Opinión

Ratas anfibias y Sánchez con lanzallamas

Ratas nadadoras o voladoras, mosquitos paleozoicos, quizá hasta murciélagos del infierno y loros de pirata... Francisco Clavijo, el presidente canario, era todos los españoles con el miedo y el piojo del hantavirus. Lo que pasa es que un gobernante no debería tener el mismo miedo ni la misma información que el jubilado al que le han preguntado en la pescadería y está entre la aprensión y la mitología del covid, de la tiña y del kraken. Clavijo había llegado a la paranoia y eso ya no tiene remedio, que así te puede venir el virus hasta en caballito de mar. Para la seguridad y la comezón de Clavijo, sólo hubiera servido ponerle al MV Hondius la bandera amarilla y dejarlo en cuarentena en medio del siglo XV, con escudillas y lazareto. Al otro lado, Sánchez se felicita por lo bien que lo han hecho, a pesar de que al principio no sabían qué hacer y cuando lo supieron fue porque llegaron la OMS y la Unión Europea en misión pedagógica, civilizadora, condescendiente y calvinista. No estaría tan seguro nuestro Gobierno de su ciencia y de sus velcros cuando la primera reacción fue, igual que Clavijo, rechazar el barco. Debe de ser que, al principio, Sánchez también tenía más o menos el mismo miedo y la misma información que el señor de la pescadería.

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Clavijo nos hablaba de las ratas todavía de madrugada, con luz de linterna en los ojos, luz de alcantarilla, como los ojos de los poceros o de las propias ratas; nos hablaba de las ratas como buzos y de los mosquitos como zepelines, sin más base científica que ese paludismo de charca y pestilencia que parece transmitir la mera mención de estos bichos. Parece que había consultado el hombre la IA, a ver si las ratas podían nadar, y si podían nadar recreativamente, supongo, o sea saltar de un barco al mar como si fuera no ya un animal sino una princesa de Mónaco o Maluma (yo creía que Maluma era una princesa Disney, y todavía no estoy del todo seguro de que no lo sea). Junto a las ratas, que están en nuestra mitología de pobreza y desamparo, Clavijo metió al mosquito, que es fácil suponer que lo contagia todo porque es como la jeringa de la naturaleza. Decía Clavijo que no teníamos información sobre los vectores de contagio, o sea que podría ser el mosquito, el caballito de mar o el cangrejo moro. Al otro lado, Sánchez parecía que conocía al hantavirus mejor que a Ábalos. De hecho, diría que nuestro presidente esperaba al virus, más que con los protocolos internacionales, con lanzallamas, como Chuck Norris con lanzallamas.

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Por algún sitio entre la paranoia y la arrogancia debería estar el gobernante, en este caso más o menos por donde esté la ciencia, que con sus limitaciones y errores sigue siendo mejor guía que el interés, la temeridad, la demagogia, la ignorancia y el ego"

Por algún sitio entre la paranoia y la arrogancia debería estar el gobernante, en este caso más o menos por donde esté la ciencia, que con sus limitaciones y errores sigue siendo mejor guía que el interés, la temeridad, la demagogia, la ignorancia y el ego. Clavijo, que se inventaba vectores de transmisión y pesadillas con ratas como pesadillas de embarazada, también se inventaba su propio protocolo: negaba permiso para el atraque porque no se le garantizaba que la operación y su eccema duraran menos de 12 horas. Supone uno que las prisas con los virus mortales no son lo más recomendable, o al menos parece evidente que son más peligrosas las prisas que las ratas surferas y los mosquitos bombarderos que los científicos te están diciendo que no son así. Pero Clavijo sólo quería quitarse el barco de encima, como si fuera una cucaracha en el pelo. También intentó eso Sánchez, antes de encontrar el lanzallamas. Por eso, por buscar un lanzallamas que encender con el puro, tardó tanto en decirnos algo, y no por esperar la guía de Europa, que nos vuelve a salvar con su diligencia y su industriosidad, enemigas eternas de nuestra improvisación y nuestros chanchullos.

Visto el operativo, visto el famoso protocolo, parece lo más evidente del mundo, algo de toda la vida, como enhebrar una aguja o cambiar las sábanas. El Hondius, al que algunos le habían puesto palos y velas negras de buque fantasma (ese tenebroso Gólgota que parecen los buques fantasma), fue evacuado con tres circuitos cerrados y superpuestos de seguridad, como tres burbujas una dentro de otra. Entre plásticos, distancias y manguerazos, uno ve más probable que Clavijo pille la rabia o el moquillo buscando sus ratas de Delibes o de Lovecraft que no que se escape el hantavirus por un ojal españolísmo. Esto era, además, lo único que se podía hacer, aparte de mandar a todo el pasaje, y mandarnos nosotros también, al siglo XV. Pero todos aquí tenían picazón y cague, no sólo era Clavijo el que se rascaba en la cama, sino que el Gobierno también se sacudía el problema, y callaba y se contradecía, hasta que le dejaron, en un croquis, lo mejor que se podía hacer, lo único que se podía hacer, lo que se ha hecho mientras nuestros gobernantes, en realidad, sólo miraban, como mirones de obra.

Las ratas anfibias, los mosquitos con helicóptero, los langostinos asesinos, quién sabe… Pero los gobernantes no deberían ir exhibiendo la ignorancia ni el pánico, con los que no se toman buenas decisiones ni se queda bien en madrugadas de monstruos marinos. Lo de Clavijo me ha parecido ridículo, que era como una cocinera entre ratones. Para no pensar en ratas metiéndosele en el pernil, para no creer que el mosquito trompetero o el berberecho salvaje te van a transmitir un virus mutante, tampoco hacía falta que el Gobierno fuera diligente, ni presto, ni transparente, ni que supiera lo que estaba haciendo, que esperar eso sí que sería una imprudencia. Bastaba seguir las recomendaciones de la OMS y de Europa, que además, lo hemos visto, son de sentido común, como pasar el mocho. Tampoco debía de haber tanto miedo en Canarias cuando la gente se fue al puerto a ver el espectáculo en camiseta.

Sánchez presume de pasar el mocho de la ciencia, o sólo de los protocolos de otros. Sí, el Sánchez del comité de expertos inexistente, el que derrotaba al coronavirus dos o tres veces por semana, como el que va a clase de zumba; el Sánchez al que se le fundió España entera como la bombilla del sótano, al que no le funcionan ni los trenes ni nada, el que tiene el país hecho un carretón con cacharros de buhonero o estafador. Sánchez presume de desinfecciones y aislamientos marcianos, que parece que hemos enviado a 14 españoles a la luna castiza de Madrid, a las bases lunares de sus hospitales como cuarteles o ministerios de piedra pómez. Pero en realidad no hay mucho de qué presumir, por ninguna parte. Clavijo ha hecho el cateto y Sánchez apenas ha unido los puntos del croquis que le dejaron los adultos. Ahora nos lo enseña como un dibujito de Micky Mouse, que podría ser un vector de contagio, ahora que caigo.

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