Trump se ha llevado a Maduro como a un caganer del belén, por los aires y con los pantalones en los tobillos, entre luces, tortas y estribillos navideños. Aunque suenen los cascabeles y los venezolanos hayan sacado el champán o el champín, esto no ha sido por el narcotráfico ni por la democracia ni por Venezuela, sino por el petróleo y el mapa de influencias y lantánidos del mundo que está montando Trump en el Despacho Oval como un puzle de 16 piezas. Que los tiranos caigan a manos de los piratas es una noticia buena y mala, o sea que seguramente es mala. El derecho internacional sólo existe para los pobretones y los débiles, volvemos a la política internacional de la fuerza y el cinismo, y nos barruntamos que a Trump le conviene más un chavismo a sus órdenes (Delcy) que una democracia conducida y reconstruida por exiliados dolientes (María Corina). Aquí decían que con la caída de Maduro llegaría la de Zapatero y seguidamente la de Sánchez, pero uno piensa que la Venezuela de Maduro y Zapatero puede seguir siendo perfectamente la Venezuela de Trump y Zapatero. La contradicción de Sánchez no será entonces defender la soberanía de Venezuela y el bigote de Maduro, como le piden sus socios, sino seguir defendiendo la Venezuela de Trump si acaso el negocio sigue fluyendo.
Sánchez no es bolivariano de ideología ni de plumaje, como sus socios, esos demócratas con guillotina, esos pacifistas con pistolera, esa Yolanda Díaz lánguida y antibelicista, con margaritas en el pelo y en los dedos de los pies, que a pesar de todo tenía en Chávez a un libertador y en Venezuela una utopía con moscas tropicales. Si Sánchez es bolivariano, como es un poco chino también si hace falta, es sobre todo por Zapatero. Lo primero que pensé al saber que Delcy iba a ser el títere de Trump, o sea que Trump iba a gobernar Venezuela a través del propio chavismo, de sus estructuras, sus jerarquías y su bota malaya, fue que Zapatero tenía que estar allí casi obligatoriamente. Trump necesitará mediadores, apaciguadores, correpasillos, o sea que enseguida aparecerá Zapatero, bajándose de su columpio fijado en el infinito, como Heidi, diciendo lo de siempre, que él está dispuesto a dialogar por la paz y por la democracia, incluso ante Trump, mientras negocia en realidad por su negocio. No es que Zapatero importe tanto, es que su supervivencia, paralela a la de Sánchez, puede servir para enfriar esa fiesta que ya se están montando algunos.
Los tiranos crueles caen a manos de los piratas sin escrúpulos, y a mí lo que me sorprende es que aquí sigamos apelando a cosas que ya no existen en política, como la legalidad internacional, la ideología o la moral
Pronto han salido los venezolanos a la calle, a hacer la conga de la libertad; pronto ha salido esa izquierda de mecheritos y guerrillas, simbólicos o no tanto, a defender el derecho internacional y la soberanía de los países (los mismos que decían que había que rendirse ante Putin para evitar muertes y sufrimiento ahora no entienden que se rindan a Trump en un día, como ante los extraterrestres); y pronto estamos empujando al personal a elegir entre el pirata y el tirano, como entre dos figuritas de mazapán o de acción (aquí lo primero es la polarización). Pero la verdad es que, viendo a Delcy y a Trump heredar respectivamente el karaoke y el petróleo de Maduro, uno piensa que a lo mejor no cambia tanto la cosa. Quiero decir que ni las matanzas ni las voladuras son buenas para los negocios, y que cuando cambia el dueño de una casa no hace falta tirar el edificio, lo único que pasa es que los siervos tiene nuevo amo y, una vez asumido eso, las cocinas y las trascocinas, y las cocheras y las aparcerías siguen funcionando igual. Hasta Zapatero y Sánchez pueden seguir funcionando igual.
Los Seals, con nombre cómico pero poderes de fantasmas, vuelven a ser los sheriffs del mundo o quizá sólo los matones con olor a pescadería. El imperialismo americano vuelve a cambiar a unos dictadores por otros dictadores y a unos hijos de puta por “sus hijos de puta” (la izquierda, melancólica y bizca, sólo verá la mitad de esta frase porque sus dictadores e hijos de puta sólo son libertadores y líderes del pueblo enjaezados de correajes y pistolas). A uno esto le parece evidente, aunque, es cierto, incluso Kissinger, que podríamos meter en muchas categorías humanas y políticas diferentes, invocaba una guía moral en las intervenciones de Estados Unidos, mientras que Trump ya hace sus incursiones sólo con el saco y la romana. También es cierto que el derecho internacional, el multilateralismo con pinganillo y el buenismo molón de Europa no supieron dar una respuesta al robo de las elecciones por parte de Maduro, ni al expansionismo de Putin, ni a los chantajes de Trump, ni a nada en realidad, cosa que facilita mucho que los piratas y los tiranos se crezcan y que todo quede en una lucha privada entre ellos.
Trump se ha llevado a Maduro con el pijama y el antifaz ya puestos, va simplificando la justicia como todos los que pueden tomarse la justicia por su mano, claro. Incluso ha ridiculizado a la oposición venezolana, a María Corina, esa dama con la mano en el pecho que no sólo le quitó el Nobel que Trump quiere como un trofeo de dardos, sino que es una liberal real que le deja a él como un pirata iliberal (nunca se conoció a un pirata liberal). Los tiranos crueles caen a manos de los piratas sin escrúpulos, y a mí lo que me sorprende es que aquí sigamos apelando a cosas que ya no existen en política, como la legalidad internacional, la ideología o la moral. Feijóo ha dicho que “el futuro de Venezuela no puede dirigirlo la mano derecha de Maduro”, y tendría razón en otro mundo, pero no en éste (a lo mejor Feijóo sigue en otro mundo).
La verdad es que no sólo es posible una Venezuela con Trump y Delcy sino una Venezuela con Trump y Zapatero, que es por donde yo he empezado, viendo ya a Zapatero como un camaleón tornasolado acercándose a Trump. Sí, son posibles igual que ha sido posible una España con Sánchez. Y así será mientras sigan mandando los piratas, que mandan, simplemente, porque no tenemos suficientes armas democráticas ni suficiente voluntad democrática contra ellos. El mundo de Trump es el mundo de Sánchez, el de la fuerza bruta y los hechos consumados, por eso yo no veo tan sencillo ni tan inmediato el alineamiento ni el fiestón.
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