En la mañana del 11 de noviembre de 2000, el artificiero de la Guardia Civil Luis María Blanco González (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1962) estuvo a punto de perder la vida tras explotarle a unos palmos una bomba trampa escondida bajo un tubo lanzagranadas que ETA había colocado en las inmediaciones del cuartel de Intxaurrondo, en San Sebastián. Sin saberlo, había acudido a su último acto de servicio cuando estaba a punto de terminar una guardia. Perdió la visión completa en el ojo derecho y un trozo de metralla penetró en su hígado, lo que le obligó a retirarse anticipadamente a los 38 años.

Retirado en el pueblo de Salamanca donde echó raíces, Blanco González se dedica hoy a cuidar de su pastor alemán Kenzo y a seguir los partidos del Atlético de Madrid y de los New England Patriots, el equipo profesional de fútbol americano con sede en Boston del que se confiesa «seguidor impenitente». Es la vida tranquila de un «jubilado prematuro» que vivió años duros en sus destinos en el País Vasco (Tolosa, Vitoria y San Sebastián) muchos antes de que se consiguiera derrotar policialmente a la banda terrorista.

Hijo, nieto y hermano de guardias civiles, este técnico en desactivación de explosivos víctima de ETA accede a hablar con Elindependiente.com la semana en la que Telecinco ha emitido la miniserie El padre de Caín, basada en la novela homónima del ex secretario de Estado para la Seguridad Rafael Vera y que recrea la vida en el polémico cuartel donostiarra. Éste fue el último destino de Luis María Blanco, que cuenta públicamente sus vivencias por primera vez. Tan sólo pone una condición al periodista: pide que no se le identifique en la fotografía que ilustre la entrevista para poder seguir siendo un ciudadano anónimo.

Las supuestas torturas en Intxaurrondo que la serie televisiva ha vuelto a traer a la actualidad, la vida en el País Vasco de las décadas de plomo, la cercanía de la muerte, el papel de Francia en la colaboración de la lucha antiterrorista, la situación actual de ETA… No hay tema que se quede sin respuesta en esta conversación a pecho descubierto en la que este antiguo txakurra -‘perro’ en euskera y como la izquierda abertzale llama a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado- rompe su silencio y desnuda su alma.

Pregunta.-¿Sigue teniendo pesadillas con lo que ocurrió en la mañana de aquel fatídico 11 de noviembre?

Respuesta.-Jamás he tenido pesadilla con este tema. Cuando me iba a operar, el cirujano fue muy claro: él me dijo que las heridas aparatosas que me veía no le preocupaban prácticamente nada, que lo único que le preocupaba era el hígado. Me dijo que si al abrir me podía extraer el cuerpo extraño y recuperar el hígado saldría adelante. Fue un chute de adrenalina tremendo despertar y comprobar que estaba vivo. Yo daba el ojo por bien empleado. Eso también me ayudó a superar la situación.

P.-¿Podría reconstruir lo que sucedió inmediatamente antes del atentado?

R.-Yo estaba en la cama, en el cuartel de Intxaurrondo. Estaba a punto de terminar un servicio de 24 horas y, sobre las 8 de la mañana, sonó el telefonillo. Era mi jefe para decirme que nos habían lanzado una granada y que teníamos que salir. Di un bote y salimos en un coche camuflado mientras otro compañero iba a por el furgón en el que teníamos todo el material. Al llegar al lugar de los hechos comprobamos que la Policía Autonómica ya se había hecho cargo de la incidencia por medio de su propio equipo de explosivos. Se veían unas lanzaderas, me acerqué, vi cómo estaba el tema y me giré para decirle a mi jefe que desalojáramos aquello porque a mí no me gustaba. Me estaba girando cuando explosionó la base de una de las lanzaderas de granada que habían colocado allí, en las inmediaciones de Intxaurrondo.

P.-¿Qué heridas le provocó?

