El problema de Yolanda Díaz, el principal, aunque no el único, es el desplome del espacio político que ella pretende liderar. Este fenómeno de desinflamiento se pudo comprobar empíricamente en las elecciones en Andalucía, donde su apuesta, Inma Nieto, sólo logró cinco asientos en el Parlamento andaluz. Más reciente: la encuesta publicada el pasado día 6 por El Confidencial, daba a Unidas Podemos a nivel nacional 23 escaños (un 9,6% del voto).

La ministra de Trabajo podría argüir que su proyecto, Sumar, va mucho más allá de UP, que es «más transversal», pero eso, hoy por hoy, es más un deseo que una realidad.

El segundo problema, y no menor, de Díaz es su dificultad para definir una línea política que marque distancia respecto al PSOE. Ya estamos acostumbrados a peleas internas en el seno del Gobierno que luego quedan en nada. La última, a cuenta del aumento del presupuesto de Defensa este año en 1.000 millones de euros. Usando una añagaza, Sánchez le coló un gol por la escuadra a sus socios: metió en una carpeta de Hacienda esa partida, que sale del fondo de contingencia. Y para colmo sus colegas socialistas del Gobierno llaman a los miembros de UP que asistieron a la reunión de subsecretarios torpes o vagos por no haberse leído los papeles. Yolanda Díaz arremetió contra la ministra Margarita Robles a la que acusó de mentir, pero, al final, las aguas han vuelto a su cauce. El miércoles, la titular de Trabajo declaró desde Roma que «la coalición es más necesaria que nunca» y que es posible encontrar «fórmulas imaginativas» para compaginar el aumento del gasto en Defensa y los gastos sociales. «No hay alternativa», concluyó.

Pues eso. Que no hay ruptura a la vista. La argamasa del poder une más que cualquier programa político.

La contradicción (cabalgar contradicciones es algo que les encanta a los líderes de la izquierda alternativa) es que Díaz tiene que ofrecer algo distintivo, propuestas que movilicen a unos votantes desencantados desde que Pablo Iglesias se compró el chalé de Galapagar.

Muchos de ellos, gente bienintencionada que se creyó aquello de «asaltar el cielo», se preguntarán por qué Díaz, su esperanza blanca tras el abandono de Iglesias, no ha dicho nada sobre el cambio de política respecto al Sahara, o ha mantenido un perfil bajo respecto a los lamentables sucesos de Melilla, que costaron la vida a unos 30 inmigrantes a manos de la Gendarmería marroquí, alabada reiteradamente por el presidente del Gobierno.

La ministra de Trabajo tiene que darse prisa con su proyecto porque cada vez hay más gente que piensa, como Alfonso Guerra, que es un bloof

Díaz e incluso Irene Montero han perdido la oportunidad de aparecer ante esos millones de personas que aplaudieron la llegada del Aquarius al puerto de Valencia como dirigentes preocupadas de verdad por el drama de la migración. Ninguna de ellas ha viajado a Melilla para entrevistarse con alguno de los que sufrieron la represión en sus carnes. En lugar de esa foto, que hubiera tenido un valor testimonial indudable, Montero prefirió irse a Estados Unidos en Falcon: la imagen de ella junto a Isa Serra en Times Square justo unos días después de la masacre de Nador es un insulto a los valores de esa izquierda alternativa.

En lugar de arrebatarle al PSOE las políticas propias de la izquierda, Díaz fabrica una realidad alternativa: «unión+ilusión=sumar». ¡Qué guay!

El tercer problema al que se enfrenta Díaz es que carece de una organización, un partido, que sustente su liderazgo y constituya la red territorial de Sumar. Existe el Partido Comunista, Izquierda Unida, restos de Podemos o confluencias como Compromís o Catalunya en Comú,… Pero ¿cómo va la ministra de Trabajo a «coser» todos esos partidos y partidillos para que de ahí salga algo coherente? A sabiendas de cómo se las gastan los dirigentes de esa izquierda -recuerden lo que pasó en Andalucía- sería temerario intentar un proceso de confluencia en Sumar. Así que Sumar será algo así como la fórmula de la Coca Cola, un jarabe que luego contará con distintas embotelladoras. Sólo pensarlo me estremece.

Por último, Yolanda Díaz carece de experiencia como líder política. Su trayectoria en Galicia no la avala precisamente. Es buena negociadora, tiene el apoyo incondicional de CCOO, pero poco más. Es una apuesta a ciegas que si cuenta con alguna ventaja es la necesidad de Pedro Sánchez de que no se dé un tortazo electoral.

Por unas razones o por otras, Díaz ha demorado mucho el inicio de su «proceso de escucha». Hace unos meses había quien, como Iván Redondo, la veían incluso como presidenciable. Pero hoy se extiende la idea que expresó con toda crudeza Alfonso Guerra de que «es un bluf«. Veremos lo que consigue de aquí al mes de mayo, fecha de elecciones municipales y autonómicas. En principio, no parece una buena idea haber comenzado su periplo en el Matadero.