Génova es un manojo de nervios. A cinco días de las elecciones (quedan sólo cuatro de campaña) la posibilidad de que Fernández Mañueco no consiga gobernar en Castilla y León es algo más que una hipótesis. La caída en los sondeos en las últimas cuatro semanas ha sido generalizada y ahora Casado, que fue el gran impulsor de adelanto electoral, se estará preguntando «¿qué ha fallado?».

Las elecciones las carga el diablo, sobre todo cuando se convocan extemporáneamente y sin que quede claro el porqué de la convocatoria. Hay ejemplos sobrados de batacazos innecesarios.

El líder del PP estaba convencido de que este sería el año del cambio de ciclo, para el que era necesario alterar los calendarios en Castilla y León y en Andalucía, aprovechando los buenos augurios demoscópicos, para generar un efecto dominó que terminaría finalmente con un triunfo en las generales que desalojaría a Sánchez de la Moncloa. Cambio de ciclo y consolidación del liderazgo de Casado van en el mismo paquete. Una cosa es consecuencia de la otra.

El triunfo claro en Madrid hizo que en el cuartel general del PP se percibiera un hartazgo generalizado hacia Pedro Sánchez y su gobierno de coalición. En las encuestas del pasado verano el PP superaba con claridad al PSOE, lo que confirmaba una mayor movilización del voto conservador frente a un desinflamiento del voto progresista, tanto socialista como de UP.

Pero Génova no supo jugar bien sus cartas. Perdió meses en un debate absurdo con Díaz Ayuso sobre el liderazgo en Madrid, que ha sido percibido por el votante del PP como un problema de celos, o de miedo.

Casado se conformaría con que el PP lograra un escaño más que el resto de los partidos menos Vox. En ello le va no sólo el gobierno de Castilla y León, sino su futuro como líder del partido

La mejor forma de pasar página, se pensó, era poner en marcha el mecanismo electoral en autonomías donde era casi seguro que gobernaría el PP. Como Moreno Bonilla quería alargar la legislatura -su buena relación con Marín le dificultaba un adelanto excesivo- se optó por empezar en Castilla y León, comunidad en la que los sondeos a finales de diciembre apuntaban un resultado próximo a la mayoría absoluta.

Las cosas empezaron bien (el tropiezo del ministro Garzón ayudó), pero luego se han ido torciendo de forma acelerada. Ahora el objetivo es que el PP logre un diputado más que todos los demás partidos menos Vox, lo que significa alcanzar entre 34 y 35 procuradores. Ahora Casado firmaría ese resultado sin dudarlo un segundo.

Ha habido algunos errores de bulto. Primero, no pensar que Vox iba a dar un salto espectacular, dado que en las nueve provincias que componen la autonomía un pequeño aumento de votos le proporciona casi automáticamente un escaño. Así que pasar de uno a diez o incluso doce no era tan difícil. Y eso es a costa del PP.

Hacer una campaña en clave nacional puede resultar bien en Madrid, pero es dudoso que funcione a escala autonómica, sobre todo en una comunidad como Castilla y León que tiene problemas propios lo suficientemente importantes como para centrarse en ellos y no pensar en batallas más complejas. Por otra parte, una campaña directa contra Sánchez le da oxígeno a Vox y moviliza el voto de la izquierda.

Cuando falta tan poco tiempo (el debate de hoy en televisión es importante) lo que no se puede es enviar mensajes confusos o contradictorios. Si el objetivo es ir a la caza de los 60.000 votantes de Ciudadanos todavía indecisos la pregunta es si la idea de un posible pacto con Vox les anima o más bien les ahuyenta.

Casado se juega mucho el 13-F. Si el PP lograra gobernar, aunque fuera por los pelos, y sin necesidad de meter a Vox en el ejecutivo, la jugada, aunque muy arriesgada, no le habrá salido mal. Ahora bien, si el PSOE suma y desplaza a Fernández Mañueco, o bien este se ve obligado a ofrecer consejerías al partido de Abascal, entonces le habrá salido el tiro por la culata.

Sánchez, que sabe todo esto, va a poner toda la carne en el asador para que salga Tudanca. Aunque para ello tenga que utilizar el Consejo de Ministros como una herramienta electoral más. Justo como ocurrió ayer.