R.-Pérdida total de visión del ojo derecho, un trozo de metralla quedó en el hígado, la pleura y el diafragma también resultaron afectados, y diversas heridas en otras partes del cuerpo.

Fue un chute de adrenalina despertar y ver que estaba vivo. Daba el ojo por bien empleado»

P.-¿Qué falló aquella mañana?

R.-Digamos que no hicimos las cosas excesivamente bien. Nosotros llegamos con los hechos ya consumados, porque intervino directamente la Policía Autonómica. La Ertzaintza nos dejó entrar a todos porque consideraba que el tema estaba ya solucionado. Y hasta que la incidencia esté resuelta no se puede dejar entrar a nadie en la zona de riesgo, ya seas Tedax o el general Sanjurjo. Con esto no pretendo echarle la culpa. Cometieron un error y punto. A mí no me gustaba la situación, por la sensación de que no estaba completamente resuelta. Es por ello por lo que le comenté a mi jefe que habría que desalojar.

P.-Aquel atentado fue uno de los primeros tras la ruptura de una de las treguas. ¿Tenía el convencimiento de que ETA volvería a matar?

R.-Era evidente que iban a seguir atentando porque no habían conseguido dos de las condiciones irrenunciables que ya la Alternativa KAS puso sobre la mesa en 1976: la independiencia del País Vasco y la retirada de la Policía Nacional, la Guardia Civil y el Ejército de ese territorio. Fue una tregua conveniente para ambas partes. Para el Estado por razones evidentes y para ETA porque había llegado a una situación de agotamiento y apenas tenía explosivos para seguir funcionando. En aquellos momentos, lo del tiro en la nuca era muy esporádico, se tenían que ver muy obligados. Su principal actividad era la colocación de artefactos explosivos en sus distintas modalidades. Habían agotado el stock, por decirlo de alguna manera, y se veían imposibilitados de seguir adelante. Para mí y para muchos compañeros estaba bastante claro. Teníamos claro que volverían a atentar porque no habían conseguido sus objetivos. Una organización terrorista que no ejerce como tal ni es organización terrorista ni es absolutamente nada.

P.-¿De dónde salió el material para aquel atentado?

R.-Lo básico en aquel momento, los detonadores, lo sacaron de un robo cometido en Francia poco tiempo antes. También el explosivo, Titadyn.

Rafael Vera escribe de oídas y por informes. Si no me equivoco, estaba en un despacho en Madrid”

P.-¿Quiénes fueron los autores del atentado?

R.-No recuerdo sus nombres, porque una vez que ocurrió me alejé de este tema. Los juzgaron y los condenaron. De hecho yo asistí al juicio.

P.-¿Le vio las caras a quienes estuvieron a punto de matarle?

R.-Sí, era inevitable verles. En la Audiencia Nacional, para prestar testimonio, te sientan justo al lado de una urna de cristal donde están ellos. Yo además tenía interés por verlos.

P.-¿Por qué?

R.-Siempre tienes interés por ver a quien te ha hecho daño. ¿Por qué no los vas a ver? No pasa absolutamente nada.

P.-¿Tiene resentimiento?

R.-Yo no tengo un resentimiento especial. De los que son malos se espera que actúen con maldad. A mí me han causado un daño absolutamente irreparable. La inmensa mayoría de la gente que ha puesto sangre sobre la mesa ni sabía de qué iba, ni tenía nada que ver. Éramos chavales jóvenes que no entendíamos prácticamente nada. Lo que sí teníamos claro es que te querían matar. Era gente normal y corriente que se estaba tratando de ganar la vida con una profesión y punto.

P.-¿Se puede perdonar?

R.-No, lo que sí se puede es ignorar. Es mi forma particular de interpretarlo. Ellos querían hacer daño al que salió aquella mañana, ya fuera Luis María Blanco González o cualquier otro. Era alguien que vestía un determinado uniforme; les daba igual que fuera de izquierdas o de derecha, de la Real Sociedad o del Atlético de Madrid…

Es falso que la gente se apuntara a ir al País Vasco para ganar más. La mayoría eran forzosos”

P.-¿Sabía dónde iba cuando lo destinaron al País Vasco?

