas, es decir, sin distintivos oficiales, pero fuertemente armadas.

‘Inter arma silent musae’

Como nos recuerdan los clásicos, las armas empañan la inspiración y, por tanto, si lo que se desea es una solución diplomática al conflicto, resulta evidente que se deben fortalecer las vías del diálogo. No obstante, como he apuntado, los negociadores inspirados por los analistas y la experiencia deberán tener en cuenta el desarrollo histórico, geográfico y geopolítico de la zona, con el fin de poder evaluar el do ut des necesario en las negociaciones.

Tenemos que saber lo que damos y lo que pedimos, sin romper la delgada línea de los compromisos, pues la historia nos ha enseñado que una buena negociación es aquella en la que nadie gana»

Tenemos que saber lo que damos y lo que pedimos, sin romper la delgada línea de los compromisos, pues la historia nos ha enseñado que una buena negociación es aquella en la que nadie gana, pero tampoco nadie pierde y aunque parezca un oxímoron, sin embargo, es la clave de la mediación.

He apuntado que en estos momentos los acuerdos se encuentran en un trípode inestable y que la intervención de un cuarto actor puede desestabilizar los acuerdos posibles. Serguei Lavrov, ministro de Exteriores ruso, es un veterano negociador de aquilatada experiencia y sabe mejor que nadie que la economía rusa depende de buenos acuerdos con la Unión Europea. Admitamos en las negociaciones a Antony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos, pero, en este momento, no considero prudente la participación de la OTAN en las transacciones, pues podría desestabilizar el frágil equilibrio existente y porque, además, una de las condiciones del Kremlin es que se le otorguen garantías de que ni Ucrania ni Georgia ingresarán en la OTAN.

Tengamos en cuenta que nos encontramos ante un proceso de expansión de influencia por parte de la OTAN sobre antiguas repúblicas de la URSS que remeda a las zonas buffer de la Federación de Rusia y a mi entender, en este preciso momento, ambos modelos deben congelarse. Tengamos en cuenta lo que nos recordaba Charles Maurice de Talleyrand, uno de los diplomáticos más reputados de la Francia del siglo XIX: «Con las bayonetas todo es posible, menos sentarse sobre ellas”.


Juan Manuel de Faramiñán Gilbert es catedrático emérito de la Universidad de Jaén e Investigador Senior Asociado del Real Instituto Elcano.