Militante del PP de primera hora, calificada como la «alcaldesa de España» por su ex jefe de filas, Mariano Rajoy, tras 24 años de poder ininterrumpido en el ayuntamiento de Valencia, el fallecimiento de Rita Barberá ha caído como una bomba cuya onda expansiva se dejará notar mucho tiempo. La que parecía incombustible, ignífuga, en mitad de una tormenta política que le situó fuera de las fronteras de su partido, personaje «non grato» para muchos de los suyos como ejemplo de un PP periclitado, ha sucumbido a un infarto a las 7 de la mañana.

De 68 años, comenzó a militar en el partido de Manuel Fraga, entonces Alianza Popular, en 1979. Fundadora de la sucursal valenciana de AP, en 1991 disputó la alcaldía de la capital del Turia al onmipotente PSOE, intratable en esa región desde 1979. Quedó segunda, pero un pacto con Unión Valenciana le permitió hacerse con el bastón de mando. Luego vinieron 24 años de alcaldesa encadenando mayorías absolutas hasta 2015, derrochando exceso y vitalidad con dosis justas de populismo, hasta convertirse en uno de los principales símbolos del partido que ayudó a fundar, el mismo simbolismo que luego la arrastró al fondo.

Pasó de ser el símbolo del PP incontestable al ostracismo en un proceso que no terminó de entender

Licenciada en Ciencias Políticas y de la Información, -aunque nunca ejerció de periodista, profesión de su padre, que trabajó en la prensa del Movimiento- fue una reconocida contadora de chistes, lo que le llevó a alzarse incluso con el título de Musa del Humor en la VIII edición de la Olimpiada Internacional del Humor celebrada en su ciudad en 1973. Hay documentos gráficos de aquel momento, cuando todavía no había dado el salto a la política pero que apuntaban hacia esa personalidad arrolladora, excesiva, que le llevó a practicar unos modos políticos ahora caducos, ajenos a «las cutreces de otros», como ella misma subrayaba. 

Era una intocable para los suyos. Ni Eduardo Zaplana, ni Francisco Camps, ni Alberto Fabra, todos ellos presidentes de la Comunidad, se atrevieron a cuestionar su autoridad. Los reiterados intentos de Génova porque diera el salto a la política autonómica resultaron baldíos. Más tarde vino el ostracismo y el apartamiento tras el estallido del caso Taula en la que se le acusaba de blanquear 1.000 euros para financiar su última campaña municipal, por el que declaró el lunes  ante el Tribunal Supremo.

El proceso de separación de la alcaldesa de España, de la reina de Valencia, retrata muy bien su fuerte carácter. Los SMS de la ex regidora se convirtieron en legendarios. No dejó de reivindicarse, confundida, sin terminar de entender qué le estaba pasando. Ella, «que había hecho tanto por el partido», como le espetó al vicesecretario de Organización popular, Fernando Martínez Maillo; ella, que apeló a que el PP saliera en su defensa; ella, que llenaba a reventar la plaza de toros de Valencia en cada mitin con el líder del partido, vio como la forzaban a dejar su militancia si quería salvar el aforamiento.

Hoy Rajoy en los pasillos del Congreso ha hablado de su persona como si hubiera conservado hasta el fin de sus días el carné del PP. Ha afirmado que el partido está «gravemente afectado» y que «se hace muy duro esto». Su amiga Barberá, en una relación personal que parece que nunca dejaron de tener, se ha ido definitivamente.