Yo no sé qué haría Podemos si sale del Gobierno, volver con chubasquero a las plazas, o a esos campus sólo con literatura cirílica de váter, o a las pirámides de botellines como monumentos soviéticos al obrero pero sin obreros. La verdad es que Podemos ahora sólo es ese rinconcito que tiene en el Gobierno, un rinconcito como el de los chiquillos en las bodas, con sus ministerios de juguete, su atril como una trona y el escudo oficial como un babero con oso panda. Desde allí protestan o callan, mirando avioncitos de potito o algo así, pero nadie les presta ya mucha atención. Podemos no tiene otra cosa más que estar en el Gobierno, un poco como se tiene que estar en cama, descalabrado o moribundo. Está desapareciendo de los parlamentos y de la agenda política, sus líderes oficiales ya no se sabe ni quiénes son y sus líderes oficiosos son eméritos con cojera y aguardiente de emérito, dedicados como a mirar obras desde unas barandillas mediáticas con rebaba gruesa de palomar. Se podrán ir del Gobierno, pero dudo que vayan a ninguna parte después, salvo a hacer de trol o a prepararse unas oposiciones con el termo lleno del caldo de los tristes.

Podemos ya apenas es nada, incluso en coalición con IU ya están en esos votos de la resistencia y el martirologio que sacaba IU sola antes, y que apenas le servían para mantener el honor, la memoria y algún ayuntamiento agropecuario con huerto republicano. Los advenedizos de Podemos absorbieron a la vieja izquierda, histórica como la metalurgia y con muchas trencas dadas la vuelta, pero yo creo que estamos más cerca de ver a IU expectorar a Podemos y coger otra vez el hocino y la concejalía de fiestas que de volver a ver a Podemos optando a la revolución con sus mosqueteros posmarxistas, posmodernos y aguacamayados. Ahora Podemos es tóxico, y hasta en Andalucía, con su parte de rojez inextirpable, como la rojez de una arcilla roja, los experimentos, las coaliciones y las siglas bailongas en las que entra Podemos fracasan. No es cuestión de caducidad o de moda, es que ya el personal ha visto qué producto vende Podemos y no lo quiere. Por eso Yolanda Díaz lleva tanto tiempo intentando diseñar otro producto, y ahí sigue, como con el jersey o el puchero interminables de una madre o de un hada.

Podemos quiere “diferenciarse”, en eso se basa su estrategia ahora según nos cuenta aquí Cristina de la Hoz. Pero todo el mundo distingue bien a Podemos, nadie lo va a confundir con el sanchismo camastrón ni con el yolandismo vaporoso, siquiera por la vaporosidad. Lo que le pasa a Podemos es precisamente que se diferencia muy bien, se distingue muy bien después de todos estos años exhibiéndose y creciéndose. Podemos es populismo posmarxista, radical, rupturista, iliberal, antidemocrático, y eso, al menos mientras aquí no estemos comiendo rábanos y escarabajos, tiene una clientela muy limitada. Digamos que a Podemos el truco le duró lo que le duró la ambigüedad. Visto lo visto, no es que Podemos esté intentando “diferenciarse”, está intentando sobrevivir y no sabe muy bien cómo, seguramente porque no hay manera. Así que hace un poco de oposición dentro del Gobierno, le pone la zancadilla a Yolanda Díaz como una zancadilla de hermana de Cenicienta, y mete ruido por las pajareras mediáticas de sus eméritos. Pero yo diría que la suerte está echada y su tiempo cumplido.

Iglesias no es que no quiera hacer política, sino que sólo quiere hacerla con parapeto, sin responsabilidad, sin rendir cuentas y sin votantes que le hagan un gran corte de manga proletario hasta en Vallecas»

Podemos puede romper la coalición de gobierno, es lo que el PSOE teme o quizá desea que haga, aunque a su tiempo (también Sánchez necesita escenificar una ruptura purificadora, renovadora). Seguramente es lo único que puede hacer Podemos, romper, desenterrar la mochila con plumas, el cielo asaltable, los de arriba y los de abajo como un anuncio de lavavajillas, y hasta desenterrar la coleta de Pablo Iglesias, quizá ya como la picha de Rasputín. Y, a partir de ahí, intentar repetirse apelando a la desmemoria, un poco como Sánchez. A Yolanda Díaz, por su parte, me parece que esto le da igual. Ella sigue a lo suyo, perfeccionando su receta de una izquierda endulzada (sabe perfectamente que la izquierda cafetera de Podemos ya no gusta), mientras aparece y desaparece como una sirena o como un rayito de sol de visillo.

A Podemos ya sólo le quedan esos ministerios casi museísticos, todo vitrina, más muchos bots de internet y, por supuesto, Pablo Iglesias, que sigue mandando desde la almendrita amandorlada de sus micrófonos, que huelen a mate y a correaje como los de Billy Joel olían a cerveza de perdedor. Lo de Iglesias no es tan extraño, si se piensa. Iglesias, que abandonó la política por pura cobardía, no es que no quiera hacer política, sino que sólo quiere hacer política con parapeto, sin responsabilidad, sin rendir cuentas y sin votantes que le hagan un gran corte de manga proletario hasta en Vallecas. Yo creo que Iglesias volvería a la política con gusto, ya con gorra de plato sin duda, pero volvería. A él lo que no le gusta es el engorro de ser político mientras no se tiene el poder absoluto, que es como si tuviera que estar opositando a Mesías siendo el Mesías. O a profesor de periodismo, siendo él el santo patrón del verdadero / único periodismo.

Podemos intenta sobrevivir, ya con todos sus ángeles caídos o volados, todas sus ambigüedades despejadas y todas sus verdades y miserias descubiertas. Deje antes o después el Gobierno, Podemos sólo puede volver al principio, donde casi nadie (creo que ni Sánchez) puede volver. Están mucho más cerca de las oposiciones con magdalena y reloj de cuco que de asaltar el cielo.