Desde la invasión ilegal e injustificada de Rusia contra Ucrania, un país soberano, los líderes políticos de la Unión Europa, Estados Unidos y la OTAN han tomado la decisión de introducir las sanciones económicas y financieras hasta ahora nunca vistas. Entre otras, la expulsión de Rusia del SWIFT y la congelación de las reservas del Banco Central de Rusia en el extranjero para paralizar su poder de amortiguar el shock de las sanciones occidentales. Las sanciones económicas son duras y a largo plazo pueden dañar la economía de Rusia, pero al corto plazo sus resultados no serán muy visibles, sobre todo porque las sanciones no afectan el sector energético que contribuye entre el 38 y el 46% al PIB de Rusia. 

Independientemente del resultado de la guerra en Ucrania, las relaciones entre Rusia y Occidente están rotas. Si Rusia no sale derrotada de este conflicto, estaremos ante un largo periodo de continuas tensiones prebélicas con Rusia y el orden europeo de seguridad cambiará. La defensa de los aliados del flanco oriental de la OTAN será mucho más compleja y más costosa. La OTAN, la UE y EEUU tienen capacidad de adaptarse a esta nueva situación.

La mayor lección de esta adaptación de la Guerra Fría es fortalecer nuestra capacidad de resiliencia ante un régimen cada vez más totalitario

Desde luego, la mayor lección de esta adaptación de la Guerra Fría es fortalecer nuestra capacidad de resiliencia ante un régimen cada vez más totalitario. Sin embargo, llaman mucho la atención los elogios sobre la rápida respuesta de la UE frente la agresión rusa y la afirmación de que  «Occidente reconoce que estamos entrando en una nueva era» y que la UE «ha despertado». Lo cierto es que el despertador de Occidente ha sido silenciado desde hace mucho tiempo, por cuatro razones principales. 

La primera razón está en la creencia, muy popular en los años noventa, en el «fin de la Historia» y de que Rusia aceptará subordinarse al liderazgo de EEUU, después del final de la Guerra Fría, a cambio de que esté incluida en la Organización Mundial de Comercio, y diferentes instituciones multilaterales occidentales. 

La segunda razón consistía en usar el conocimiento de Historia que enseña por analogía y no por máximas o convicciones. La Historia ha demostrado que,  después de una guerra, incluir la potencia derrotada en el orden de seguridad que surge de la contienda es lo único que garantiza una paz relativamente duradera: así ha sido en caso de la inclusión de Francia después de las Guerras Napoleónicas en el Concierto de Viena, que hizo posible la paz en Europa entre 1815 y 1914. Los Tratados de Versalles de 1918-1919, excluyeron a Alemania, lo que a medio plazo causó la Segunda Guerra Mundial. En 1945, tanto Japón como Alemania fueron integradas en el orden internacional.

El Kremlin considera que, como una gran potencia, Rusia tiene derecho a mantener zonas de influencia en el espacio postsoviético y que está predestinada a tener un papel importante en el orden internacional

Después del final de la Guerra Fría y de la desintegración de la URSS, Rusia no fue integrada, en términos que le satisfagan, en el orden internacional que siguió liderando EEUU. El revisionismo actual de Rusia se nutre de este hecho, así como del resentimiento de haber perdido un imperio y pasado de ser uno de los dos actores claves del orden europeo de seguridad durante la Guerra Fría junto con EEUU, a quedarse en la periferia. El Kremlin considera que, como una gran potencia, Rusia tiene derecho de mantener zonas de influencia en el espacio postsoviético, y que está predestinada a tender un papel importante en el orden internacional dado su tamaño, recursos naturales y la capacidad nuclear. 

La creencia de los occidentales de que el capitalismo y el libre mercado democratizarán a Rusia no solo se ha demostrado falsa, sino que las privatizaciones destinadas a fomentar el mercado libre, realizadas en los años noventa fomentaron la corrupción y llevaron a Rusia a la bancarrota y el colapso del Estado, contribuyeron mucho a la llegada al poder de Vladimir Putin, que se presentó como un «salvador» de Rusia (aunque esta «salvación» dependió mucho del auge de los precios del petróleo y gas).

La globalización fomentó la interdependencia entre Occidente y Rusia; además de facilitar la penetración del dinero de la mafia rusa que usó las bolsas y el mercado inmobiliario para blanqueo de capitales. Por ello, todas las sanciones económicas y financieras que se impongan a Moscú, afectaran a los ciudadanos occidentales. 

La cuarta razón, y la más sorprendente es que la UE y EEUU no han tomado en serio las afirmaciones de Rusia, que se han venido repitiendo desde 2006, por los analistas, políticos y el mismo Vladimir Putin en la Conferencia de Seguridad de Munich en febrero de 2007, sobre que la OTAN y EEUU son la mayores amenazas para la seguridad y defensa de la Federación de Rusia. A partir de 2006, Rusia comenzó con un nuevo enfoque en la política exterior: el Kremlin asumía que, como una gran país, Rusia está esencialmente sin amigos (desde el siglo XIX los rusos suelen repetir las palabras del zar Alejandro III que Rusia tiene solo dos aliados: su ejército y su armada). Que Occidente no quiere una Rusia fuerte, que sería un competidor formidable, y muchos quieren una Rusia débil que puedan explotar y manipular. En consecuencia, el Kremlin dedujo que Rusia tenía dos opciones: reafirmar su estatus como gran potencia, reclamando así el lugar que le corresponde en el mundo junto con Estados Unidos y China o conformarse con la compañía de potencias menores como Brasil e India. 

Para Moscú, ya en 2006, el orden internacional creado después del final de la Guerra Fría había cambiado. Rusia lo ha ido demostrando desde entonces: invadió partes de Georgia en 2008, anexionó a Crimea en 2014 y comenzó una guerra en Donbás, intervino en la guerra de Siria en 2015, ejecutó  las campañas de desinformación en los procesos electorales varios en EEUU y la UE (desde 2016). 

La guerra de Ucrania ha despertado tarde al Occidente. Supone una ruptura agónica entre Occidente y Rusia, de la que Ucrania pagará la peor parte. 


Mira Milosevich-Juaristi es investigadora principal de Real Instituto Elcano