A mí me parece muy bien que se prohíban las redes sociales a los menores de 16 años, y también a los ministros, que son como niños de carnaval, esos adultos con colorete pero con toda la lascivia, la borrachera y la mala idea por dentro. Sánchez ha hecho el anuncio en Dubái, que a lo mejor es lo más lejos que hay de Huelva, y en inglés, que a lo mejor es lo más lejos que hay de dar explicaciones. Sánchez también se escapa a Dubái, como el Emérito, con cielo de pirámides de dinero y de palmeras injertadas, con séquito de chanclas y con un lavado de los pecados y las culpas por parte de odaliscas serpenteantes o jeques también serpenteantes. Menos mal que Sánchez tiene la agenda internacional, una agenda como de supermodelo que lo lleva a sitios absurdos a hablar de cosas absurdas en un inglés absurdo. O a no hablar de nada, sólo a posar neumáticamente mientras se alegra por estar muy lejos de su pueblo, como una supermodelo de Zaragoza. Lo de Dubái, con un público como de casino, se supone que era la Cumbre Mundial de los Gobiernos, que suena a excusa para irse al casino, como una convención de ventas. En el caso de Sánchez, además es una burla, que ya sabemos que hace tiempo que él no gobierna, sólo aguanta la respiración.
Lo de las redes sociales y los menores no es una idea nueva, Sánchez lo ha copiado de Francia, de Australia y hasta de Feijóo, que tiene más pinta de padre de la ampa amoscado que Sánchez. Lo que choca es hacer el anuncio en Dubái, como si anunciara un oleoducto, y hacerlo en inglés, como si anunciara una sombra de ojos y la anunciara, claro, la supermodelo zaragozana. La verdad es que en Dubái todo parece más lujoso, el agua está como hilada en plata, el cielo es como una acumulación de almohadones y sedas, los edificios son todos como vitrinas de anillos y coronas, la gente está siempre como comprándose la escalinata que pisa en ese momento, y hasta nuestro Emérito luce canillas de marfil en limusinas de marfil. Lo de las redes sociales y los menores es una medida que le sale a Sánchez barata o gratis, no como una amiguita de Ábalos, o como un voto de Puigdemont, o como un país que no se caiga al paso de los trenes o de los ministros, hechos para la chistorra, la sauna o el TikTok. O sea que es una medida que no luce mucho, salvo que la anuncies en Dubái, que enseguida parece que has pasado a Elon Musk en un Lambo batmaniano.
Sánchez no tiene más remedio que estar inventándose cosas, más baratas, más caras o más escandalosas, para que no se hable de que el país entero se cae
El dinero que no tenemos, los lujos que nos inventamos y las pobrezas con que nos engañan quizá necesiten la apariencia de Dubái, ciudad suspendida de las nubes, oasis arborescente desde una arena de oro molido, donde no ya los ascensores ni los retretes sino hasta los pájaros parecen orfebrería de encargo, igual que los atardeceres. Además, también viste mucho hacerlo ante ese público ensabanado como la cama de una reina, con el yate aparcado en el turbante y bigotes de pasamanería de petróleo. Allí, Sánchez parece menos pobre, menos miserable o menos pródigo. Sí, porque quizá no somos tan pobres, lo que pasa es que todo se nos va en palmeros de Sánchez como de Manolo Escobar, en acreedores de Sánchez como de Lola Flores, en mordidas de Carpanta y en señoritas de Esteso (que en la gloria de los bingueros esté).
Como Sánchez no gobierna, sino que se ha alquilado la presidencia como un ático con forma de piel de toro extendida, no tenemos para cambiar las vías, ni para que nuestra alta velocidad tenga velocidad alta y no la de un burrito de villancico. Ni para arreglar nuestras muchas carreteras como volcánicas, o mantener estable nuestro sistema energético. Ni para dotar de medios mejores o al menos decentes a la Justicia, o en general a todos nuestros servicios con cañería por fuera, cable pelado y desconchón heráldico y cervantino recibiendo al ciudadano como un paje cochambroso. Hasta Barbacid tiene que mendigar para curar el cáncer, como un leproso de La vida de Brian. Pero podemos anunciar cosas gratis en Dubái, que enseguida parece que hemos anunciado un puente colgante hasta la luna de cristalería de allí.
El inglés, luego, parece más obligatorio que ornamental, que sigue siendo el idioma imperial del dinero y Sánchez estaba allí como ante el trono Ming de la riqueza. Pero el inglés es, además, despistador, engañoso, mareante, narcótico para los débiles de mollera, como el italiano de los italianos. A veces te tienen que vender la hamburguesa de plástico, el coche de plástico, el maquillaje de plástico, el negocio de plástico o el currículum de plástico (los de LinkedIn) con mucho inglés, o si no es que no hay manera de colocarlo. De ahí lo de Begoña Gómez, el inglés de Begoña Gómez, el negocio de Begoña Gómez o la estafa de Begoña Gómez, que uno tenía que sospechar de la estafa sólo por el inglés de estafador que usaba, como un jeque de Esteso (no sé si llegó a hacer de jeque, pero le pega como a Ozores). Begoña Gómez, con su inglés de Raquel Revuelta, sí que es la modelo zaragozana, pero una que se quedó en Zaragoza.
Todo en Dubái, en fin, parece que tiene medallas y sedas por encima, como un primer plano de Sara Montiel, y todo en inglés parece que tiene importancia, como una misión lunar o como un atraco en Las Vegas. Pero en realidad a mí me parece que todo esto ha sido casualidad, que Sánchez se hubiera inventado algo aquí igual, lo que pasa es que le ha cogido en Dubái y eso le ha permitido convertir más fácilmente lo barato en joyón y los sueños en forja. Sánchez no tiene más remedio que estar inventándose cosas, más baratas, más caras o más escandalosas, para que no se hable de que el país entero se cae como un aplique, de que lo que no es propaganda o corrupción no da ni para repellados, de que nuestros servicios son ya de país subdesarrollado y hasta nuestro inglés es de burrotaxi o bicitaxi. A Sánchez le ha cogido en Dubái pero le podría haber cogido en Zaragoza, como a la supermodelo, y tampoco hubiera variado mucho la cosa, apenas cambiar un fondo de palacio acebollado por un fondo de colegiata, de miseria o de lazareto.
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