Poco antes de las 10.30 del viernes nos llega la noticia de que el Consejo de Ministros, que tenía que haber comenzado a las 9.30, aún no lo ha hecho porque los cinco ministros de Sumar se han negado a entrar si no se aprueban las medidas sobre vivienda que ellos proponen incluir en el decreto para paliar la subida de precios de la energía como consecuencia de la guerra en Oriente Medio, y que estaba previsto anunciara el presidente del Gobierno al concluir el cónclave.
Nervios. Nuestro redactor político encargado de la información del Gobierno (Juanma Romero) está en Moncloa. Nadie sabe lo que está pasando. A las 11.40, Juanma me remite un whatsApp: "ENTRAN. Empieza el Consejo de Ministros". Un minuto después: "Bueno, eso decía el PSOE... Espera". Dos minutos después Juanma transmite de nuevo: "Parece que los ministros de Sumar no han entrado... Ahora sí... qué puto lío".
Esto les da una idea de lo que es trabajar con este Gobierno. De la inseguridad que transmite y el estrés que genera. Hasta los que tienen buenas fuentes, como Juanma, hay momentos en que no saben qué es lo que se está cociendo en un Gobierno del que nunca, como hasta este último viernes, se había visualizado de forma tan brutal la división interna que lo caracteriza.
Dos horas después de lo previsto empezó la reunión. En el ínterin, Yolanda Díaz, jefa de la oposición en el Gobierno, y Pedro Sánchez, el primer ministro desairado, negociaron una salida. A la negociación se unieron después Ernest Urtasun y María Jesús Montero. ¿Se imaginan? Sánchez y Montero se empeñaban en convencer a los rebeldes de que un decreto con medidas sobre vivienda sería rechazado en el Congreso con los votos en contra de PP, Vox y Junts (y probablemente del PNV); pero Díaz y Urtasun insistían en que, o se incluían medidas sobre congelación de alquileres, o no entraban. Finalmente, les convencieron para deponer su actitud (los ministros del PSOE esperaban pacientemente en una sala, y en otra los otros tres de Sumar). Ya dentro, se encontró la salomónica solución: un decreto con medidas anticrisis y rebaja del IVA; otro con la congelación de alquileres. Uno se aprobará, seguramente; el otro, seguramente, no. Pero así, Pedro Sánchez y Yolanda Díaz salvaban la cara.
Después, en la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros, Sánchez tuvo la desfachatez de decir que le sorprendía la atención de los periodistas a lo que él llamó "salseo". Como si los que hubieran hecho el ridículo hubiesen sido los periodistas y no los miembros del Gobierno. No contento con eso, Sánchez trató de darle a la bronca una trascendencia positivista: "Bienvenidos a la política del siglo XXI".
Al presidente habría que proponerle para los próximos Goya por su actuación. El enfado que debía de tener con Yolanda Díaz, a la que en privado desprecia, por haberle arruinado el protagonismo de presentar unas medidas sanadoras contra la crisis, sería de órdago, pero lo disimuló con maestría intentando convencer a la audiencia de que lo moderno es plantar al presidente y a la mayoría de los ministros porque un grupo de contestatarios quiere que se "visualice" lo buenos que son.
¿Se imaginan a una empresa funcionando de esa forma? Si lo hiciera, iría a la quiebra, que es el riesgo que tenemos con este Gobierno.
A las cosas hay que darle la importancia que tienen, y lo que ocurrió el viernes la tiene, no sólo porque demuestra la disfuncionalidad del Gobierno de coalición (coalición no quiere decir indisciplina), sino porque nos hace atisbar lo que nos espera de aquí a la convocatoria de las próximas elecciones generales. Los cinco miembros de Sumar que hay en el Gobierno representan a partidos que en los comicios del pasado domingo en Castilla y León no obtuvieron ni un diputado. Ese fue su apoyo popular. De celebrarse elecciones generales ahora, es dudoso que lograsen superar la barrera del 5%.
Lo digno para Sumar hubiera sido salir del Gobierno. Pero eso, ni se discute
La desesperación ante una realidad tan cruda les hace ser reivindicativos e imprevisibles. Juan Fernández Miranda contaba esta semana en El Confidencial que algunos dirigentes de Sumar proponían la salida del Gobierno ya para que Sánchez no les llevara a la irrelevancia. Las elecciones de Castilla y León eran la prueba de que el PSOE se ha quedado con sus cada vez más escasos votos. Pero esos dirigentes que alertaban sobre el abismo al que está abocado el partido se olvidaban de dos cosas. Primero, que la culpa de su triste sino no sólo la tiene el PSOE, sino los líderes de su partido; y, en segundo lugar, que los que ahora ocupan cargos de ministros no están dispuestos a soltar sus asientos ni locos. Lo dijo con claridad Mónica García cuando le preguntaron por esa posible marcha del Gobierno: "Eso no está planteado".
La extrema izquierda que hoy lampa por estos lares no tiene proyecto. Exceptuando a IU, que al menos tiene algo de dignidad, el resto sólo aspira a tener un hueco al calor del PSOE. Sólo tienen que ver para comprobar su estado de ánimo la cantidad de candidatos que se han tirado al ruedo para sustituir a la insustituible Yolanda.
Hasta en eso son un partido huérfano. Que estén esperando a que Gabriel Rufián les saque del pozo es la muestra de su desorientación. ¡Quieren agarrarse a lo que sea!
Sí, lo del viernes ha sido importante. Porque muestra la degradación de una parte de nuestra clase política, y porque evidencia que algunos, a los que "la gente" no se les cae de la boca sólo piensan en ellos, en vivir bien y en simular ideales que no tienen.
Ya se atisba desde el Malecón habanero la llegada de la flotilla en la que se integra con renovado orgullo Pablo Iglesias. Él, que defendió y defiende el régimen castrista, que ha llevado a Cuba a la miseria y a los opositores a la cárcel, ahora les lleva alimentos y medicinas a los cubanos como si ese gesto les fuera a salvar de la desesperación. Iglesias se hará la foto y luego se volverá a Galapagar a disfrutar de su chalé mientras se recrea en lo revolucionario que sigue siendo pese a que su nivel de vida es ya el de un buen burgués de clase media.
¡Bienvenidos a la política del siglo XXI!
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