Han transcurrido días desde su emisión pero sigue revuelto, “indignado”, puntualiza. Asegura que en el cuartel no es, ni mucho menos, el único. Guardia Civil de primera línea, acumula 25 años en la lucha antiterrorista, más de la mitad de ellos en el corazón de Euskadi y en el cuartel más atacado por ETA a lo largo de su historia, Intxaurrondo. También el que arrastra el pasado más oscuro de la guerra sucia alimentada desde las cloacas del Ministerio del Interior durante el primer gobierno de Felipe González. Pongamos que se llama Juan. El apellido es innecesario. Sabe que lo que dice aún perturba en las entrañas del Cuerpo y que podría acarrearle problemas, por eso prefiere protegerse. A Juan estos días le invade la rabia como hacía tiempo que no lo hacía. “No nos pueden comparar con el terrorista que escribió el libro”, asegura molesto. El “terrorista” es Rafael Vera, ex secretario de Estado de Seguridad con José Barrionuevo, y el libro, El padre de Caín, la novela firmada por Vera y en la que se ha basado la miniserie producida por Boomerang TV para Telecinco, y que ha agitado los cuarteles de toda España, en especial los del País Vasco y Navarra.

Pregunta.- “¿Rafael Vera es para usted un terrorista?”

Respuesta.- Sí, ese es el sentimiento que tenemos muchos compañeros. Esa gente ha hecho más daño que beneficio. Este Vera fue condenado por lo que fue condenado. Igual le llamo terrorista a Otegi que se lo llamo a Vera. Con su forma de actuar dieron una motivación a esa gente (ETA y su entorno) para seguir adelante y convertir en una guerra algo que no lo era. Ellos eran meros delincuentes y nosotros éramos sólo policías pero lo convirtieron en un conflicto. No hicieron bien su trabajo.

P.- Y el general Enrique Rodríguez Galindo, ¿también lo considera un terrorista?

R.- Para mí, sí, y en Intxaurrondo la mayoría te dirá lo mismo. Quizá algunos de los que trabajaron con él aún tienen reticencias a llamarle terrorista. No existe ninguna simpatía ni admiración hacia él. Su leyenda la ha forjado más un sector de la prensa que la gente de dentro de la Guardia Civil. Galindo no es ningún héroe, ha habido jefes de comandancia que han detenidos más comandos que él”.

Igual que le llamo terrorista a Arnaldo Otegi se lo llamo a Rafael Vera

Hasta no hace mucho hablar mal de Galindo hubiera sido un atrevimiento en cualquier cuartel de la Benemérita. Jugarse el puesto. Más aún en Intxaurrondo. Pero las cosas han cambiado. Hacía meses que el aire parecía haberse oxigenado por fin en el cuartel guipuzcoano. Sus instalaciones se habían ventilado para desterrar por fin las prácticas de torturas que durante los años 80 lo hicieron temible y por las que fueron condenados algunos de sus mandos y agentes. Hoy todo queda registrado en vídeo, cada minuto.

Durante décadas ha sido un ‘gueto militar’, un fortín en el que aún hoy viven y trabajan blindados cerca de 1.500 agentes y cientos de familiares venidos de fuera del País Vasco, -niños incluidos-. En Intxaurrondo desde el cese de actividad armada de ETA el ambiente se ha relajado, la seguridad no tanto. Sus algo más de 35.000 metros cuadrados y sus siete bloques de viviendas, instalaciones y oficinas continúan siendo un pequeño barrio de y para guardias civiles y vedado a extraños.

Pero en San Sebastián, en casi todo el País Vasco, hablar de Intxaurrondo –nogal en euskera- sigue provocando rechazo. Ni el casi medio millar de etarras detenidos por sus agentes, ni los ocho atentados sufridos o los cerca de un centenar de guardias civiles asesinados por ETA en Guipúzcoa, -la mayoría del cuartel de Intxaurrondo-, parecen razones suficientes para desprenderse, o al menos rebajar, el peso de la mancha que arrastra desde los 80. La sombra oscura del viejo nogal que se regó hace treinta años aún deambula en el imaginario social vasco. El tiempo sin atentados y con un menor número de arrestos –hoy ETA apenas cuenta con una docena de militantes- sí ha dejado, al menos, de convertirlo en diana preferente de miradas, condenas y reproches por parte del entorno radical.

