Los antiestablishment de América tienen quien grite por ellos. Donald Trump, rey de los outsiders. Trump, marca registrada. Candidato Trump, alejado de los corsés del Partido Republicano. Donald, para su rival, la demócrata Hillary Clinton. Es millonario pero no está en el sistema. Huye de lo políticamente correcto. Ha logrado aglutinar a quienes no confían en el statu quo, enemigo declarado de los guardianes de lo establecido, un antihéroe. Outsiders de América, aquí tenéis la voz de Trump, en una puesta en escena propia de un reality show. 

«Trump rompe los esquemas. No encaja en las categorías políticas habituales. Es un outsider que desesperadamente quiere que le traten en serio los insiders, por eso los outsiders se sienten identificados con él», explica Pedro Rodríguez, profesor de Relaciones Internacionales en Icade y la Universidad Complutense, y con amplia experiencia como corresponsal en Washington. «Hay una reacción a lo que suena a establishment, a casta, a statu quo, y eso explica que Hillary Clinton también coseche tanto voto en contra», añade Rodríguez. «Dice barbaridades pero se perciben como una muestra de sinceridad. Dice lo que otros no dicen. Hace todo lo que en teoría no hay que hacer para ganar, y por eso gusta a los que no se sienten dentro del sistema», remarca el experto.

El periodista Mark Singer, que en 1996 elaboró un extenso perfil de Trump en The New Yorker, recordaba cómo el magnate había confesado a uno de sus biógrafos: «No me gusta analizarme porque tal vez no me guste lo que encuentre». Según Singer escribe en El show de Trump, «por momentos me digo a mí mismo que Trump no quiere ser presidente en realidad; más bien no quiere perder la elección».

Dice lo que otros no dicen. Hace lo que no puede hacerse para ganar, y por eso gusta a los que no se sienten dentro del sistema

Trump quiso contrarrestar el ataque sobre su discurso supremacista con las mujeres, a propósito de esa grabación en la que aseguraba que podría conseguir cualquier mujer por tener poder, con denuncias de varias supuestas víctimas de abusos del ex presidente Bill Clinton. El efecto bumerán le dio en pleno con las reclamaciones de varias mujeres a quienes habría acosado el magnate. Y para compensar esta acometida del lado demócrata y de los grandes medios de comunicación, que avalaban mayoritariamente a la ex secretaria de Estado, Trump arremetió con furia contra la prensa, e incluso señala al millonario mexicano Carlos Slim, accionista de The New York Times. 

«En realidad, quiere ser el kingmaker dentro del Partido Republicano. Ha conectado con un electorado que se sentía olvidado y marginado. Y ha demostrado su gran capacidad de movilización», explica Gideon Lichfield, redactor jefe de Quartz. «Después del segundo debate, resultaba evidente la ruptura con el Partido Republicano. Y el propio Trump presumía de ello: dijo en un tuit que se había liberado de las cadenas», agrega Lichfield, quien considera que los trumpistas son leales «porque votan por su personalidad, no por políticas concretas».

¿Cómo se explica que el país que ha tenido ocho años como presidente a un afroamericano cuyo segundo nombre es Hussein apoye ahora a un millonario que presume de no pagar impuestos, quiere construir un muro para detener a los delincuentes mexicanos, y se jacta de poder tocar a cualquier mujer por ser quién es? «Ha sido el rechazo a la Presidencia de Obama lo que ha permitido crear un germen dentro del Partido Republicano tremendamente populista antiestablishment«, afirma Julio Cañero Serrano, director del Instituto Franklin, de la Universidad de Alcalá. Coincide con esta visión Javier Redondo, autor de Presidentes de Estados Unidos. De Washington a Obama, quien opina que la llegada de Obama a la Casa Blanca creó «una fractura en el Partido Republicano, generó una polarización social en torno a su figura, y una desorientación en lo que respecta a su relación con las minorías». Según Redondo, «el modelo Berlusconi es el que más se parece al fenómeno Trump, con matices. Trump es paternalista. EEUU no es una excepción: la indignación penetró por la vía Sanders, y la defensa de la identidad por la vía Trump».

¿Quiénes son los trumpistas? El semanario The Economist publicaba recientemente un gráfico en colaboración con YouGov que ilustraba de forma clara cómo quienes más fieles son al magnate estadounidense son los varones blancos sin estudios, seguido de varones blancos con estudios y mujeres blancas sin estudios, lo que se ha confirmado en las elecciones presidenciales. «El votante de Trump es el estadounidense blanco de clase media y sin estudios, localizado en los estados del Medio Oeste y del Sur. Son estados que eran tradicionalmente republicanos. Su mensaje cala entre la sociedad más desilusionada. Es la misma ola de populismo que está recorriendo Europa pero a la americana», explica Cristina Crespo Palomares, coodinadora del Instituto Franklin y coautora de Hillary. El poder de la superación.

«Es la América profunda. Representa el espíritu de los pioneros. Triunfa en los credos minoritarios del Medio Oeste. Aquellos a los que la crisis ha dejado en la estacada, una clase media empobrecida y patriota exacerbada. Es un elector desencantado», señala Redondo.

Es la América profunda. Representa el espíritu de los pioneros, una clase media empobrecida y patriota exacerbada. Un elector desencantado

Hay quienes destacan, sin embargo, que lo que une a los seguidores de Trump es el odio racial, más que marginados social o económicamente. En un artículo publicado en www.vox.com Dylan Matthews recuerda que, según FiveThirtyEight de Nate Silver, los ingresos medios de los trumpistas son de unos 72.000 dólares anuales, mientras la media de los blancos no hispanos es de unos 62.000 dólares. El denominador común de los leales al magnate, según Matthews, sería «el resentimiento racial», como también defiende Zack Beauchamp. Son los republicanos con peor opinión de los musulmanes quienes más le respaldan y quienes apoyan que se deporte a los inmigrantes de inmediato.

Esta campaña, en la que Trump se ha convertido en la gran estrella del show, ha puesto en evidencia la división de América, de la que hablaba Charles Murray en 2012. «América se está fracturando. La gente percibe esta división… El problema va más allá de la desigualdad política o económica. Hacemos frente a un problema de desigualdad cultural», decía Murray en su ensayo The New American Divide. 

Estas elecciones presidenciales en Estados Unidos, según Julio Cañero, «han intensificado la división en la sociedad, algo que será muy difícil de restañar en los próximos años». Esa América más grande, que evoca Trump, no lo será si esa herida de la división no cicatriza.