Ni Glovo, ni Cabify, eDreams o Idealista. Tal vez no lo sepas, pero 500 antes de la aprobación, hace unos días, de la Ley de Start-ups en el Congreso de los Diputados, nuestro país lanzaba al mundo su primera y exitosa estartap de la Marca España, una compañía emergente, con visión global e innovadora, nacida en un garaje de Loyola, que pronto escaló, se expandió y se tornó universal, aunque nuestros legisladores, tan dados a las metáforas resonantes en casos tan solemnes como el que nos ocupa, hayan olvidado evocar este ejemplo de audacia y empréstito global, made in Spain, con cinco siglos de existencia, en la florida Exposición de Motivos del texto legal de la Ley del Emprendimiento.

¿De qué os hablo? De una aventura universal lanzada al mercado medio milenio antes de que sus señorías abrazasen unánimemente (cosas veredes, Sancho) esa Ley de Fomento del Ecosistema de las Empresas Emergentes, que define como startup a aquella que no supere los 5 años de antigüedad, no cotice en bolsa ni distribuya dividendos, cuya sede o domicilio social esté en territorio nacional, que tenga el 60 por ciento de su plantilla contratada en España y acredite su carácter innovador.  De un proyecto genuino de la Marca España incubado en 1540 en la cabeza de un renqueante ex-miliciano de Azpeitia, que, sin LinkedIn, elevator pitches, mentores titulados y ni pizca de ese aire de épica arrogante que se aprende últimamente en las aceleradoras de emprendimiento, ideó y lanzó la Societas Iesu, la Sociedad de Jesús – a.k.a. los Jesuitas– una de las corporaciones españolas globales más antiguas y  con mayor tracción de cuantas nos rodean.

500 años de existencia de una sobria compañía innovadora, organizada funcional, jerárquica y territorialmente, con una misión y visión articuladas alrededor del principio fundante de “la salvación y perfección de los prójimos” (1540), y que exhibe un objeto social heterogéneo, contenido en esa escritura de constitución (la Fórmula del Instituto) otorgada por los socios fundadores (Loyola, Laínez, Salmerón, Francisco Javier…). Una sociedad con miles de participaciones sociales y accionistas repartidos por todo el mundo y que sin perder de vista su responsabilidad social corporativa, lleva siglos pivotando con éxito entre varios sectores de  actividad como son la educación, la justicia social, el liderazgo, las misiones o la producción intelectual.

Un empréstito nacido del ímpetu de un entrepreneur tardío, autodidacta e inclasificable, ese Ignacio de Loyola tocado por la inteligencia, la altivez y el arrojo del visionario, portador de una firme creencia en un modelo de negocio exportable y global urdido – pura resiliencia lo llaman ahora – entre los humores de la convalecencia de las graves heridas sufridas en el sitio de Pamplona de 1521, proyecto que pudo perfeccionar, con el pasar del tiempo, adaptándose a los distintos ecosistemas en los que aterrizó (Manresa, Tierra Santa, Alcalá, París, Roma) hasta el lanzamiento final de su MVP, su producto mínimo viable, una plataforma religiosa que, haciendo de la innovación renacentista su principal divisa, irrumpió en un mercado regulado rompiendo el modelo de los operadores monopolistas (dominicos, carmelitas o franciscanos), para terminar convirtiéndose, años después, en el primer unicornio español de trayectoria deslumbrante.

Una Compañía con delegaciones en decenas de países del mundo y organizada alrededor de un board – la Congregación General-  que dirige, con carácter vitalicio, un Consejero Delegado llamado Prepósito General, aunque ni este carácter presidencialista ni el atributo de perpetuidad hayan sido un obstáculo real para que algunos de sus más egregios mandatarios – el luminoso Pedro Arrupe, por todos ellos -,  hayan ejercido esa jefatura con humildad ejemplarizante y la hayan dejado, sin alharaca ni resistencia, tiempo antes de la hora legal del vencimiento de su mandato. Una sociedad que cuenta con 14.439 empleados indefinidos (censo de sacerdotes, hermanos, escolares y novicios a 1 de enero de 2022) y que tiene, también, en la cúspide de su estructura de gobierno a un Presidente muy especial, residente en Roma, Plaza de San Pedro s/n, al que los Jesuitas – en un rito asimilable al de las formalísimas corporaciones japonesas- juran obediencia y fidelidad perpetua.