El despertar de viejos fantasmas

Su historia podría haber sido bien distinta. También su fama y el reconocimiento de los vascos hacia su labor en la lucha contra el terror. Pero el pasado oscuro de Intxaurrondo sigue pesando demasiado. Parecía aletargado, pero la emisión de El padre de Caín ha despertado viejos fantasmas.

Miguel D. es de Granada, como el ex general Rodríguez Galindo. De él apenas conoce lo que cuenta la leyenda que sobrevuela Intxaurrondo. Nació cuando Rodríguez Galindo comenzó a aplicar la mano dura y a saltarse la ley en los interrogatorios de los etarras que detenía su equipo en los 80. Cuando el coronel fue ascendido a general por el entonces ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, -en septiembre de 1995-, con las sospechas de sus prácticas delictivas elevadas ya a categoría de gritos a voces, Miguel ya barruntaba ingresar en la academia para convertirse en guardia civil. “Para mí la figura de Galindo ha caído en desgracia. De él aquí, en Intxaurrondo, no se habla, no está presente. No representa los valores de la Guardia Civil”.

Aquí, en Intxaurrondo,  no se habla de torturas, ¿si existieron? No lo sé… La figura de Galindo ha caído en desgracia

Sobre las torturas prefiere pasar de puntillas, “aquí eso no se comenta. ¿Qué existieran o no? Pues no lo sé, eso lo sabrán los que estuvieron en aquellos años, ahora a los detenidos se les trata correctamente”, apunta. Lleva siete de sus 35 años destinado en San Sebastián, la mitad de ellos en el cuartel de Intxaurrondo. Como la mayoría vino a acumular puntos para elegir destino. Venir a Euskadi aún hoy reporta derechos preferentes en concepto de “especial penosidad”, por el rechazo que aún suscita la Guardia Civil, además de por el peligro de seguir siendo un objetivo.

“Cuando llegué recuerdo que la primera sensación fue que éste es un lugar muy triste. Además de la lluvia que siempre te condiciona, más siendo andaluz, sumas la sugestión con la que llegas y los prejuicios que arrastras”. Miguel apenas ha convivido con los dos últimos años de ETA pero asegura que “los veteranos” le han contado demasiadas historias para imaginar lo duro que fue ser guardia civil en aquellos años: “Entre todas las historias se recuerdan mucho los lanzamientos de ‘jotakes’, los proyectiles caseros de ETA que nos lanzaban, o la metralla, que aún se puede ver en uno de los edificios por la bomba que colocaron a uno de nuestros vehículos. Se salvaron porque estaba blindado”.

El mural de los asesinados, un recuerdo diario

Pero en realidad, a Miguel no tienen que contarle qué ha sido lo más duro. Como el resto de los cerca de 1.500 agentes que trabajan en el cuartel lo ven a diario. Un gran mural situado en la planta cero del edificio principal se lo recuerda cada mañana. En él, la imagen y el nombre de casi un centenar de compañeros asesinados por ETA que un día, como él, también estuvieron destinados en Intxaurrondo. Casi todos los días, uno de los retratos está iluminado para recordar que se cumple un nuevo aniversario de un asesinato a manos de los terroristas.

Condecorado con todos los honores, elevado a los altares de la lucha antiterrorista y hundido a los infiernos años después por Justicia, la mano dura contra los detenidos aplicando torturas fue durante años el sello macabro del cuartel guipuzcoano. A sus 77 años, Enrique Rodríguez Galindo disfruta hoy de una jubilación tranquila y de un expediente de descrédito. La condena de 71 años de prisión por el secuestro y asesinato de Joxean Lasa y Joxi Zabala en 1983, considerados las primeras víctimas del GAL, tan solo le supusieron cuatro años y cuatro meses efectivos de prisión, entre 2001 y 2005. Los dos jóvenes, sobre los que cayó la sospecha de pertenecer a ETA, fueron secuestrados en Bayona, donde se habían refugiado. Pronto se supo que fueron los hombres de Galindo los que los raptaron y trasladaron al sótano del ‘palacio de las torturas’, el palacio ‘La Cumbre’ de San Sebastián. Sólo dos años más tarde, en 1985 y lejos de allí, en Busot (Alicante) fueron encontrados los restos de Lasa y Zabala, enterrados en cal viva. Aún hubo que esperar una década para identificarlos y confirmar que se trataba de sus cuerpos. Además de Galindo, por este caso también fueron condenados Angel Vaquero, Enrique Dorado Villalobos y Felipe Bayo, además del ex gobernador civil de Guipúzcoa, Julen Elgorriaga.

