Opinión

México y España: el real perdón

Claudia Sheinbaum, presidenta de México, en rueda de prensa en la capital
Claudia Sheinbaum, presidenta de México, en rueda de prensa en la capital | Efe

Me ha sorprendido que el jefe del Estado del Reino de España haya sido atacado por distintos frentes, después de pretender satisfacer la demanda de petición de disculpas por la conquista requerida en su momento por el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Mi extrañeza se debe a que, en mi opinión, Felipe VI es quien menos responsabilidad tiene en este fuego cruzado.

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Sin embargo, todos los medios de comunicación y muchos personajes públicos se han centrado en su papel, ya sea para poner en valor sus declaraciones, ya para criticarlas. En este segundo grupo están quienes blanden el eslogan "nada por lo que pedir perdón", con argumentos tan simples como los señalados por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, algunos portavoces de VOX o la doctora en Historia por la Universidad de Oxford, a la par que diputada por el Partido Popular, Cayetana Álvarez de Toledo: que si los caníbales, que si la evangelización, como si Cortés hubiese hipotecado todo su patrimonio para comprar barcos y conquistar México a fin de salvar almas y no pensando en su bolsillo.

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Tampoco acabo de entender que los partidos de la oposición hayan arremetido contra el rey cuando la crisis con México no sólo la provocó la carta de AMLO con sus exigencias, sino, sobre todo, la decisión de no responder tomada por Josep Borrell, entonces ministro de Exteriores, y su equipo. Aunque la carta iba dirigida a Felipe VI, cabe recordar que sus actos institucionales deben ser refrendados por el gobierno en ejercicio. Esto significa que el rey no actúa solo y a título personal, sino que más bien es una especie de portavoz de las posiciones gubernamentales. Es decir, debería haber sido voluntad del gobierno promover el envío de una respuesta desde la Casa Real y esta podría haberse remitido a la petición de perdón hecha por el rey Juan Carlos I en 1990, ante delegaciones de comunidades indígenas reunidas en Oaxaca. Dicha declaración sigue siendo válida porque no fue formulada a título personal, sino desde la representación institucional. Además, otra ventaja es que fue fundamental en la estrategia española de redirección de la relación con los países de Iberoamérica, sentando una de las bases de lo que vendría después con las cumbres iberoamericanas y contribuyendo a la resignificación del descubrimiento que caracterizó al V Centenario.

Resulta muy extraño que no se diera respuesta a la carta y, aunque desconozco los motivos de esa actuación, se me ocurren varias hipótesis. Quizá se consideró un asunto menor, un pronto del presidente mexicano; o se confió en que el asunto se arreglaría aprovechando la proximidad ideológica entre ambos gobiernos; también es posible que algún responsable creyera que aquello de los pueblos hermanos y los valores compartidos evitaría que la crisis fuera a más. La cuestión es que la decisión de no responder pone en evidencia que el ministro y su equipo subestimaron a López Obrador y su poca o nula simpatía hacia el Reino de España, manifestada en el uso de adjetivos como: "arrogante", "prepotente" o "soberbia/o" para referirse a España, a su jefe del Estado o a su gobierno (como el expresidente solía hablar de manera impersonal, no siempre queda claro el referente).

La dificultad actual por revertir las consecuencias de tan pésima decisión son la medida del error: a pesar de los gestos de acercamiento hechos desde el Reino de España, la presidenta mexicana bombardea los intentos de solución de la Secretaría de Exteriores de su propio país.

Contribuye a la ojeriza de AMLO hacia España el haber perdido el pulso que echó a Iberdrola. Su malestar llegó al extremo de usar el caso que perdió el Estado contra la eléctrica como una de las justificaciones de la reforma del sector judicial. También está el tema de los bancos. Lleva mal que el BBVA y el Santander controlen más del 40 % de cuota de mercado de su país y no sean de capital mexicano. En este punto, cabe aclarar que las llamadas empresas españolas "no lo son": sus dueños son accionistas repartidos por todo el mundo. En el caso concreto de Iberdrola, el fondo soberano de Qatar es el dueño de la mayor participación; además, el capital de españoles es mucho menor que el de norteamericanos o que la participación que tiene el fondo soberano noruego. A pesar de ello, el Estado español recibe todas las externalidades negativas de los conflictos de las empresas al ser la sede fiscal de las mismas y por haber supeditado la política exterior española a los intereses de sus empresas durante muchos años.