Los Jesuitas, una compañía crecida y moldeada en la adversidad del mercado, con un producto excelente y versátil y cuyos activos intangibles (propiedad intelectual, reputación, marca) constituyen una cuota sustantiva de su enorme valor de mercado. Una sociedad que inventó, siglos antes de acostumbrarnos al arrogante mohín que exhiben hoy tantos emprendedores digitales encantados de conocerse, un producto viable con el que los primeros Jesuitas se lanzaron a conquistar el mundo y que acompañaron, allá por el siglo XVI, con generosas dosis de storytelling corporativo, –ad maiorem Dei gloriam- que los llevó a interesarse, insinuarse y consolidarse como actores radicalmente influyentes en los centros de poder y decisión mundial. 

Una sociedad, en suma, con unos cuadros directivos maestros en la gestión de la influencia y la adaptación al medio (véanse como testimonio las trayectorias vitales de Francisco Javier, Agustín de Pantoja o Pedro Arrupe entre tantos), versados en el ejercicio del consejo al gobernante, la representación de intereses y las estrategias de Public Affairs, aunque muchas veces, esta innata cualidad de sus elites de frecuentar y conducirse con brillantez, determinación y propio criterio entre los círculos del poder terrenal haya terminado por convertirse en un incómodo atributo para la orden y en la causa principal, tal vez, de su onerosa preterición en distintas épocas, ordenamientos y principados.

Los Jesuitas, esa compañía precursora de la economía de las plataformas que sigue centrada, como pocas, en la experiencia del usuario, en la validación permanente desu modelo de negocio y en la proyección de sus valores y su cultura corporativa al servicio de un emprendimiento de impacto con vocación global, cuya vigencia y pulso prueba y testea regularmente a través del método catártico de los ejercicios ignacianos, que es algo así como el lean management pero centrado y conducido desde las honduras del alma.

Una corporación que es, sobre todo y desde su fundación, una verdadera sociedad, la Societas Iesu, la Compañía de Jesús.

Trasteando en el garaje de Loyola

Tal vez no sea muy mainstream, -acaso algo menos que una charla TED o un tutorial en Youtube– pero en esta época de pelotazos y de éxitos efímeros, de faramalla de business angels y apología de la cultura del fracaso, vale la pena detenerse en algunas consideraciones prácticas alrededor de la idea y la expresión del liderazgo de la Compañía; demorarse, acaso, en la historia y el cursus honorum de la orden jesuítica y en el de la legión de personas que, contagiadas del ímpetu, los valores y la audacia del vasco Iñigo de Loyola, hicieron grande y relevante a esa influyente orden religiosa multinacional, a esa primera startup de la Marca España que levantó la persiana en nuestro país a mediados del siglo XVI, con sus luces y sus sombras, que también las tiene.

El momento es oportuno: en 2022 se clausuraba Ignatius 500, el Año Ignaciano que los Jesuitas celebran para conmemorar el quinto centenario de una honda experiencia que transformó la vida de Íñigo en Pamplona para siempre, el recuerdo de un cambio personal que, a la vista del impacto de su legado, marcó un antes y un después en la historia espiritual de occidente. Se trata, en suma, de la efeméride de una historia de sobra conocida, de la rememoración de un episodio de transformación radical del mundano guerrero de Loyola en un ser de honda espiritualidad y tenaz determinación, capaz de dar luz a una de las instituciones humanas más importantes y longevas de nuestra historia, y que nos sitúa, de bruces, en la Pamplona de 1521.

Ese año, el ejército francés invade Navarra y el caballero Íñigo de Loyola corre a la defensa de la capital, con la intención de pelear por ella hasta la muerte si fuera necesario. El 20 de mayo, una bala -como las que siguen silbando en los confines de Europa- le destroza la pierna derecha, hiriéndole también la izquierda; trasladado a la casa-torre familiar, es intervenido quirúrgicamente varias veces y a punto está de morir, pero los médicos que lo atienden, con más oficio y fortuna que instrumentos o tecnología, consiguen salvarle la vida. Su larga convalecencia, -ríete del confinamiento de 2020- la dedica a la lectura de no pocos libros que encuentra en la biblioteca de la casa – vidas de santos y episodios de vida ejemplares para el canon del XVI-, haciendo bueno aquello que siglos después, Edmundo de Amicis nos recordó sobre que “el destino de muchos hombres dependió de tener o no una biblioteca en su hogar paterno”. 