30 años después los casos de Mikel Zabalza y García Goena continúan sin resolverse

Nada de ello se muestra en El padre de Caín. Apenas una referencia breve a la práctica de torturas en las instancias del cuartel. Tampoco de otro de los casos, pendientes aún de esclarecer, el del joven navarro, conductor de autobuses, Mikel Zabalza, detenido junto a su novia, dos hermanos y su primo el 26 de noviembre de 1985 después de que ETA asesinara a dos soldados y un guardia civil. Todos fueron trasladados a Intxaurrondo y puestos en libertad sin cargos, excepto Mikel. Su cuerpo apareció días después flotando en el río Bidasoa y esposado. La versión oficial habló de un intento de huida de Zabalza para cruzar el río camino de Francia para escapar de la Guardia Civil. La familia intenta, por tercera vez y 30 años después, que se reabra el caso, archivado en dos ocasiones, para buscar culpables. En estos años varios testigos han declarado que Zabalza fue víctima de torturas, entre ellas la práctica de “la bañera”.

El ‘GAL verde’, torturas, drogas y fondos públicos

La historia mostrada en televisión tampoco hace referencia alguna a la guerra sucia, a la implicación de determinadas cloacas del Estado en la lucha ilegal contra ETA. Numerosas investigaciones periodísticas han concluido que Intxaurrondo fue el epicentro del llamado GAL verde. Habría actuado con el apoyo de parte de la dirección del Ministerio del Interior a comienzos de los 80, entre ellos de nombres significados como el ex ministro José Barrionuevo, condenado a 10 años de prisión por el secuestro de Segundo Marey, y el propio autor de El padre de Caín, Rafael Vera, condenado por su pertenencia al GAL y por malversar fondos públicos para financiarlo. Un cuartel convertido, de alguna manera, en la mano ejecutora de parte de las acciones de un grupo terrorista de Estado financiado con fondos reservados.

Tampoco el rastro del llamado Informe Navajas, elaborado por el fiscal Luis Navajas a finales de los 80 y en el que detallaba indicios de connivencia del cuartel con grupos vinculados al contrabando y tráfico de drogas, aparece. Nunca hubo cargos formales contra ninguno de los agentes.

El ‘Informe Navajas’ concluyó que hubo vínculos del cuartel con el narcotráfico

Los más antiguos del lugar han relatado en diversas ocasiones cómo se producían las torturas en Intxaurrondo. Incluso cómo los gritos de los detenidos a los que se les practicaba “la bañera” rebasaban las paredes y eran escuchados por las familias de los agentes.

El pasado de Intxaurrondo queda lejos pero no está cerrado. Hay zonas oscuras por esclarecer. Aún persisten dudas relevantes que investiga la justicia española sobre episodios que podrían haberse planificado allí, como la muerte de Juan Carlos García Goena, la última víctima de los GAL, y a la que en 1985 asesinó colocándole una bomba lapa en los bajos de su vehículo. La persistencia de su viuda, Laura Martín, y de las investigaciones periodísticas -El Mundo demostró que los GAL tenían en su posesión una fotografía de la familia Goena Martín tomada en un estudio de Hendaya- han permitido encontrar nuevas pruebas y testimonios para reabrir la causa que ya investiga la Audiencia Nacional. En la lista de sus peticiones de responsabilidades figuran Rafael Vera, José Barrionuevo, Julián Sancristobal e incluso el ex presidente Felipe González.

