Pedro Sánchez estará descansando ahora, flotando sobre una colchoneta de playa con forma de flamenco quizá, ahí con gafas de piruleta y la mano en el agua, como una princesa de Instagram. No lo voy a criticar por eso, que sé que sólo toma fuerzas para el siguiente fin del mundo (Sánchez hace la gira del fin del mundo como las orquestas de verbena hacen la gira de las fiestas patronales: es más que una circunstancia, es un modo de vida). Intentar descansar o divertirse ahora, siquiera entre esos sudores del verano del ahorro, que son como zumo de sandía, va a ser una necesidad y quizá va a ser una despedida. Vemos ahora todo apagado y todo humeante, que sólo nos han dejado ese helado de piedra pómez que es la luna, pero lo realmente duro llegará a partir de septiembre. Así que quien más y quien menos, con la caña en la mano, con el culo en un charco, con el ventilador en los morros, con el beso huido en una huella de arena, siente que se despide. Nos despedimos de los ahorros, o del optimismo, o de un sueño. Sánchez incluso puede despedirse de su colchón de la Moncloa. O sea, que dejémosle disfrutar.

Sánchez volverá descorbatado y con una colección de guijarros y se encontrará con el país y el españolito sequizos y cuarteados»

Sánchez está descansando ahora, como un gigante que descansa entre dos cordilleras. A la vuelta, en septiembre, que era cuando los chiquillos preparábamos los lápices de colores para el colegio como el que afina violines de Cremona, cuando llegaban los vendimiadores como pescadores de perlas del sol, Sánchez volverá descorbatado y con una colección de guijarros y se encontrará con el país y el españolito sequizos y cuarteados. Aún nos quedaba el último verano, aunque se nos derritieran los helados, se nos aguara el cubata y el dinero se fuera en cofres piratas que rodaban y sonaban como símbolos de tragaperras, así que en septiembre lo habremos dado todo para no morirnos de pena. En septiembre, Sánchez se volverá a encontrar con la realidad, su némesis; o sea, se encontrará con que no bastaba con apagar los escaparates y que los bolsos durmieran como peces, ni con regalar abonos y chucherías para que lo que sale caro pareciera gratis, ni con mencionar los millones de partidas y fondos que luego sólo se quedan en su boca o en sus ojos como otro símbolo de tragaperras. Y ya ni siquiera tendremos el último verano, como un verano del Dúo Dinámico, para consolarnos.

Sánchez está descansando ahora, como un particular entre dos cocoteros, toda una alegoría del descanso, del verano y de su presidencia. No vamos a criticarlo por eso, que seguro que está cogiendo fuerzas, alimentándose de esa salud primigenia, mentolada e indígena del mar, inspirado por las inmensidades y los azules cósmicos o incluso lúgubres, como un farero o como el último Rothko. Aunque uno piensa que en los veranos del bicho, que también parecían el último verano, Sánchez sólo descansó para luego seguir descansando, que él no quería marrones y todo de repente era cogobernanza, esa especie de virreinato de la pereza. En septiembre la guerra no habrá parado, la inflación no habrá parado, la crisis podría ser ya recesión, y sobre todo nos iremos dando cuenta de que apagar las tómbolas y prometer aguinaldos de la abuela no ha servido para nada. Sí, más nos vale que Sánchez no se limite a volver con esa resaca que dejan la hoguera con guitarrita y el juego de la botella.

Sánchez descansa en el último verano, como un Adán inverso, colocado al final de la historia. Estará tomando aliento, como muchos de nosotros, o quizá despidiéndose de algo, como casi todos nosotros. En septiembre, mes de los comienzos humanos (el comienzo de enero es arbitrario), de los libros nuevos y de los amores entre paraguas (amores que calan, no como los de verano, que se evaporan en su cocción); en septiembre, decía, Sánchez volverá a encontrarse con que tiene que hacer cosas que no hizo o con que no tenía que haber hecho las que sí hizo, y para equilibrarlo no hará nada. Esto ya lo hemos vivido, lo de Sánchez volviendo de las aguas entre la mitología, el oficio y el aburrimiento, como un buzo desganado, y lo del último verano y el fin del mundo. Nada hizo Sánchez entonces y no sé si hay muchas esperanzas de que lo haga esta vez.

Sánchez está descansando ahora, como una sirena volcánica, estatuada en su reposo, y a lo mejor al final sí lo he criticado, pero es que ya son muchos veranos de nuestro presidente sorbiendo cocos en el apocalipsis. Por si de verdad es el último verano, el nuestro, el de Sánchez o el del mundo, descansen y diviértanse lo que puedan. Sánchez lo hace, aunque no a oscuras ni empapado como ustedes.