El resto de la historia es bien conocido. No en vano, quien esto escribe, lejos de considerarse un rutilante Ignaciólogo, un capillita 2.0 o el penúltimo experto emergente en la Compañía, pudo aprenderlo en las muchas horas de vuelo que le condujeron, como como alumno jesuita, desde la EGB en el Colegio Inmaculada hasta la Universidad Pontificia de Comillas y el Colegio Mayor Loyola de Madrid, donde tal vez, más que a regodearnos en el autobombo, los oropeles y la épica de la hazaña del de Loyola y sus partners se nos enseñó, con una apuesta por la discreción, la libertad de discernimiento y el afán de perseguir la propia excelencia sobre la base teórica de que todo liderazgo empieza por saber dirigirse a sí mismo, una manera de auto conducirnos por la vida de la que yo, hoy, con casi 50 años, a punto de darle la vuelta al jamón, ni reniego ni escondo.

Creced (escalad) y multiplicaos

Como un contrapunto luminoso frente a la obsolescencia programada que nos rodea, volvamos a la senda del de Loyola y su startup ignaciana. El interés por explorarla más a fondo termina por llevarnos en un azaroso deambular desde las decenas de webs ignacianas publicadas en múltiples idiomas a los estantes de las librerías de viejo, esas en las que afloran algunos títulos que han servido de ayuda en este proceso de investigación algo ventajistasobre la cultura del emprendimiento ignaciano y su proyección hasta nuestros días. Cito, entre otras, la lectura de la autobiografía de Ignacio, “El relato del peregrino”, la obrita titulada “Heroic Leadership. Best Practices from a 450-year-old Company that changed the World”, de un Ex-Jesuita y exitoso ejecutivo de Wall Street llamado Chris Lowney, así como (varias) biografías del fundador, de Pedro Arrupe o las de Agustín de Pantoja, Ignacio Ellacuría o Jorge Bergoglio y hasta las del cineasta Luis García Berlanga, el ex-banquero Mario Conde o el exuberante político manchego José Bono, por citar algunos de los más conocidos, cercanos y heterodoxos antiguos alumnos de la compañía, cuyas semblanzas nos pueden ayudar a entender y explicar, a los ojos del liderazgo del siglo XXI, qué se enseña y se aprende entre los Jesuitas y cuánto de aquello termina por incorporarse a la propia vida y a la manera de entender y bregar con un mundo complejo o cuánto acaba en el tacho de la propia existancia.

El emprendimiento Jesuita. El motor inmóvil de una influyente empresa fundada y crecida hace casi cinco siglos sobre aquello que hoy las escuelas de negocios llaman los activos intangibles y el capital relacional y que entonces, en la Loyola del siglo XVI bien pudo llamarse tozuda visión, ardor guerrero o arrojo y audaz vocación de trascender lo cotidiano. La Societas Iesu, una corporación que desde lanzamiento al mercado, y en el tiempo que mide la existencia de una generación, sin capital social desembolsado, sin prestigiosos MBA’s en su Consejo y sin un plan estratégico o de negocio empíricamente probado, llegó a ser la orden religiosa más influyente del mundo, un actor poderoso en una sociedad en transformación, motor de muchos cambios y profundas transiciones que, también, con el pasar de los siglos y como tantas obras humanas conoció la imperfección, la tacha, el escarnio público y su preterición como enemigo público de un status quo poco dispuesto a cambiar.

Esta compañía que, mucho antes de que las multinacionales norteamericanas nos enseñaran el camino de la globalización y la conquista de nuevos mercados y culturas, formaba a sus primeros empleados en la vocación de servicio al cliente y la proyección global, exigiendo de ellos la máxima lealtad y obediencia (el tercer voto de los Jesuitas) al Papa y a la defensa de su poder y su obra en una Europa en la que las tesis defendidas por Ignacio de Loyola, un guerrero vasco que luego fue santo, empezaban a colisionar con el alumbramiento de los Estados-Nación y la consolidación del poder secular. Una orden nueva, disciplinada y cohesionada, formada por impetuosos miembros cargados de una energía admirable, de una confianza personal sin parangón y una determinación sin tasa para impulsar su idea, que hace quinientos años sentó las bases de la cosmovisión y el relato que hoy tantos emprendedores que nos rodean, abrazan como propio para enfrentar la próxima ronda de inversión, aunque a aquellos padres los movía la Divina Providencia y a éstos, tal vez, la esperanza de un break even probable en sus 6 primeros meses de existencia.  