Rafael Vera: “Volvería a hacer lo mismo”

Vera no figura entre los críticos con la guerra sucia. No lo refleja en su novela, ni en sus apariciones públicas. Considera que la guerra sucia contra ETA sí tuvo “alguna utilidad”, según declaró a TVE hace año y medio. Citó entre sus frutos haber provocado un cambio de actitud de Francia en la lucha contra ETA y haber puesto “freno” a nuevos intentos de golpe de Estado. Quien fue número dos con José Barrionuevo, -ambos fueron condenados como responsable de los GAL-, va más allá al afirmar que volvería a actuar del mismo modo, “aquella época exigía riesgos”, afirmó, “aunque con otras personas, lo que fallaron fueron las personas” dijo. El historial del inspirador de El padre de Caín no deja lugar a dudas sobre el concepto de lucha antiterrorista que defiende. Rafael Vera fue condenado en 1998 a diez años de prisión por el secuestro de Segundo Marey, además de por malversar fondos públicos para financiar los GAL. Sólo pasó tres meses en prisión tras ser indultado por el gobierno de José María Aznar. Años más tarde, en 2004 a Vera la Justicia le condenó de nuevo por malversación de cantidades “importantísimas” de dinero, alrededor de 600 millones de pesetas (4 millones de euros). Volvió a ingresar en prisión. Su tercera condena, la impuesta por el “caso de los maletines” hace referencia al pago de 206 millones de pesetas a las mujeres de José Amedo y Michel Domínguez tras el ingreso de estos en prisión por delitos vinculados a los GAL.

Vera y Barrionuevo ingresaron en prisión por secuestro. Felipe González les arropó

Aquellos políticos actuaron fuera de la ley. Otros permanecieron en silencio mientras lo hacían y los más, miraron hacia otro lado. Así lo ve al menos Juan. Recordando los años 80 y 90, este guardia civil veterano en la lucha contra ETA asegura que fueron tiempos en los que la clase política y el gobierno central permanecieron en silencio. “No sólo miraba hacia otro lado la sociedad vasca, también los políticos de la época”. “El apoyo que se daba a aquellas viudas no era el adecuado, los políticos comenzaron a acudir a los funerales cuando ETA ya llevaba muchas víctimas encima”, denuncia. Juan añade a su reproche el reparto de medallas que la clase política ha hecho del final del terrorismo, “la sociedad no ha reconocido nuestra labor, pero tampoco los políticos, ¿qué es eso de afirmar que ‘hemos acabado con ETA’ en boca de Pedro Sánchez, con ETA hemos acabado nosotros, no ellos…”. Añade una crítica más a El padre de Caín, al situar a oficiales en la primera fila de las operaciones contra ETA: “Jamás de los jamases he visto entrar a un oficial a detener a un etarra, siempre han sido guardias, cabos, sargentos. ¿Qué pretenden justificar?”.

“Ensucian el buen nombre de la Guardia Civil”

El malestar se masca también fuera del cuartel. Las víctimas no comprenden cómo se ha podido dar voz a Rafael Vera para mostrar la realidad de la Euskadi de los años 80. El Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) recuerda que en el País Vasco muchos agentes de la Guardia Civil dieron su vida por defender el Estado de derecho “de la embestida de ETA” y por respeto a ellos en ningún caso se tendría que haber recurrido al libro de “alguien que ensució el buen nombre de la Guardia Civil” para contar la realidad de Euskadi.

Con la herida por cicatrizar y con preguntas por responder, los miles de guardias civiles que permanecen destinados en Euskadi ven el futuro con optimismo. Ante una realidad menos crispada, aunque con rebrotes de odio como los de Alsasua, aseguran que la convivencia se hace más sencilla. No sólo para ellos, también para sus familias. “Creo que ser guardia civil en una ciudad como San Sebastián ya no supone tanto estigma. Nunca puedes bajar la guardia, pero todo ha cambiado mucho. Diría más, la mayoría de los vascos son personas educadas y muy nobles”, asegura Miguel. Añade un dato, cada vez son más frecuentes ejemplos de integración, simbolizados en hijos de agentes convertidos en ertzainas o policías municipales. Quizá es el síntoma más claro de un nuevo tiempo para Euskadi y para la Guardia Civil. Un periodo que por fin haga olvidar la larga y oscura sombra del nogal de Intxaurrondo.