Hay que pararle los pies a Putin. El sátrapa ruso se ha convertido en el peor enemigo de la paz mundial. Creía que una operación relámpago pondría de rodillas a Kiev en sólo unos días y se ha encontrado con una resistencia inesperada. No es sólo el ejército de Ucrania el que resiste, es el pueblo ucraniano el que se ha levantado en armas contra la barbarie.

Tenemos que ser conscientes de que ahora es Ucrania la que está defendiendo con su sufrimiento los valores democráticos que conforman el acervo europeo. Por ello tendría todo el sentido que el Consejo escuchara y atendiera la petición de Zelenski de admisión, por vía de urgencia, de su país en la UE.

Por fin, durante el pasado fin de semana se produjeron dos acontecimientos que han supuesto un cambio cualitativo de la situación. El primero, las sanciones acordadas por Europa, EEUU, Canadá y Japón, que, esta vez sí, van a dañar de manera significativa a la economía de Rusia. Ayer el rublo se desplomó casi un 30%, la Bolsa de Moscú no abrió en previsión de una caída sin precedentes, y el Banco Central decidió subir los tipos de interés al 20%.

Los ciudadanos rusos tendrán que pagan ahora mucho más caros sus créditos, desde las hipotecas a la financiación de las pequeñas y medianas empresas. Comprar un producto importado vale un 30% más caro que la semana pasada. Es sólo el primer golpe de una batería de medidas que encaminan a Rusia hacia un colapso seguro. El bloqueo de las divisas en bancos centrales fuera de Rusia estrecha el margen de maniobra de Putin. Si la guerra dura mucho tiempo, el presidente ruso no va tener cómo financiarla.

La victoria fácil del ejército ruso en aras a la recuperación del área de influencia perdida tras la caída de la URSS se puede convertir en la peor pesadilla del ex agente del KGB. Tras infligir un daño irreparable a la población civil de Ucrania, a partir de ahora será la población de Rusia la que comience a sufrir en carne propia el precio de una guerra imperialista y sin sentido.

He criticado en otras ocasiones la debilidad de Europa, su espíritu acomodaticio, su excesivo mercantilismo. Pero ahora todos tenemos que sentirnos orgullosos de ser europeos. En ese cambio ha tenido que ver y mucho el segundo de los acontecimientos a los que antes me refería: el cambio de posición de Alemania. El país que, por razones históricas, ha sido el menos belicista de Europa, no sólo ha decidido enviar armas a Ucrania, sino que ha acordado elevar su presupuesto de defensa en 100.000 millones de euros (2% del PIB). Eso con un presidente recién elegido: el socialdemócrata Olaf Scholz.

Defender un sistema de valores a veces exige sacrificios. Ahora estamos en un momento en el que Europa se juega su futuro. La defensa de Ucrania es la defensa de nuestros valores como europeos

La voz de alarma ha sido tan contundente, que hasta un país tan timorato y tradicionalmente neutral como Suiza se ha sumado a las medidas adoptadas por la UE.

En esta coyuntura tan volátil, la única duda es qué hará China. Hasta el momento, Xi Jinping mantiene una posición intermedia. No votó contra la condena a Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero se abstuvo. Condena las sanciones de la UE y Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, no está de acuerdo con la invasión, a la que llama de forma eufemística «operación especial».

China ha firmado un acuerdo a largo plazo para comprar gas y petróleo a Rusia, pero es consciente de que un parón económico, como consecuencia de la guerra, afectaría también a su propia economía. Xi Jinping no tiene interés en echar leña al fuego, y mucho menos quiere que sea Putin quien rediseñe el nuevo mapa geoestratégico mundial.

Los europeos vamos a sufrir también las consecuencias de la invasión de Ucrania. Los precios energéticos se disparan y la inflación, ya de por sí elevada (el dato de ayer en España es alarmante), va a situarse en niveles desconocidos desde las crisis del petróleo. Las economías van a crecer menos y vamos a sufrir una pérdida de nivel de vida. Esas circunstancias hay que explicárselas a los ciudadanos. Europa no es sólo un mercado, es mucho más: representa valores que debemos defender aunque sea a costa de tener que vivir un poco peor.

El Gobierno español tiene que ser consciente de ello y no rehuir un hecho incontestable: las previsiones económicas del Presupuesto para 2022 hay que someterlas a revisión. No es momento, por tanto, de subir impuestos o de seguir aumentando la deuda, porque su financiación va a ser mucho más cara.

Llama la atención que en medio de este rearme moral que ha puesto a la UE en el centro de la resistencia frente al ataque ruso a la soberanía de Ucrania, el partido que gobierna junto al PSOE se oponga al envío de armas o a la sanciones económicas. Los dirigentes de UP viven en otro mundo, siguen en la cantinela de «OTAN no, bases fuera«. ¿Cómo creen que se puede frenar a Putin? ¿Con pancartas del «No a la guerra«?

Pedro Sánchez tiene que estar en la vanguardia de la defensa de los valores democráticos que conforman la esencia de Europa, y si, para ello, hay que enviar armas a Ucrania, habrá que hacerlo. Si, para ello, el presidente tiene que llevar la propuesta al Congreso, la oposición, empezando por el PP, tiene que darle su apoyo incondicional. Es el momento de los grandes pactos de Estado.

La guerra no la ha provocado Ucrania, ni Europa, ni Estados Unidos… Ha sido un gobernante temerario y peligroso que ha llegado incluso a esgrimir la amenaza nuclear para debilitar la resistencia a sus deseos. Una guerra no es un festival, ni algo agradable y divertido. Pero hay guerras que hay que llevar a cabo para defender nuestro sistema de valores. Esta es una de ellas. Y, como bien dijo Churchill en su discurso radiado cuando apeló a la resistencia del pueblo británico frente a Hitler, en estos momentos lo único que pueden prometer los gobernantes a sus ciudadanos es «sangre, sudor y lágrimas».