R.-Claro que sí. Yo fui allí obligado, no voluntariamente. Mucha gente tiene un concepto equivocado de la Guardia Civil…

P.-Está extendida la idea de que muchos guardias civiles pedían ir al País Vasco porque cobraban el doble.

R.-Eso es absolutamente falso, la inmensa mayoría de la gente iba en destino forzoso. Es verdad que allí tenías una serie de beneficios por la penalidad, pero no buscados voluntariamente. Te plantaban allí quisieras o no, bien es verdad que podías pedir la baja del cuerpo y asunto finiquitado. Recuerdo una visita a Tolosa, en la etapa del ministro José Antonio Barrionuevo, tras un atentado. Había muerto el día anterior un guardia y hacía una visita de cortesía al cuartel donde la víctima estaba destinada. Estaban en el patio y bajó la mujer de un compañero agarrada a un tricornio para pedirle al ministro que hiciera algo porque nos estaban matando como a ratas. Un general le contestó que en la Guardia Civil se estaba voluntariamente y que si su marido tenía miedo, que pidiera la baja. Barrionuevo le dijo: ‘General, se ha pasado usted’.

P.-¿Usted se planteó en algún momento pedir la baja?

R.-No. Hubo gente, los menos, que cuando salía destinada de forma forzosa  pedía la baja directamente y no subía [al País Vasco]. En mi caso, cuando hice la especialidad de Tedax, ¿dónde iba a hacer lo que me gustaba si no era allí?

P.-¿Por qué quiso especializarse como artificiero?

R.-Estando en Tolosa se cometió un robo en un banco. Bajé como seguridad y aparecieron los Tedax de San Sebastián. Me llamó la atención cómo trabajaban y que, en 1983, alguien en la Guardia Civil lo hiciera de paisano. Era algo insólito entonces, quitando a los grupos de Información que no trabajan ‘cara al público’. Y me gustó. Se me metió en la cabeza y acabé solicitando esa especialidad y ejerciéndola. Tampoco fue una vocación muy razonada (risas). Me he movido siempre en mi vida por impulsos. Y no siempre muy bien pensados, la verdad.

Sabía los riesgos que corría como artificiero. Es como si un torero se queja de las cornadas”

P.-¿Como haberse incorporado a la Guardia Civil?

R.-Hoy quizá buscaría otras salidas laborales. En mi caso no fue nada vocacional. Una mañana mi padre me dijo que si no quería estudiar ni trabajar, qué iba a hacer. Me preguntó que si solicitaba mi ingreso y le dije que sí. Una cosa llevó a la otra, otra a otra… No fue nada reflexionado. No te voy a decir que empujado, pero me vi ahí. Sin más.

Luis María Blanco, el pasado jueves en el pueblo de Salamanca donde reside.

Luis María Blanco, el pasado jueves en el pueblo de Salamanca donde reside. A. S.

P.-¿Qué rostro tiene la muerte?

R.-Yo tengo un grato recuerdo.

P.-¿Grato recuerdo?

R.-Temes a la muerte pero cuando yo creí que iba a morir sentí cierta paz y lo asumí con mucha tranquilidad. Llegado el momento, no parece que sea tan complicado. Me vi una herida en el costado de la que brotaba sangre y era consciente de que aquello era grave. Por las heridas, por mis sensaciones… pensaba que me iba a morir y que de aquella no salía. En ese sentido, fue una experiencia tranquilizadora pensando en cuando llegue realmente el momento. Esperemos que las sensaciones sean parecidas.

P.-¿Se arrepiente de haberse incorporado a la unidad de desactivación de explosivos?

R.-Es como si un torero se queja de las cornadas. Chico, pues no te metas. Sabía los riesgos que corría. Si escojo esa actividad y luego sufro un percance no me puedo quejar. Nadie me obligó a llegar a esa situación. Fui yo voluntariamente quien lo escogió.