Tal vez lo más sorprendente de aquella startup que pronto superó su valle de la muerte sea, acaso, descubrir cómo fue capaz de crear 30 universidades en el curso de diez años desde su fundación o cómo esa audacia Marca España que no se aprende en las escuelas de negocios, llevó a sus miembros a convertirse en consejeros áulicos del Emperador de la China Ming o del Shogun japonés, a atravesar el Himalaya y alcanzar el Tibet, remontar las cabeceras del Nilo Azul en canoa o trazar el curso del Alto Missisipi, mientras traducían los evangelios al chino, el tagalo o el urdu, lo que no está nada mal para contextualizar el ímpetu viajero y errante de esta joven orden eclesiástica de tempranos emprendedores y tozudos y letrados milicianos papales.

Last but not least, la intensa red de canalización del conocimiento que establecieron los Jesuitas en aquellos años mágicos de la extensión hacia los confines del orbe de su presencia e influencia procuró intercambios dinámicos y fructíferos entre europeos, americanos y asiáticos, en campos tan diversos como las matemáticas y la astronomía, la geografía (Luis XV de Francia recibió el primer Atlas integral de la China elaborado por sacerdotes de la orden a instancia del emperador chino), la historia natural, la antropología o el uso y aplicación de sustancias y medicinas como la quinina (la denominada “corteza de los Jesuitas”) para mitigar y aplacar los efectos de las fiebres.

Durante aquellos años, los Jesuitas lucharon a brazo partido con problemas como la organización de equipos multinacionales y la armonización de su trabajo y necesidades, bregaron con cuestiones tan esenciales a su propia existencia como la motivación ejemplar de esos equipos o el mantenimiento de una cultura de empresa en entornos globales pero preparados para la acción rápida, el cambio y la adaptación estratégica. Su nacimiento como organización coincide, tal y como hoy nos sucede, con la irrupción de numerosos cambios (tecnológicos y culturales) con la llegada de la imprenta, con la apertura de una discusión global sobre las cosmovisiones imperantes y hegemónicas (la reforma protestante, hoy, tal vez, el Metaverso) y con la era de los viajes de descubrimiento para la apertura de nuevos mercados y culturas. Ignacio de Loyola y sus colaboradores fundaron e hicieron crecer la Compañía en un mundo complejo que ya en 1540, y en apenas cincuenta años, había cambiado tanto como en los mil que les precedieron, lo que proyecta interesantes comparaciones con este momento de la humanidad, transido de novedades, agit-prop y sacudidas sistémicas sin parangón.

En fin, tras casi cinco siglos de existencia, y pese al imperio de las estrictas leyes darwinistas que rigen los designios de las grandes empresas y que, por citar un ejemplo, han permitido sólo a 16 de las grandes compañías norteamericanas existentes en 1900 sobrevivir en nuestros días, la Compañía de Jesús sigue viva e influyente entre nosotros, por causas y razones que conviene analizar y que proyectan una fiabilidad y resistente adaptabilidad al cambio digna de ser enseñada en cualquier programa de promoción del emprendimiento, a pesar de contar históricamente con enemigos íntimos tan relevantes y peligrosos como el Sr. Carvalho e Melo, Marqués de Pombal.

El Marqués de Pombal, el primer troll anti-Jesuita

Como Bill Gates, Steve Jobs, Walt Disney, Jeff Bezos o Elon Musk los Jesuitas, tuvieron – tienen- sus detractores.

Dejémoslo claro a limine: la longevidad de la Societas Iesu no equivale, en modo alguno, a la defensa de una perfección total o un cursus honorum sin tacha para la orden, y el coste reputacional de la existencia y la gestión contingente de episodios tan execrables como los casos de pederastia en su seno, tiene que ser descontado aún. Asumida esta premisa de la imperfección (tan propia de una institución humana regida y alentada por personas), el saldo y balance de la ejecutoria de la Compañía de Jesús es positivo, y sus logros en el campo de la educación son, sencillamente, excelentes.  

En todo caso, los tropiezos de los Jesuitas han sido tan espectaculares como su capacidad histórica para granjearse admiradores, antagonistas y enemigos, tal vez por esa arriesgada apuesta de Ignacio de Loyola que animó, desde bien temprano a sus discípulos a “procurar conservar la amistad y benevolencia de los que gobiernan y ganar a las personas de autoridad con humildad, modestia y buenos oficios”. Si de carácter pionero hablamos, el patrón de disrupción que generó esta startup ignaciana fue tal, que tuvo el mérito de ser la destinataria de la primera campaña global de propaganda moderna con subsidio estatal, cocinada en el siglo XVIII en la corte portuguesa de José I de Portugal y liderada por Sebastiao José de Carvalho e Melo, el todopoderoso Marqués de Pombal.

