Pasar de Santos Cerdán, con andares de rana y bragueta de portezuela, a Julio Iglesias, macho ibérico del Caribe aceitunado, español de nardo plateado, barroco y engloriado como una cazoleta de espada o una custodia toledana, quizá era necesario. Nos habíamos quedado con un baboso español que parecía nibelungo y además era socialista, que no cuadra en el relato, y lo que necesitábamos era un baboso español que fuera español o mejor españolazo. Muerto el Fary, que se nos fue con bañador de tigre de salto del tigre, yo creo que sólo podía ser Julio Iglesias o Bertín Osborne, el cowboy de Jerez, el que desbragaba con las pestañas igual que con un lazo. Lo de Adolfo Suárez fue un buen intento, que era como encontrarle el lado oscuro al cura de la Transición (la Transición es muy curil, y hasta suena a nuestro Trento con generales y santones dándoles la vuelta al dogma y a las levitas). Pero no cuajó aquello, no. Como lo de Plácido Domingo, que siempre ha sido como nuestro folclórico mozartiano, nuestro rancio empelucado, nuestra derecha de palquito en la ópera y en el Bernabéu. O sea que estábamos ahí, con Santos Cerdán, el feo con la mano larga y blanda del feo, y con Errejón, el aliade con boquita y pichilla como de espiritrompa, y con los puteros del PSOE, y eso no parecía ni España. Ahora, con Julio Iglesias, ya es otra cosa.
La España del blanco y negro, del rejón de muerte, de la ingle velluda, del cojón heráldico y del canalla con chorreras y nudos en el nardo como un naipe de don Heraclio Fournier ya vuelve a ser la que era gracias a Julio Iglesias. Esto de los socialistas fondones y calientes como el señor Barragán, esa izquierda como del metisaca (uno a Errejón se lo imagina, no sé por qué, follando como un mosquito), no parecía nuestro. Pero ya tenemos a Julio Iglesias, del que no podremos decir nunca que nos tenía engañados con lo del señor, el truhan, las mujeres, el vino y hasta los tirantes. Las mujeres de Julio Iglesias eran como mujeres de sultán, los hijos de Julio Iglesias eran como hijos de Zeus (un Zeus disfrazado de galán de sala de fiestas o de hombre del bombón helado), y el bronceado de Julio Iglesias era el bronceado no del sol sino del dinero, o de ambas cosas, como esos tesoros de los piratas. Y, claro, la derecha de Julio Iglesias también era una especie de insolación de derecha, una derecha que llevaba desde Franco hasta ahora tomando el sol, como Alfredo Landa con pechamen de vellocino español en la playa. Una derecha babosa y confitera, con el señorito metiéndole mano a la criada con cofia como a una milhoja. Y esto quizá era necesario, que ya nos creíamos que sólo la izquierda le daba a la seducción o al chantaje del poder, a la fusta, a la morenaza y a la zambomba o cabalgada piscinera o de zaguán.
Julio Iglesias será culpable o no, pero para entonces, como siempre, el juicio ya no será sobre él sino sobre los españoles de uno y otro lado
Julio Iglesias será culpable o inocente, que eso ya se verá, pero yo creo que hacía falta restablecer el equilibrio. Me refiero a la superioridad histórica y folclórica de la derecha en esto del machirulo abusador, o sea la superioridad moral de la izquierda, que si mete mano, levanta faldas o arrima cebolleta (como cuando aplica el plomo o la picana) siempre es, en última instancia, por el bien del pueblo. A mí me ha dejado muy admirado o mareado no sólo que la exclusiva preceda a la denuncia, sino que eldiario.es le haya dedicado a lo de Julio Iglesias tres años, más del triple de lo que dedicó el Boston Globe a investigar el encubrimiento de los abusos sexuales en la Iglesia. O sea que a Julio Iglesias lo ve ya uno nada menos que superando a la Iglesia Católica en cuanto a enemigo icónico, mefistofélico, huidizo y poderosísimo. O sólo ha sido un largo rodeo para llegar de nuevo a Ayuso, que entra a todas, o sea que se lanza al ruedo para que le hagan el relicario del cuplé. Esta vez, la presidenta ha mezclado el honor de Julio Iglesias con el de España y con el horror de Irán, cosa que seguramente hace que para algunos merezcan la pena tres años de investigación y hasta muchos años más de silencios.
De momento, Julio Iglesias empata con Cerdán, no en lo penal sino en lo político. La verdad es que todos apuntan, incluso con la pichilla, hacia el otro lado. El partido que paró las denuncias contra Santos Cerdán, o el que calló sabiendo cómo Errejón o Monedero ponían sus ojos, su lengua y sus manitas de mosca sobre las mujeres, ahora quieren que a Julio Iglesias le quiten medallitas, honores y hasta hijos reales o apócrifos (a lo mejor la mitad de España está compuesta por hijos de Julio Iglesias y eso ya es una desventaja que tiene la democracia, o sea la izquierda, como con los jueces hijos de jueces). A la víctima, como al corrupto, sólo se la cree si conviene, pero esto no es nuevo. Como no es nuevo que a los españoles se les pida que se posicionen, que absuelvan o que condenen con el primer tuit o el primer meme, o con la mucho más inmediata y placentera guillotina ideológica.
Julio Iglesias, viejo verde de un joven verde, icono de la insoportable España melódica, con cretona de lalalá; Julio Iglesias, nabo de giraldillo, truhan derechón, caliente como un racimo de uvas al sol, será culpable o no, pero para entonces, como siempre, el juicio ya no será sobre él sino sobre los españoles de uno y otro lado. Cuentan con que ya nos habremos olvidado de los otros babosos, encubridores, señoritos y truhanes, los que importan de verdad.
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