No recuerdo que en ningún curso me impartieran clases de tortura u opresión”

P.-¿Va mucho por el País Vasco?

R.-Ya menos, pero no por nada en especial. Las amistades que yo tenía allí han ido cambiado de destino. No tengo ningún inconveniente y de hecho le he comentado hace poco a un amigo que por qué no nos damos una vuelta por allí. Yo guardo buenos recuerdos del País Vasco en general.

P.-¿Ha vuelto a pasar por Intxaurrondo?

R.-Sí. Volví para la despedida, a alguna visita esporádica…

P.-Está extendida también la idea de que el cuartel de Intxaurrondo se torturaba a los detenidos. ¿Fue esa la realidad que usted vivió?

R.-Yo, que ocasionalmente participé en algún interrogatorio, no recuerdo ese tipo de actividades.

P.-¿Pero lo reconocería si lo hubiera vivido?

R.-Por supuesto que se lo diría, fundamentalmente porque no vi ninguna. Otra cosa es si lo hubiera visto. A lo mejor mi respuesta sería diferente. No hay que olvidar que, por manual, cuando un miembro de ETA era detenido y veía a su abogado decía que lo habían torturado. Yo no voy a discutir que en algún caso hubiese habido algo de esto, pero no era el común denominador. No he visto absolutamente nada de esto ni recuerdo que en ningún curso de preparación me impartieran alguna clase sobre tortura u opresión. Si me hubiera visto en algún caso tendría que haber improvisado, porque más allá de las películas americanas… No he asistido a ninguna práctica de ese tipo.

En los interrogatorios se obtenía información para salvar vidas. La tentación era muy fuerte»

P.-Que no las haya visto usted no quiere decir que no existieran las torturas…

R.-Cuando hablamos de ETA, no hablamos de una banda de butroneros; nos referimos a gente cuyo principal ‘negocio’ es matar. Cuando se detiene a un miembro de ETA, se detiene a alguien relacionado con asesinatos, y se evita que continúe matando. Cuando en un interrogatorio se obtiene información sobre la organización  y sus miembros se salvan vidas. No quiero justificar nada, sólo exponer que la tentación es muy fuerte, y que entiendo la motivación del que sucumbe ante la tentación. Esta reflexión en los años 80, en una situación excepcional, tenía mucho sentido. Hoy creo que una cosa es hablar del invierno y otra pasar frío.

P.-¿Ha visto la miniserie televisiva El padre de Caín, inspirada en el cuartel de Intxaurrondo?

R.-Conozco de su emisión, pero estoy esperando a verla por otros medios porque tanta publicidad me aburre. La veré por curiosidad.

P.-¿Y qué espera ver en esa serie?

R.-Supongo que es una serie de ficción basada en hechos reales. Espero que haya cosas que se acerquen más o menos a mi vivencia y habrá cosas que no reconoceré.

P.-¿Que el guion esté basado en una novela del que fue secretario de Estado para la Seguridad durante los años duros de ETA, Rafael Vera, le merece algún comentario?

R.- Supongo que, por los cargos que tuvo en Interior, Rafael Vera conocería de primera mano lo que era el País Vasco y ETA pero, si no me equivoco, él estaba en un despacho de Madrid y los que morían y trabajaban por allí creo que no.

P.-¿Quiere decir que habla de oídas?

R.-Fundamentalmente, sí. De oídas y de informes.

Las manos del antiguo Tedax de la Guardia Civil, en un momento de la entrevista.

Las manos del antiguo Tedax de la Guardia Civil, en un momento de la entrevista. A. S.

P.-¿Cuál sería el libro que usted escribiría sobre Intxaurrondo?