Pombal,la primera némesis de los Jesuitas, logró provocar desde su despacho de flamante Secretario de Estado del Rey José I de Portugal, una onda de rechazo global hacia los Jesuitas que llegó a buena parte de las cancillerías europeas de la época, fundada en razones de pura restricción de la competencia y de mantenimiento de un monopolio y sus derivas proteccionistas, con un hondo impacto en la cuenta de resultados de la orden jesuítica.

La sistemática y pertinaz labor de Pombal contra la Compañía de Jesús, basada en una estrategia difamatoria en red (precursora de otras que se verifican en esta era de nodos digitales), y fundada en la extensión de rumores, de fake news, teorías nefandas y complots y conspiraciones fue un éxito diplomático, armado, en esencia, contra una orden religiosa tan independiente como poderosa y que entorpecía los planes coloniales del gobierno portugués y laminaba la expectativa del Marqués de obtener pingües beneficios procedentes de ese Brasil y Paraguay de las reducciones gobernadas con audacia y creciente independencia por los misioneros de la Compañía, un episodio brillantemente documentado por la historiadora Christine Vogel en su interesante volumen “Guerra a los Jesuitas” (2017) y al que universalmente terminamos poniéndole la cara embarrada de Robert de Niro y Jeremy Irons, con música inolvidable de Ennio Morricone.

La estrategia pombalina, que ha inspirado, siglos después, la acción concertada de los trolls en nuestras redes sociales, culminó con esa primera expulsión de la orden de Portugal y sus territorios ultramarinos y con la verificación de un efecto contagio en Europa, que se materializó, con el pasar de los siglos, en forma de sucesivas expulsiones, expropiaciones y cancelaciones de la hoja registral de la Compañía en la Inglaterra Isabelina, en la Francia de Luis XIV, en la España de la Ilustración, o en la Alemania de Bismarck, hasta llegar a los peligrosos y cruentos sucedidos jesuíticos en El Salvador de los años 80 del pasado siglo.

Este fino trabajo de Pombal de erosión del capital reputacional de la Sociedad de Jesús culminó con la preterición de la orden con la publicación en 1773, de la bula papal que suprimía la orden religiosa en todo el mundo (45 años tardó en reaparecer) y que llevó, entonces, a aquel molesto pero coherente John Adams, segundo Presidente de los Estados Unidos, a decirle a Thomas Jefferson, ante el aluvión de demandas de refugio de Jesuitas en su país, que “si hay congregación alguna de hombres que merezca la perdición aquí en la tierra o en los infiernos es la Compañía de Loyola, pero nuestro régimen de libertad religiosa tiene que darles asilo”, poniendo de manifiesto, ya en época de los Founding Fathers, cómo muchas de las enormes contradicciones de ese gran país terminan decantándose en favor de un compromiso extenso con la defensa de la libertad, inventado varios siglos antes de que Isabel Ayuso, Donald Trump o Ada Colau tratasen de interpretarlo o monopolizarlo a su manera.

Para terminar, alguien pensará que, visto lo visto, hoy es más sencillo, más healthy y está mejor considerado ser emprendedor, desde el móvil, el sofá de casa o desde el a ratos vergonzante anonimato de un co-working, que en la época del sitio de Pamplona, tengas éxito o te acuestes sin él. En todo caso, la Societas Iesu, una corporación sujeta en un ciclo invariable de vaivenes y sacudidas sistémicas, a los arbitrios y las injerencias de la intervención pública y gubernamental, laminada por las más severas cuestiones regulatorias y que ha sido llevada a la quiebra técnica y la disolución muchas veces a lo largo de su historia, ha terminado renaciendo y reencontrando su nicho de mercado, sin que sus acciones, su relato o su capital social y relacional hayan perdido atractivo para los inversores y stakeholders en este inquietante siglo XXI.

No están en la Exposición de Motivos de nuestra flamante Ley de Startups, ni constan, acaso, en el catálogo de los conmovedores mensajes de esa agencia gubernamental de la “España, Nación Emprendedora”, pero las lecciones que nos regala nuestro primer emprendimiento global nacido en la Loyola del siglo XVI, el impacto social universal de aquella idea de casi 500 años de vida en cuestiones como el compromiso universal por la excelencia, la igualdad de oportunidades, la lógica del servicio frente a la lógica del mérito, la vocación de servicio público y la corresponsabilidad con la sociedad en la que el líder Jesuita trabaja y se desempeña, podrían constar, por derecho, en el syllabus de cualquier programa de fomento y acompañamiento del emprendimiento financiado con dinero público o privado.