«¡Putas, salid de vuestras madrigueras como conejas, sois unas putas ninfómanas, os prometo que vais a follar en la capea!». El que lanza esta consigna no es un garrulo perdido en el monte. Es un estudiante universitario, que vive en un colegio mayor de Madrid. Y no está solo. Tras lanzar su vómito machista, otros muchos estudiantes, de manera coordinada, se asoman a las ventanas del colegio mayor Elías Ahuja, y comienzan a hacer ruido y a lanzar gritos como animales.

Enfrente, está el colegio Santa Mónica (femenino), y es a las mujeres que viven allí a las que se dirigen los gritos de la manada.

Los hechos sucedieron el domingo por la noche, y lo conocimos ayer a través de un vídeo que recoge la escena y que cuesta creer que no sea un montaje.

No doy crédito a que eso ocurra entre estudiantes universitarios, ni tampoco en cualquier otro colectivo. No forma parte de lo que yo viví cuando era estudiante y no puedo entender que hayamos retrocedido tanto.

Leo un comunicado de las colegialas del Santa Mónica que tampoco entiendo. En él aceptan las disculpas de los estudiantes del Elías Ahuja y quitan hierro al asunto. «Se trata de una práctica con tradición entre colegios mayores», afirma el comunicado. Se trata de una tradición atávica, que dice poco en favor de los que la mantienen y no han sido capaces de ponerle freno.

Lo peor que se puede hacer con lo acaecido en el colegio mayor Elías Ahuja es banalizarlo, convertirlo en una gamberrada más, en un exceso propio de la edad

Lo peor del suceso es que se vea como algo normal, una broma que hay que encuadrar entre las novatadas de mal gusto y los excesos propios de la edad.

Me parece que vivimos en un mundo bipolar. Por un lado, los defensores de lo políticamente correcto, capaces de censurar cualquier expresión que no siga las estrictas normas del feminismo mal entendido. Por otro, las muestras obscenas de un machismo que no sólo pervive entre nosotros, sino que se exhibe sin pudor.

El suceso del Elías Ahuja debería ponernos en guardia, desasosegarnos. Porque demuestra, mejor que cualquier estadística o informe, que el machismo no sólo no está en vías de extinción, sino que pervive entre nosotros, lo tenemos ahí al lado.

Para acabar con esa lacra terrible no sólo hacen falta normas, sino una moral básica, que no tiene que ver con las ideologías, sino con la distinción entre lo que está bien y lo que está mal.

Los jóvenes que protagonizaron los hechos probablemente no sean delincuentes, incluso puede que sean buenos estudiantes, y hasta que se consideren a sí mismos buenos chicos. Sus familiares y amigos seguramente les disculparán, «no ha sido para tanto». Pero una sociedad que admite eso como una broma, como una gamberrada sin importancia, es una sociedad enferma.

Banalizar lo sucedido es lo peor que se puede hacer.