El mensaje tranquilizador de Donald Trump nada más conocerse que había ganado las elecciones, contra el pronóstico de castigo de todas las encuestas, sirvió para evitar el descalabro en los mercados que ya había apuntado la caída de las bolsas asiáticas.

En su discurso, el presidente electo apeló al cierre de las heridas -que él mismo ha contribuido a abrir- y prometió gobernar para «todos los norteamericanos». También lanzó un mensaje tranquilizador al resto del mundo. No insultó ni amenazó a nadie, como es habitual en él. ¿Estamos ante una metamorfosis repentina? ¿Se ha dado cuenta Trump de que, como presidente de los Estados Unidos, ya no puede recurrir a sus provocadoras payasadas?

Habrá que concederle los cien días de gracia para que demuestre hasta qué punto ha sido sincero una vez que ha tenido la victoria en el bolsillo. Pero no debemos olvidar quién es y con qué ideario ha ganado las elecciones.

Sin duda, el sistema de check and balance que configura el sistema político en EEUU modera siempre las tendencias extremas de todo candidato. Pero Trump y el Partido Republicano controlarán, por primera vez en decenios, la Cámara de Representantes y el Senado. Y en poco tiempo también habrá una mayoría conservadora en el Tribunal Supremo. Los republicanos no acumulaban tanto poder desde el mandato de Herbert Hoover.

No es, por tanto, este poder absoluto el mejor escenario para moderar los posibles excesos de un presidente. Sin embargo, hay quien piensa que Trump dejará de ser Trump una vez que se traslade con su esposa Melania a la Casa Blanca.

Lo que debe tenernos en vilo es que su machismo, su xenofobia, su ataque a la esencia del sistema, han sido validados por las urnas

Si nos fijamos en lo que ha sucedido durante la larga campaña que comenzó con las primarias hace nueve meses no hay mucho margen para el optimismo. Su primer jefe de campaña, Corey Lewandowski, tuvo que dimitir tras aceptar su incapacidad para controlar a su jefe: «Hay que dejar que Trump sea Trump», confesó impotente. Después llegó Paul Manafort, ya bregado en asesorar a tipos difíciles como Viktor Yanukovych, Ferdinand Marcos o Mobutu Sese Seko. Su trabajo no fue fácil, aunque admitió que la mayor ventaja que ofrecía era que no daba problemas si se le dejaba ir a su aire: «Tenemos un candidato que no tiene que reflexionar para decir lo que quiere hacer». También abandonó. Por fin, llegaron Steve Bannon (muy recomendable para conocer la esencia del trumpismo visitar su página web Breitbart) y Kellyane Conway, que han logrado, no sin esfuerzo, moderar un poco sus impulsos, no tanto en el lenguaje, cosa harto complicada, sino en su enfrentamiento con el portavoz republicano Paul Ryan.

En una de las pocas entrevistas concedidas por Trump, en agosto de este año, afirmó: «No veo por qué voy a cambiar de repente si voy ganando».

Aunque sus asesores continúen con su trabajo de limado de asperezas lingüísticas y los lobbies moldeen algunos de sus planteamientos más radicales, Trump no puede dejar de ser Trump, porque la gente le ha votado por lo que es.

Sin duda, llevará adelante su programa fiscal y tendrá que enfrentarse a la cuestión de cómo financiar su ambicioso programa de infraestructuras con menos ingresos. Seguro que no construirá un muro en la frontera con México, pero limitará la entrada de inmigrantes y hará la vida imposible a los 13 millones que ya  viven en EEUU de forma ilegal.

Protegerá a las grandes empresas del automóvil y elevará las barreras arancelarias para ayudar a la industria norteamericana. Revisará el Obamacare y no ratificará el Acuerdo de París contra el calentamiento global.

Dudo que su plan económico funcione. Pero eso no es lo más preocupante. En EEUU se han dado muchos bandazos y, al final, han sido sus emprendedores los que acaban tirando del carro.

Podemos dar una oportunidad pero, como el propio presidente electo dijo en uno de su tuits, ‘Yo soy quien soy’

Lo que realmente debe tenernos en vilo es que su visión del mundo ha tenido un apoyo mayoritario entre los norteamericanos. Es decir, que su machismo, su xenofobia, su ataque a la esencia del sistema han sido validados por las urnas.

Como europeos tenemos un problema y como demócratas también. Podemos dar una oportunidad, esperar a ver, pero no engañarnos y pensar que el Trump que ha ganado es un personaje que pertenece al pasado. Como dijo el propio presidente electo en uno de sus tuits: «Yo soy quien soy». Conviene no olvidarlo.