Opinión

La violencia como arma electoral

Un grupo de jóvenes durante los incidentes de Bilbao.
Un grupo de jóvenes durante los incidentes de Bilbao. | EUROPA PRESS

Karl Marx teorizó en El Capital (1867-1894) la utilidad de la violencia como catalizadora del cambio social: "La violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva". No es que el teórico del marxismo alabara las bondades de la violencia per se, sino que la consideraba necesaria para provocar una modificación radical de las relaciones de poder. Más tarde, Georges Sorel (Reflexiones sobre la violencia -1906-) atribuyó a la violencia un carácter de clase, diferenciándola de la fuerza que ejerce el estado contra el proletariado. La violencia, en sí misma, adquiría para él un carácter liberador.

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La revolución rusa de 1917 y el ascenso de Hitler al poder en Alemania son dos hitos ligados a la violencia. La Unión Soviética de Stalin y la Alemania nazi representan los mejores ejemplos de como las ideologías que se imponen por la violencia generan regímenes que basan su poder en el exterminio por motivos políticos o en virtud de la pureza de raza.

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En las democracias, el monopolio de la violencia lo tiene el Estado. No para reprimir, sino para garantizar las libertades y los derechos de los ciudadanos. En la Europa surgida tras la Segunda Guerra Mundial, en los países occidentales, periódicamente se han producido momentos en los que la violencia callejera ha hecho temblar al Estado. Pasó en mayo del 68 en Francia y en la Italia de los años 70, donde las grandes huelgas coincidieron con el auge del terrorismo -de extrema derecha y de extrema izquierda-.

En España hemos vivido durante años -los más duros en la lucha contra ETA- la kale borroka, una violencia promovida por los grupos abertzales proetarras, y, de forma puntual, en el resto del país, como consecuencia de huelgas obreras o movilizaciones estudiantiles (como sucedió en Madrid en 1987 en la manifestación que hizo famoso al Cojo Manteca).

Lo que estamos viviendo ahora, tanto en Barcelona, como en Bilbao, o, en menor medida en Madrid, es una violencia diferente. Los incidentes de Bilbao sí que tienen su origen en el renacer de movimientos nostálgicos de ETA, mientras que lo que ocurrió el sábado en Barcelona es más un fenómeno ligado a la delincuencia y al pillaje. Los disturbios en Francia actúan como un modelo a imitar. Aunque en Francia, sí hay un partido, la Francia Insumisa de Mélenchon, que ha alimentado abiertamente las protestas.

El debate ahora en España es: ¿a quién beneficia esta violencia cuando estamos ya a las puertas del 29-N?

La agitación y la violencia benefician a los partidos de orden. En el caso de España, a Vox. A lo mejor es lo que pretende Sánchez

La movilización en la calle, al menos en teoría, le viene bien a la izquierda. Este martes, en una entrevista en El País, Jaime Martínez Porro, dirigente del partido de ideología comunista Die Linke, confesaba: "Sin la calle, la izquierda nunca gana". El ex presidente Rodríguez Zapatero le confesó a Iñaki Gabilondo en el plató de la Cuatro en febrero de 2008: "Nos conviene que haya tensión...Yo voy a empezar a dramatizar un poco".

Distintos dirigentes del PSOE han reconocido que las movilizaciones en la calle tras el desahucio de Maricarmen Abascal les han venido bien porque han activado a un votante de izquierdas desmovilizado. De hecho, tanto desde el Gobierno como desde Ferraz se ha puesto a la acampada de Sol como ejemplo de la lucha de los jóvenes por sus derechos.

Hasta el propio presidente del Gobierno ha respaldado la huelga general del 11 de noviembre que, según su número dos, María Jesús Montero, se hace "contra la oposición".

Pero lo que ha ocurrido en Barcelona y Bilbao ha empezado a preocupar a los cargos públicos y a los dirigentes socialistas. El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni (PSC), ha dicho que los daños a los comercios los tendrán que pagar los que los provocaron o sus progenitores, en los casos de menores.

Alimentar la movilización en la calle es un arma de doble filo. Puede ser que movilice a una parte de los votantes de izquierda, pero asusta a la mayoría de la población. Por no hablar del perjuicio directo que acarrea a los comerciantes que sufren los altercados.

Algunos han creído ver en la violencia, la agitación y las movilizaciones en la calle un aviso a navegantes: "Esto es lo que sucederá todos los días si gana la derecha". Pero su mayor efecto es provocar un movimiento a favor de los partidos de orden. Eso ya se está viendo en Francia, donde las opciones de Le Pen suben a medida que aumentan los disturbios en Paris o en Marsella.

Decía, en su conversación con Broncano, el presidente Sánchez que "hay que escuchar a la calle". Sin duda. Pero, en una democracia a quien se debe escuchar es a las urnas. En muchas ocasiones, la calle no es la voz del pueblo, sino el griterío de una minoría que lo que pretende es suplantar al pueblo. Por eso yo creo que estos altercados van a beneficiar mucho más a la derecha que a la izquierda. Y, en especial, a Vox, al que una parte de la población identifica como el partido del orden. A lo mejor es eso lo que quiere Sánchez.

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