La llama se alimentó durante décadas con odio, amenazas y tiros en la nuca. Permaneció viva al calor de justificaciones y alientos políticos y sociales. Casi medio siglo de fuego sanguinario que dejó brasas por sofocar. El último mes, el mismo en el que se cumplían cinco años desde la desaparición de la acción terrorista de ETA, se han avivado como hacía tiempo que no se recordaba. Agresiones, homenajes a etarras, pintadas y dianas amenazantes y actos de violencia callejera que han conformado una secuencia que ha revuelto el pasado y no pocas pesadillas de los colectivos que peor lo pasaron durante los años más duros de la violencia terrorista.

Nadie duda de que la ‘kale borroka’ y la violencia callejera vayan a reaparecer

ETA ya no mata, sus estructuras están cada vez más diezmadas por la presión policial que se ejerce contra ella y que llevó ayer al arresto de Mikel Irastorza, el último jefe logístico de la banda. Con él son ya siete los dirigentes de ETA arrestados desde que anunció el cese de su actividad en octubre de 2011. Un lustro en el que la vida de los amenazados ha cambiado de modo radical. Los escoltas han desaparecido de la vida de políticos populares y socialistas, de empresarios amenazados y de jueces, periodistas e intelectuales incómodos para la izquierda abertzale. Pero el sustrato de odio sembrado durante décadas en algunos sectores no ha desaparecido.

Nadie duda de que la kale borroka, la violencia callejera, como la sufrió el País Vasco tiempo atrás, cuando anualmente se contaban por miles los ataques a mobiliario urbano, a establecimientos, o las batallas campales con las fuerzas de seguridad, vayan a reaparecer. Un dato lo corrobora; en 2015 la Ertzaintza sólo contabilizó 35 actos relacionados con la violencia de índole terrorista. Sólo en el periodo 1996-2000 rozó los 5.000.

Pero este otoño ha sido inquietantemente activo. La noche de este sábado dos oficinas de Kutxabank fueron atacadas en Bilbao. Lo hicieron un grupo de encapuchados que dejaron pasquines con el lema Gazteria, borrokan (La juventud, en lucha). Un ejercicio de nostalgia de tiempos pretéritos de los violentos que llega apenas dos días después de que la memoria de los vascos recuperara escenas que parecían olvidadas. Simpatizantes de la violencia terrorista de ETA realizaban pintadas en el portal de una ex concejal del PP en San Sebastián, María José Usandizaga. Una diana y un “Gora ETA” que alteraron la paz que empezaba a disfrutar la política ya retirada.

No era la primera vez que le agredían, tampoco a su partido. Hace una semana el presidente de las Nuevas Generaciones del PP en Vizcaya, Nacho Toca fue la víctima de otra brasa sin apagar. De noche, mientras junto a unos amigos se encontraba en un local de Bilbao, un joven le propinó un puñetazo por ser dirigente de las juventudes populares. La secuencia de agresiones de este mes incluye la que le propinaron en Alsasua (Navarra) a dos guardias civiles y sus parejas en un local y que terminó con uno de los agentes ingresado en el hospital y dos jóvenes detenidos por un posible delito de terrorismo.

“Ahora sólo me insultan una vez al mes”

No hay que remontarse mucho más atrás en el calendario de este otoño para encontrar otros episodios que recuerdan que el pasado sigue siendo demasiado presente. El jueves 27 de octubre decenas de simpatizantes de ETA homenajeaban a un miembro de la banda en Getxo tras recobrar la libertad. Hace poco más de un mes otro acto de bienvenida a un etarra provocó la indignación de las víctimas al comprobar cómo el ayuntamiento de Lekeitio cedía el Salón de Plenos y el sillón de la alcaldía para honrarle. Honores que hace pocos días también recibían desde determinados centros educativos en los que decenas de adolescentes no dudaban en honrar la memoria de miembros de ETA bailándoles un aurresku y mostrando sus imágenes.

