Nada hay que objetar a las medidas de restricciones del consumo de la energía, pero sí existen serias dudas de que sirvan para reducir el consumo energético por parte de las grandes industrias, las verdaderas consumidoras de luz, de gas, de combustible.

Bien está el regular el uso del aire acondicionado aunque no sé si situarlo en los 27 grados será secundado por las familias españolas que se han acostumbrado a utilizarlo como si nunca en su vida anterior hubieran vivido sin él, algo del todo falso porque el uso de aire acondicionado en los hogares españoles es una cosa relativamente reciente.

Pero como a lo bueno enseguida se acostumbra uno, ahí tenemos a toda casa que se precie a 24 o a 23 grados, y eso cuando no a 21. 

Otra cosa es lo de las calefacciones a 19 grados. Eso es pasar frío. Ahí va a ser más difícil cumplir con las exigencias»

En cualquier caso, la de limitar el uso de la refrigeración es una medida que estaba tardando en ser adoptada porque estábamos a punto de llegar a coger una pulmonía si entrábamos en determinados establecimientos, donde parecían pretender asimilarse a los países del Golfo, donde el aire frío es prácticamente un signo de estatus, de modo que allí sí que se corre el riesgo de salir con un trancazo de aúpa en cuanto se entra en cualquier local porque en la calle no se puede estar más que lo imprescindible.

Pero su caso tiene todo un sentido del que se carecía aquí. Y efectivamente, el nivel de refrigeración en determinados establecimientos públicos y también privados alcanzaba lo ofensivo.

Bien también la exigencia de que las puertas de los locales estén permanentemente cerradas porque esa es la única manera de que el frío generado por los aparatos de aire acondicionado se vaya al exterior con la consiguiente pérdida de esfuerzo refrigerador. En definitiva, debemos volver a vivir un poco menos alegremente de lo que hemos vivido durante estos últimos años. 

Otra cosa es lo de las calefacciones a 19 grados. Eso es pasar frío. Ahí va a ser más difícil cumplir con las exigencias del Gobierno y ya no estoy hablando de las grandes industrias sino de los locales comerciales y desde luego de los hogares.

El invierno es además mucho más largo que el verano, aunque quizá también esta proporción se vea alterada, con lo que ahí sí que podemos prepararnos para tiritar dentro de nuestra propia casa porque esto que se aplica de momento a los edificios públicos, a los locales comerciales, a los cines y a los centros de ocio, llegará en momento en que se aplique también a las comunidades de vecinos donde puede que, además de obligar a la  revisión de las calderas de cada comunidad, incluso se restrinja el uso del gasóleo para la calefacción.

Y ya no existen los braseros ni las mesas camillas y las únicas chimeneas son las que aún existen en determinadas zonas rurales.

Pero las medidas aprobadas ayer no son las únicas que el Gobierno va a implementar. Ya ha dicho la portavoz que en septiembre habrá otra ronda de restricciones. 

Y eso que España está entre los pocos países de la UE en el que la dependencia del gas ruso es menor. No estamos ni estaremos en las mismas condiciones de Alemania. Allí, sorprendentemente, ha habido pocas críticas a la decisión de Angela Merkel de entregarse absolutamente al suministro de gas ruso, lo cual está teniendo, y más que va a tener este invierno, consecuencias catastróficas para la principal economía de la Unión.

Esa decisión, más la de paralizar las centrales nucleares con motivo de la catástrofe de Fukushima, también adoptada por Merkel, ha dejado al motor económico de Europa en un grado de suma debilidad.

Los españoles debemos ser solidarios con nuestros socios europeos pero, a pesar de los esfuerzos que habremos de hacer -los del invierno serán los más costosos- somos unos auténticos afortunados en el seno de la UE.

Conviene que lo tengamos presente cuando el frío arrecie en nuestra tierra.