«Si hay magia en este planeta, está contenida en el agua»- ¿Cuántas veces se habrán citado estas palabras del naturalista y antropólogo estadounidense Loren Eiseley, uno de los inspiradores del movimiento ecologista en el siglo XX? La frase trata de expresar el asombro y el prodigio que encierra el elemento: sin agua, no hay vida. Sin tierras fértiles no hay alimentos. Sin alimentos, no hay sustento posible.

Las recientes olas de calor y las sequías que han asolado a la UE estas últimas semanas acaban de abordarse en el Parlamento Europeo: un debate vespertino en Estrasburgo, con afluencia mínima de eurodiputados y prácticamente sin cobertura informativa. Entre las grandes urgencias que vivimos -inflación galopante y aumento de precios, la crisis energética, la alimentaria– es fácil olvidar otros asuntos de verdadera importancia.

Sin embargo, la realidad escalofriante se ha impuesto en las últimas semanas. Europa está en estado de alarma, en estado de emergencia por las peores sequías, olas de calor e incendios de los últimos 70 años, a cuyo incremento estamos asistiendo casi impasibles. 

Sí, nos aterrorizan las imágenes, las historias detrás de quienes han llegado a perder su vida en nuestro país como consecuencia de las olas de calor (más de 1.800 personas en julio, según el sistema de vigilancia MoMo) o los incendios. Pero poco más. Y antes de estas imágenes, los datos estaban ahí: el número y duración de las sequías se ha incrementado un 29% desde el año 2000; entre 1900 y 2019 afectaron a 2.700 millones de personas en todo el planeta y provocaron 11,7 millones de muertes. Las olas de calor serán progresivamente de mayor duración, intensidad y extensión.

No podemos abordar los retos de estos incendios de sexta generación con métodos del pasado… El objetivo debe ser mantener las campañas contra el fuego activas todo el año»

Y mientras los territorios de España -y Europa- se hacen más áridos, los incendios proliferan. Son incendios de sexta generación, con capacidad para modificar la meteorología; muy peligrosos, como el que arrasó la sierra de la Culebra en Zamora (más de 30.000 hectáreas) o el de Valdeorras, en Orense (33.000 hectáreas), que desbordan la capacidad de extinción de los operativos. Son incendios que se producirán cada vez más de forma simultánea, y cada vez más fuera de las estaciones o periodos considerados de alto riesgo.

Tras la extinción, cuando el fuego se sofoca, no queda nada: silencio total, oscuridad de cenizas en la tierra, ecosistemas arrasados y toneladas de dióxido de carbono liberadas a la atmósfera. Las imágenes de tierras calcinadas seguirán estando muy presentes en las próximas semanas, pero también en los próximos años. 

No podemos abordar los retos de estos incendios de sexta generación con métodos del pasado. Por eso tenemos que actualizar el Plan de Protección Civil ante emergencias por incendios forestales. El objetivo debe ser mantener las campañas contra el fuego activas todo el año, intensificar y coordinar los preparativos de cada temporada de incendios, profesionalizar las cuadrillas de extinción, reconocer la categoría de bombero forestal y realizar campañas de prevención en invierno para limpiar el material combustible. 

Limpiar los montes en invierno es muy importante; ahora se repite una y otra vez, como un mantra. Sin duda lo es, y había que haberlo hecho desde hace tiempo. Pero hay que hacer mucho más, y ya, en la protección y recuperación de nuestros ecosistemas. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, el 81% de los hábitats naturales protegidos de la UE se encuentran en mal estado, sometidos a gran presión por el cambio de uso de la tierra y por contaminantes de nutrientes, fertilizantes e insumos químicos. Los humedales han desaparecido en un 50%. El 84% de las turberas, clave para almacenar carbono y filtrar agua, se encuentran en un estado deplorable. La sobreexplotación y el agotamiento de la biodiversidad y las especies que alberga no es una amenaza: es una realidad.

Es muy difícil eliminar los desastres de los que estamos hablando, y por eso nuestra obligación es prevenirlos, asumiendo la dimensión real del problema y entendiendo lo mucho que hay en juego. La situación ha superado ya el tópico de catástrofe anunciada; estamos frente a una catástrofe presente y constante. Las olas de calor, los problemas de abastecimiento de agua, las sequias permanentes y los incendios de sexta generación nos dicen que las consecuencias del calentamiento global ya no suceden a kilómetros de distancia, sino aquí y ahora, en toda Europa. 

Según el Panel de expertos del Cambio Climático (IPCC), las olas de calor comienzan antes, se vuelven más frecuentes, y –lo que más miedo da– coincidirán con mayor fuerza y frecuencia con sequías e incendios forestales de grandes magnitudes. Estas claras señales de emergencia climática aumentarán y están causando, entre otras cosas, un cambio sin precedentes en el régimen de incendios del continente europeo. 

Los mayores responsables de aplazar medidas pensaban que no vivirían para ver las peores consecuencias del cambio climático. No ha sido así; lo estamos viviendo»

La evidencia científica exige medidas ambiciosas, concertadas y urgentes para luchar contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Pese a ello, todos los profetas de la inconsciencia que se permiten el lujo de hablar de «populismos e ideología verde» aun comprendiendo sobradamente el cambio climático, sus causas y sus consecuencias, prefieren mirar a corto plazo y engañarse. Piden posponer las medidas hasta tener más estudios y evaluaciones de impacto. Se han quemado hasta ahora este verano más de 230.00 hectáreas en España y al vicepresidente de la Junta de Castilla y León –Juan García-Gallardo, de Vox—solo se le ocurre culpar al «ecologismo radical».

Los mayores responsables de aplazar medidas pensaban hace años que no vivirían para ver las peores consecuencias de la crisis climática. No ha sido así, lo estamos viviendo. Por eso, lo que ocurre debe servir como punto de inflexión para acelerar los movimientos que necesitamos para nuestra supervivencia y la de generaciones futuras.

Es una de las grandes urgencias que vive Europa. Si no la consideramos una prioridad, terminaremos caminando entre cenizas. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento Europeo en la delegación de Ciudadanos