“Tener hambre es como tenazas, es como muerden los cangrejos, quema, quema y no tiene fuego: el hambre es un incendio frío” (Pablo Neruda)

La invasión de Ucrania tiene muchas consecuencias a nivel global. Algunas tan claras como la pérdida de vidas humanas o el impacto energético, por nuestra dependencia del gas ruso. Y otras que al principio no estaban en el foco mediático, como los efectos de la guerra en la seguridad alimentaria global. Muchos han equiparado la invasión ilegal de Putin en Ucrania con la de Hitler en Polonia en 1939, pero la comparación no se queda solo ahí. Antes de llevar a cabo su terrorífica solución final, Hitler creó otra estrategia genocida, el Plan Hambre. Hoy Putin, como Hitler, está también utilizando el hambre como arma de guerra. 

Según el último Informe sobre las crisis alimentarias mundiales, ya en 2021 cerca de 193 millones de personas de 53 países sufrieron hambre «en niveles de crisis o peores», lo que supone un aumento de 40 millones de personas con respecto al año anterior. Es un nuevo máximo. En tan solo dos años, el número de personas con inseguridad alimentaria grave se ha duplicado, desde 135 millones antes de la pandemia a 276 millones en la actualidad. Cifras que aumentarán debido a la guerra de Ucrania, sus repercusiones en las cadenas alimentarias globales y el incremento de los precios de los alimentos, la energía y los fertilizantes. 

La guerra de Ucrania representa un desafío para la seguridad alimentaria, especialmente para países como Egipto, que compra el 80% del trigo a Rusia y Ucrania

Ucrania y Rusia son el granero del mundo. Ambos proporcionan globalmente alrededor del 30% del trigo y la cebada, una quinta parte del maíz y más de la mitad del aceite de girasol. Cerca de 50 países dependen de ellos para al menos el 30% de sus importaciones de trigo, y, de estos, 26 países dependen hasta más del 50%. Esta guerra está ya teniendo múltiples implicaciones para los mercados globales y representa un desafío para la seguridad alimentaria, especialmente para los países de bajos ingresos dependientes de la importación de sus alimentos, como Egipto, que compra el 80% del trigo a Rusia y Ucrania. 

Sin embargo, las consecuencias más dramáticas se viven justamente en los países que ya sufrían inseguridad alimentaria severa, dependientes de la ayuda humanitaria y cuyos problemas se han visto agravados. Países como Afganistán, Yemen, Sudán, Nigeria o Etiopía, que figuran sistemáticamente entre los que sufren las peores crisis alimentarias del mundo.

La falta de alimentos suficientes en el mercado y el incremento de su precio ha hecho que agencias internacionales como el Programa Mundial de Alimentos (PMA) estén comprando menos raciones con el mismo dinero y sus costes de adquisición de alimentos hayan aumentado en unos 23 millones de dólares al mes. Además, la ayuda alimentaria mundial dependía también del trigo ucraniano: el PMA obtenía la mitad de sus suministros de Ucrania. La guerra va a tener así una repercusión directa en el aumento de muertos por hambre en el mundo. 

Medir las consecuencias de una guerra por el número de personas hambrientas y muertos por hambre puede extrañarnos. Sin embargo, esta era ya la realidad, incluso antes de Ucrania. En Europa nos hemos acercado ahora a las realidades de las guerras del hambre. Éstas han convivido y conviven con nosotros a nivel global, pero hasta ahora hemos mirado hacia otro lado, sintiendo que podíamos ignorarlas. Las crisis alimentarias más severas ya tenían como causas principales los conflictos y la inseguridad: al menos la mitad de las poblaciones de Afganistán y Siria se enfrentan hoy al hambre. La guerra empeorará su situación si no hay coordinación internacional y un incremento en la financiación humanitaria para estos países. 

La negativa de Putin a permitir corredores humanitarios es un ejemplo más de su estrategia: utilizar el hambre como arma de guerra

De manera intencionada, Putin está creando algunas de las mayores distorsiones en el mercado de alimentos. El bloqueo deliberado de puertos ucranianos en el Mar Negro -por los que pasaban mercancías suficientes para alimentar a 400 millones de personas- está impidiendo la salida de alrededor de 25 a 30 millones de toneladas de granos. Desbloquear estos puertos es esencial para la seguridad alimentaria de miles de millones de personas. Además, la negativa de Putin a permitir corredores humanitarios, impidiendo la llegada de alimentos a ciudades sitiadas, es un ejemplo más de su estrategia: utilizar el hambre como arma de guerra. 

Las conclusiones de la reunión de los ministros de Agricultura del G7 el pasado fin de semana y el encuentro ministerial sobre seguridad alimentaria global, organizado por EE UU el pasado miércoles, han identificado algunas de las acciones urgentes para prevenir una crisis alimentaria global. Asegurar la producción, el almacenamiento, el transporte, la transformación agrícola y la exportación en Ucrania es prioritario. Un mercado sin restricciones es vital, y no podemos aceptar decisiones como la de India la semana pasada, restringiendo de manera unilateral sus exportaciones de trigo.

Necesitamos más ayuda humanitaria, que significa también aumentar las contribuciones financieras a organizaciones internacionales como el PMA y la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, ya que su trabajo es esencial para reducir el número de personas hambrientas y garantizar las próximas cosechas. 

La guerra ha dejado un vacío de suministro global y una vez más los alimentos se están utilizando como arma de guerra. Esta situación afectará no solo a Ucrania sino al resto del mundo, incluida Europa, donde ya estamos notando el aumento de los precios de los alimentos, que en marzo de 2022 alcanzaron su nivel más alto desde 1990. La acción coordinada de la comunidad internacional es más importante que nunca. Como ha señalado el secretario general de Naciones Unidas, «la crisis alimentaria no respeta fronteras y ningún país puede superarla solo. Nuestra única posibilidad de sacar a millones de personas del hambre es actuar juntos, con urgencia y solidaridad».


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento Europeo en la delegación de Ciudadanos.