Nuestra red ferroviaria es tan extensa que su longitud equivale casi a ir del Polo Norte al Polo Sur. Nos lo ha descubierto en el Congreso el presidente Sánchez, con gorro de explorador y piel de pollo, cociéndose ya en la marmita de la tribuna o de las elecciones. Se diría que al pobre usuario de Renfe, en ese larguísimo viaje, es normal que se lo coma un oso vikingo de Toledo, o un meloso leopardo de Sierra Morena, o que se lo lleve una foca zaragozana en un bocado o beso mortal de tía abuela, o que se despeñe por aquellos abismos de Tarzán de Despeñaperros, o que pille el dengue en el retretito del Ave, que es como una centrifugadora de braguetas, o que naufrague en Atocha, que es como una escollera de opositores y plumillas. Sánchez parece confirmarnos que el tren en España es una aventura extrema, que requiere vacunas, machete y rosario. Claro que eso sólo pasa ahora, con él. Hace poco, también iba de un polo al otro, pasando por los Madriles con sus vías mezcladas con tendederos (el tren aún parece pasar por todas las pensiones de Madrid, con espíritu de tranvía o de ditero). Pero la gente no solía terminar en arenas movedizas, en hospitales de campaña o en cementerios de elefantes. Ahora podemos decir que nuestros trenes están parados en algún punto entre los polos y Valdemoro, como toda España, y Sánchez aún se felicita y nos extiende mapas como manteles.
Diría uno que aún había luto en el Congreso al empezar la sesión, que el Hemiciclo tenía algo de arpa con tela negra por encima. Luego, claro, la tela se voló con la politiquería y con el otro luto que lo tapa o lo quita todo, que es el luto íntimo que lleva ya Sánchez por él mismo. Por un luto o por otro, Sánchez no dio más explicaciones nuevas sobre el accidente de Adamuz que sus ojeras y las de Óscar Puente, que ya sabemos que empezó a dormir poco y mal cuando vio que tenía un ministerio, no un Instagram dedicado al zasca como esos que hay dedicados a las magdalenas de colores. “Nada aliviará el dolor de las víctimas”, se rendía Sánchez al luto, que a veces tiene algo de obscena lascivia. Pero conocer las causas y que paguen los responsables sin duda los aliviaría, lo sabemos porque lo han dicho ellos mismos, hartos de que los políticos usen la cabezada para escapar (desde la tribuna de invitados, como desde la barandillita del Cielo, no ya las familias sino las almas de las víctimas parecían juzgar a Sánchez). No dio Sánchez más datos ni explicaciones, sino otra vez el pésame que excusa la pereza o la negligencia con la inevitabilidad. Bueno, sí, dio ese dato de los polos, con el que su responsabilidad parecía perderse aún más, como un marino que se pierde, como un rompehielos que se pierde, como ese tren de la selva que se pierde en la selva, cargado ya quizá de muertos como de marfil.
Sánchez es ya indefendible. Nos puede sacar mapas con soldaditos o con constelaciones, nos puede sumar todos los meridianos de la Tierra y hacer que pasen por Atocha o por la Puerta del Sol como toreros o carteristas, pero si el ferrocarril español está ahora parado, o yendo a velocidad de carretón, no es porque haya ocurrido una “tragedia” sino porque saben muy bien que si no lo paran ocurrirá otra. Lo saben porque se lo advirtieron maquinistas, ingenieros, organizaciones y usuarios (Feijóo sacó una buena recopilación, que parecía un libro negro de profecías negras). En los trenes sanchistas nos hemos montado todos con manta, pilas y padrenuestro, porque sabíamos que podíamos terminar en la selva o en un lago helado. Todavía no había ocurrido la “tragedia”, pero se barruntaba porque nada era normal, ni los meneos, ni la lentitud, ni los parones, ni los horarios, ni un tren muerto como un burro en mitad del campo.
No dio Sánchez más datos ni explicaciones, sino otra vez el pésame que excusa la pereza o la negligencia con la inevitabilidad
Un carril roto es un carril roto, no puede haber protocolo ni mantenimiento que deje carriles rotos por ahí, como botellas rotas. Ni que nos traiga de repente, de un día para otro, una red de ferrocarril como alfonsina, donde nos tenemos que montar con chistera, polisón y cesta de pícnic, si tenemos la suerte de montarnos, para luego llegar a Aranjuez, si llegamos, como si de verdad hubiéramos llegado al Polo Norte, a Mombasa o a la luna de Méliès. O los protocolos no se han seguido, o tenemos unos protocolos que no sirven, que en todo caso desembocan en unos gobernantes igual de inútiles y culpables. Pero Sánchez seguía hablando de la renovación “integral” y de sus millonarias inversiones, esos millones que a él le gusta soltar, como palomas ceremoniales, y que luego no sabemos adónde van después de la suelta. O sí lo sabemos. O nos lo pueden contar Cerdán, Ábalos, Koldo, Pardo de Vera y todo el parnasillo sanchista de la mordida en la chistorra, en el muslamen y en lo público.
Pero nada de esto tiene importancia, ni la ingeniería ni la corrupción ni el sentido común, ni los avisos de los maquinistas ni los del Más Allá. Del Polo Norte al Polo Sur, Sánchez describía un semicírculo geográfico que era el círculo máximo de la desfachatez. Era como si hubiera sacado de ventilador una rosa de los vientos, soplando contra las evidencias de la vida y de la muerte. Voladas todas las telas del luto, de la moral y de la política, por el Congreso no sólo pasó la gestión modélica del Gobierno sino que pasaron el “imperialismo fósil”, Palestina, Mazón y hasta el Prestige como un buque fantasma o felliniano. Los socios de Sánchez le echaban una mano hacia la marmita, algunos más que otros, porque Miriam Nogueras había salido para comérselo, con hueso en el moño. El pobre Patxi López pasó un poco de la ingeniería y de la expedición de sociedad geográfica y se fue al budismo con gafitas de alambre para citar el amor, al menos el amor culeante de Bad Bunny. No es que borraran el accidente en esta sesión del Congreso, es que ya lo habían borrado desde el primer minuto.
Sánchez, aquí, en Dubái o en el Polo, es ya indefendible. Y es que sigue intentando que neguemos lo que han visto nuestros propios ojos, ojos ya con carbonilla de tren como aquellos viajantes, con lágrima de tren como aquellas novias, con miedo de tren como aquella noche. En el fondo hemos tenido suerte con este Gobierno, porque, con las extensiones que maneja Sánchez, todos, pasajeros de los trenes y ciudadanos en general, damnificados del sanchismo en cualquier caso, podríamos haber acabado en el frío del Polo o del espacio, o en el estómago de una ballena, o empalados por los Mau Mau. El propio presidente, en su aventura, ha acabado cociéndose pobremente en una cazuela, como un puchero sólo de trapitos y huesos.
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