R.-Se habla de Intxaurrondo como si fuera el infierno de la tierra, pero era mucho más duro estar en un puesto en una población pequeña que en Intxaurrondo. Llegar a Tolosa a principios de los ochenta y buscarte una coartada para decir que no eras guardia civil era harto complicado. Era una sociedad muy cerrada y donde era muy difícil integrarte. San Sebastián es una ciudad  más grande, turística, donde es más fácil buscarse una coartada de vida para pasar desapercibido. En Tolosa y en otros puestos de poblaciones pequeñas eras un paria social y sufrías dos tipos de condena: la de los que intentaban matarte y la social. Allí no eras aceptado. En Tolosa y en cualquier zona del Norte, siendo más difícil escapar en un pueblo pequeño de la condena social. No viví grandes duelos sociales y jamás leí una pintada que dijera ‘Viva la Guardia Civil’. Incluso con conocidos, eras un paria social. No eran sólo malas caras, eran reproches verbales y de otro tipo.

Entonces sufrías dos tipos de condena en Euskadi: la de los que intentaban matarte y la social”

P.-¿El fin justifica los medios en la lucha contra el terrorismo?

R.-No creo que nada justifique absolutamente nada. Yo siempre he creído estar en el lado de los buenos, en el lado de la ley.

P.-Usted proclama su respeto a la ley. ¿En algún momento recibió alguna orden que le obligaba a traspasar alguna línea roja?

R.-No, nunca la recibí. Básicamente hacíamos servicios de autoprotección, no teníamos una actividad con una segunda intencionalidad. De vez en cuando salías y ellos aprovechaban para intentar matarte.

P.-En Intxaurrondo usted coincidió con el general Enrique Rodríguez Galindo.

R.-Yo era un guardia de base y no tenía contacto directo con Rodríguez Galindo. Cuando yo llegué a Tolosa creo que estaba de comandante. Con sus aciertos y sus errores, fue alguien que se dedicó a hacer el trabajo que le encomendaron. Yo diría que lo hizo bastante bien, errores aparte.

P.-¿Cómo vivió el caso de los GAL, por el que Rodríguez Galindo fue condenado a 75 años por el secuestro y asesinato de Lasa y Zabala?

R.-Dicho ahora, quizá no signifique nada. Es lo mismo que si viene un abuelete contando batallitas de la Segunda Guerra Mundial. Estando allí, viviendo ciertas situaciones… No lo comparto, que quede claro. Yo estoy del lado de los buenos porque estoy del lado de la ley. Si traspaso esa línea estaría actuando como ellos. No comparto ese modo de actuación y es innegable que se dieron. Ahí están las pruebas. Vividas ciertas situaciones, en cierto modo se comprende. Que veas a un compañero muerto sin ninguna razón es una situación absolutamente inasumible. Es que era un día sí y otro también. Y luego no se entendía que recorrían 15 kilómetros hasta cualquier pueblo fronterizo y hacían vida absolutamente normal, la que yo no tenía, con absoluta impunidad. Y todos lo sabíamos. Eso era muy difícil de asumir. No te voy a decir que con el consentimiento del Gobierno francés, pero si no era eso era algo cercano. Si lo sabíamos nosotros que apenas podíamos circular por allí… Los que en aquellos momentos sufríamos acoso por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad franceses éramos nosotros, la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía.

No comparto los GAL y es innegable lo que se hizo. Vividas ciertas situaciones, en cierto modo se comprende”

P.-¿Puede explicar eso?

R.-Ya me gustaría. Para mí es inasumible. Te matan y encima caminan 15 kilómetros y llegan a un paraíso donde hacen vida absolutamente normal. Comen, cenan, alquilaban pisos… Viven en la calle, sus hijos iban al colegio. Y mientras a ti te mataban. Era absolutamente desquiciante.

P.-Quiere decir que si la contribución de Francia hubiera sido antes mucho más activa…

R.-…ETA habría estado derrotada bastante antes, sin duda. La sociedad vasca era muy cerrada en aquellos momentos. Era impenetrable. Buscar información sobre gente que se dedicaba a esto era muy difícil. Al primero que veían hablando contigo quedaba señalado. Si esta parte la tienes tapada te queda la vía confidente y buscar información en Francia, que era donde más fácil estaba, pero trabajando en unas condiciones absolutamente precarias. Allí era acosado por la Gendarmería francesa todo lo que olía a Fuerzas y Cuerpos de Seguridad españoles.