Pero no es solo antipatía: para AMLO y su sucesora es un asunto imprescindible confrontar con España y su herencia en México como parte fundamental de su plan de refundación del país que toma forma en la llamada 4T y que se resume en un nuevo modelo de nacionalismo definido como "Humanismo Mexicano". Esta visión tiene un componente interesante que explica mucho de su accionar sobre la base de combatir lo que denomina "colonialismo mental" y por eso quiere refutar la idea de que las culturas occidentales son superiores y reivindica lo indígena y las civilizaciones mesoamericanas como avanzadas y base de identidad nacional.

Él mismo pidió perdón a los pueblos mayas y yaquis por las matanzas cometidas en nombre de los Estados Unidos Mexicanos, aunque cabe señalar que siempre matiza señalando que fue obra del porfiriato. Sin embargo, esas ceremonias se vieron empañadas por las denuncias de las comunidades mayas de que el Tren que atraviesa la península del Yucatán estaba siendo construido usando lógicas de ocupación territorial que el mismo presidente que lo promovía criticaba en su petición de perdón. También el acto de reconciliación con los indígenas yaqui quedó ensombrecido por la desaparición de cinco miembros de esa comunidad y el ulterior hallazgo de un número igual de cadáveres.

En definitiva, la no respuesta ha permitido que los presidentes mexicanos magnifiquen el sentido de agravio. En su momento, AMLO dijo explícitamente que las relaciones de México con España estaban "pausadas". Nunca estuvo muy claro de qué se trata porque el término es ajeno al lenguaje diplomático, pero ya vamos viendo que es un proceso en el que el gobierno de un país va arrinconando y tensando la relación con otro por medio de exigencias que implicarían su propio menoscabo frente al país que lo pausó. El resultado es que el Estado que "pausa" —en este caso México— castiga al "pausado" por medio de un ejercicio de superioridad moral.

Tensionando la relación con España, el gobierno de México quiere mostrarse como defensor de la soberanía y la dignidad nacional frente al imperialismo. Ataca a España, a pesar de que han pasado 200 años del fin de la colonia, porque le sale gratis. Ya se ha visto que el expresidente López Obrador y la presidenta Sheinbaum han sido más bien pusilánimes ante los agravios permanentes del presidente Trump y del gobierno norteamericano. Les saldría muy caro política y económicamente "pausar" la relación con EEUU en respuesta a la persecución de ciudadanos mexicanos con el ICE, ante la prohibición de vender petróleo a Cuba, o por las amenazas de invasión militar para buscar narcos, entre otras bravuconadas que salen de la Casa Blanca. El primer desencuentro entre AMLO y Trump se selló con una subida de aranceles al tomate y el inmediato cambio de actitud del presidente de México acatando las propuestas norteamericanas. Pero la cosa no quedó ahí: en la visita de Estado de AMLO a Trump, en el menú de la cena, se incluyó tomate como una forma de recochineo, muy en la línea del presidente de EEUU.

Sin duda, al gobierno mexicano le resulta más cómodo y rentable criticar al colonialismo de siglos atrás que adoptar políticas públicas que remedien sus efectos"

Sin duda, al gobierno mexicano le resulta más cómodo y rentable criticar al colonialismo de siglos atrás que adoptar políticas públicas que remedien sus efectos. No cabe ninguna duda de que la colonización es criticable, incluso condenable, sobre todo desde la perspectiva actual. Evidentemente, debemos debatir sobre sus consecuencias y la implicación de los distintos actores internos y externos y, de ser el caso, procurar el perdón y la reconciliación entre víctimas y victimarios.

En ese proceso, no hay que olvidar el papel desempeñado por las nuevas repúblicas americanas y sus élites en la continuidad y fortalecimiento de las estructuras coloniales, puesto que la independencia de las metrópolis no significó la desaparición de los mecanismos de explotación. Por el contrario, en los nuevos países hubo un proceso de subdivisión simbólica entre una "república de blancos", herederos y continuadores del orden colonial, y una "república de indios" para quienes la independencia no trajo mejores condiciones de vida. A mayores, han pasado al menos dos siglos desde las independencias y el colonialismo sigue presente porque mutó de externo a interno. Así pues, la desigualdad, los privilegios, el racismo y otros síntomas del colonialismo se han mantenido, fortalecido y sofisticado, ya que benefician a las élites y clases medias de México y, dicho sea de paso, de otros países latinoamericanos.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.

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