En el PP están convencidos de que este tipo de episodios volverán reproducirse

En el PP están convencidos de que este tipo de episodios volverán reproducirse. “Lo que está ocurriendo no creo que sea algo orquestado, simplemente es un reflejo del sustrato de odio que existe. Aunque las instituciones se pusieran las pilas creo que tardaríamos una generación en erradicar el odio político que existe en determinados sectores de la sociedad en Euskadi”. Quien habla es Borja Semper, presidente del PP en Guipúzcoa. Afirma que no se puede bajar la guardia “porque hay fascismo en Euskadi que no ha sido erradicado” y que el final de ETA no ha logrado eliminar. Cree que en su partido no existe una inquietud especial por estos episodios pero sí un malestar “porque remueve una etapa que creíamos superada. La gente está serena, aunque todo esto es muy desagradable”.

Sémper afirma que la convivencia en Euskadi ha mejorado pero continúa con muchas asignaturas pendientes. Ser del PP conlleva aún vivir situaciones incómodas: “Ha cambiado mucho, pero te puedes seguir encontrando con cafres en la calle. Si antes me insultaban cinco veces a la semana, ahora sólo es una al mes. También a ese mundo le resulta ahora más incómodo y difícil de justificar ese tipo de insultos y agresiones”.

En su opinión, una de las carencias tiene carácter ético y moral y debería cubrirla la propia izquierda abertzale. Una parte minoritaria de la sociedad vasca no ha hecho ese recorrido ético y moral personal y sigue creyendo que pegar a alguien del PP, aunque no vaya con los tiempos, no es del todo censurable. Esta justificación es la que relativiza la gravedad de estas agresiones”. Recuerda que aunque ETA haya cesado en sus acciones, en cinco años no se reconduce el odio inoculado durante décadas a una generación “que ha crecido en un entorno que justificaba el atentado y la amenaza”.

Caldo de cultivo

Su compañero de partido, Anton Damborenea, presidente del PP en Vizcaya, cree que el caldo de cultivo que aún aflora es algo que la izquierda abertzale “no ha querido que se desactive”. Respecto a los episodios de violencia más recientes, Damborenea señala que son el reflejo de que “aquí no se ha acabado todo”: “Nosotros lo vemos en la calle. Ves cómo te miran, lo que te dicen. No es tan fácil decir que aquí ya no pasa nada, no les pasa a los que antes no les pasaba, pero a los que sí les pasaba… En Euskadi algunos aún hoy llevan protección”.

Sortu y EH Bildu han intentado desmarcarse de este tipo de incidentes y amenazas

En el lustro sin atentados que acumula ETA, los capítulos de violencia callejera y de riesgo de un rebrote de la violencia han sido varios. Capítulos adjudicados a corrientes contrarias a abandonar las armas y disidentes de la corriente hacia la reprobación de la violencia terrorista iniciada por la izquierda abertzale.  Las primeras muestras las protagonizaron los Comités Revolucionarios (Iraultza Bilguneak, IBIL) y el colectivo Aministia Ta Askatasuna (ATA) a los que se asigna varios sabotajes ocurridos en 2015, el más grave en Derio (Vizcaya) con la quema de ocho autobuses en las cocheras de Bizkaibus y en los que se arrojaron pasquines de apoyo a los presos de ETA. También se cree que alguno de estos dos grupos pudo estar detrás de la quema de cinco autobuses en 2014 o de otros tres autocares en Bilbao ese mismo año.

Ataques que podrían estar todos ellos motivados por grupos autónomos y alejados no sólo de lo que queda de ETA sino también de la izquierda abertzale. No en vano Sortu y EH Bildu han intentado desmarcarse de este tipo de incidentes y amenazas asegurando que no refuerzan el nuevo camino hacia su normalización. Incluso la propia ETA ha llegado a cuestionar en alguno de sus últimos comunicados.

Precisamente la consolidación de la paz y la convivencia en Euskadi se ha fijado como uno de los retos para el futuro Gobierno vasco que liderará Iñigo Urkullu. El PNV negocia estos días poder desbrozar el camino con EH Bildu para dar pasos en este ámbito que permitan erradicar el odio, reparar el daño causado y consensuar un relato de o sucedido que sea respetuosos con la memoria de las víctimas.