P.-¿Le encuentra alguna explicación lógica?

R.-Eso se lo tendría que preguntar a quien llevara la política en Francia en aquellos momentos. Supongo que su interés tendrían.

P.-La juez Levert acaba de ser reconocida en España por su contribución al derrocamiento de ETA.

R.-Me parece muy bien; extraordinario, fabuloso. Lo que me gustaría saber es dónde estaba el antecesor de la juez Levert en aquellos años.

P.-¿Le habría gustado ejercer en el País Vasco con una ETA derrotada policialmente?

R.-Con la edad que yo tenía y sin apenas haber salido del pueblo me vi en un mundo absolutamente desconocido para mí. Salvo que había que tener cuidado porque allí querían matarte, poco más entendía. La inmensa mayoría de los que estábamos allí queríamos pasar aquella época lo mejor y lo antes posible y si era posible salir entero, mucho mejor.

Antes te querían matar por ser español y hoy te pegan y te agreden por el hecho de ser español»

P.-A la vista de la situación en que se encuentra la banda, ¿la sangre derramada ha merecido la pena?

R.-Hombre, peor hubiera sido que ETA no se encontrara en esta situación. Por momentos, por lo que veo, intuyo que está a punto de estropearse. Si algo hicimos bien fue derrotar policialmente a ETA, eso está claro. Y ahora parece que entra el turno político; no sé por qué pero me da la sensación de que están a punto de estropearlo.

P.-¿Qué quiere decir con que a punto de estropearse?

R.-Tampoco quiero concretar. Lo que escucho, iniciativas, libros… Parece que algo se hubiese puesto en marcha para lavar la imagen de todo lo que sucedió allí durante aquellos años. Poco concuerda con la realidad que yo viví. Son unos delincuentes que se dedican a matar a gente, más allá de la motivación que tengan. Están derrotados. Si hemos acabado policialmente con el problema, no sé por qué le estamos dando tantas vueltas al problema.

P.-¿Espera el momento en que se produzca la entrega de las armas?

R.-Eso es algo simbólico. ¿Qué armas van a entregar? ¿Y eso qué significa? ¿Entregan la voluntad de utilizarlas y matar? ¿Se arrepienten de lo que han hecho? Me interesa más el arrepentimiento que la entrega de las armas. Arnaldo Otegui, entre otros, no tiene armas pero no ha entregado su voluntad ni su arrepentimiento.

Otegui no tiene armas pero no ha entregado su voluntad ni su arrepentimiento»

P.-Cuando ha tenido conocimiento de las agresiones a los agentes destinados en Alsasua, ¿le han recordado sus años en Tolosa?

R.-No, esa situación nunca se hubiera dado en Tolosa. En Tolosa no bajaría ningún oficial a tomar copas y menos con las novias. Era absolutamente impensable. ¿Salir a alternar o a comer o cenar? En alguna ocasión pero siempre en grandes grupos.

P.-¿Qué explicación le encuentra a las agresiones de Alsasua?

R.- Fundamentalmente, por la creencia de que esto está normalizado. Eso lleva a la confianza y a tratar de hacer una actividad normal como es salir a tomar una copa o a cenar en el convencimiento de que estás en cualquier parte de España en la que te sientes libre y seguro. Antes te querían matar por el hecho de ser español y hoy España es el único país donde te pegan y te agreden por el hecho de ser español. Curioso. En Francia te pueden pueden pegar por muchas cosas, pero no por ser español.

P.-¿El Estado se ha preocupado por usted?

R.-Nunca he tenido queja. El Estado se ha ocupado de sus representantes. Están pendientes de ti, se portan muy bien…