Fue la frontera la que definía la condición, refugio a un lado, territorio hostil al otro. Apenas unos metros separaban ambos mundos. A Daniel le tocó vivir, crecer, en el más oscuro y convulso. Hasta que un día cruzó la línea para conocer el refugio en el que se ocultaban aquellos a quienes odiaba con todas sus fuerzas. Fue su tumba en vida. A Daniel Fernández Aceña le vio nacer la frontera, la que fijaba el inicio del territorio que la presión terrorista y el entorno radical hacian asfixiante para una familia como la suya, nacida en Palencia, amante de España y contraria a los movimientos nacionalistas que campaban por sus respetos en su Irún natal. A apenas cuatro kilometros, Hendaya, la tierra prometida para los etarras que había jurado combatir y en la que se refugiaban bajo la indiferencia del Gobierno francés en los finales de los 70 y comienzos de los 80.

Daniel no era de los que se callaba. Se consideraba un defensor de los valores nacionales en la Euskadi posfranquista en la que las ansias separatistas resurgían con fuerza y en la que las simpatías hacia lo que había representado ETA en la última etapa del dictador eran aún numerosas. Ya adolescente, en su instituto las convocatorias en favor de la amnistía, las huelgas para apoyar el derecho de autodeterminación o las simples algaradas para celebrar la última acción terrorista contra un miembro de la Guardia Civil, el Ejército o la Policía le llenaban de rabia y le acercaban a pasos agigantados hacia el odio.

No era de los que se callaba. En su Irún natal se enfrentaba a los movimientos radicales

De convicciones patrias radicales, creció en un entorno en el que apenas un puñado de los de su generacion le secundaban. No era el único que atentado tras atentado en los años de plomo de ETA colmó el vaso de su paciencia y el de la lucha democrática. También a otros muchos se les rebasó. Los encontró en los cuarteles de la Guardia Civil que regían bajo el manto del gran centro del que sería uno de los  pilares de la guerra sucia contra ETA, el cuartel de Intxaurrondo a escasos 21 kilómetros de Irún. El hilo de conexión entre el cuartel de su municipio y el de la capital guipuzcoana pronto le convirtió en candidato a engrosar las filas de los «sicarios» que debían llevar a cabo las acciones de terrorismo de Estado impulsadas desde los poderes centrales y en las que el equipo que comandó el general Enrique Rodríguez Galindo jugaron un papel relevante.

Comenzó de informador, terminó de «sicario»

Aquel joven nacido en un pueblo de frontera, entre la España de posdictadura y la boyante y democrática Francia, decidió muy joven que debía hacer algo más que enrabietarse. El PSOE acababa de ganar las elecciones y los valores en los que creía también estaban en juego. Por eso eligió el camino oscuro, el mismo que aspiraba a combatir.

Comenzó a recorrerlo a comienzos de los años 80, primero como informador, después como ejecutor. Bajo el apoyo del que fue considerado GAL verde, según relató después, y con el apoyo de algún empresario afín, sus primeros trabajos fueron de mero informador. Vigilaba a los vascos que se habían refugiado en el País Vasco francés, lugar de refugio durante décadas de los miembros de ETA, potenciales objetivos de la guerra sucia. Nunca llegó a esclarecer cómo se gestionó y empleó la información que facilitó.

La prueba de fuego le llegó en marzo de 1984. Ese día cruzó la frontera. No lo hizo solo, iba acompañado de otros tres jóvenes que como él querían ir mas allá para acabar con ETA, emplear sus mismas armas. Conformaban el que se denominó comando Jauzubia y el objetivo contra el que atentar, un supuesto miembro de la banda terrorista que trabajaba en la cercana estación de tren de Hendaya, la misma en la que Franco y Hitler acordaron que España no fuera a la II Guerra Mundial.

29 años por asesinar a un ferroviario en Hendaya

Su víctima, Jean Pierre Leiba, no era de ETA pero murió por obra y gracia de aquel joven que no acostumbraba a callarse en el Instituto. Leiba era un empleado de la empresa ferroviaria. Daniel sólo tenía 25 años. Por aquellos disparos pasaría los siguientes 18 entre rejas acusado de asesinato y pertenencia a banda armada (29 años de condena).

Otro de sus acompañantes, ex legionario, Mariano Moraleda, también fue condenado por aquellos hechos. No está acreditado si fue su única acción como miembro de los GAL. Aún hoy queda por esclarecerse definitivamente si participó de algún modo en el asesinato, también en Hendaya y también empleado de la misma empresa en la que trabajaba Pierre, de Juan Carlos García Goena, en julio de 1984.

En prisión no recibió el respaldo que esperaba de mandos de la Guardia Civil

Fue el inicio de su caída patriótica. Convencido de que su red de apoyo en la Guardia Civil afín a los GAL saldría a su rescate o que la justicia sería benévola con él por el «servicio» al país en la lucha contra el terrorismo que lo asolaba, no tardó en sentir que se equivocaba. La soledad cada vez estaba más presente en su celda. Primero en la cárcel de Carabanchel, después en la prisión de Zamora. Fue allí donde le conoció uno de los abogados con mayor peso en el mundo de la izquierda abertzale en aquel entonces, Txema Montero. Lo hizo en 1987 a instancia de Daniel.

Le citó por carta asegurándole que tenía información relevante sobre el asesinato del pediatra y dirigente de Herri Batasuna, Santiago Brouard, que murió a manos de los GAL el 20 de noviembre de 1984. Después vendrían mas encuentros y más cartas cruzadas entre uno y otro. Montero lo recuerda bien: «Era un chico joven pero me llamó la atención el elevado componente fascista que tenía. Me contaba que tenía cierta dependencia con la Guardia Civil, etc. De alguna manera, diría que era algo mitómano y que le gustaba sobredimensionar todo lo que contaba».

Insistencia para ser detenido

A Montero llegó a relatarle detalles del asesinato que cometió en Hendaya, incluso de cómo se entregó a sus conocidos de la Guardia Civil. «Me dijo que tras asesinar a Leiba se escaparon corriendo hasta la frontera, que saltaron el control a lo loco y que se presentó ante el comisario de Irún ante el que, según decía, tuvo que insistir para que le detuviera».

Tras aquellas visitas de Montero las condiciones de Daniel en la prision de Zamora mejoraron, segun le relató. «Creo que le permitieron darse a valer ante sus jefes, me decía que le dejaban meter cordero de un asador cercano a la cárcel los domingos, que tenía un trato preferente». Daniel terminó por declarar en el juicio por el asesinato de Santiago Brouard, «aunque sin aportar datos muy precisos». Fue la última vez que se vieron.

Txema Montero: «¿Y si todo es una operación de los servicios secretos?

Los años pasaron, los GAL fueron desmantelados y condenados y la indiferencia hacia su situación creció. La distancia con el mundo que representó la guerra sucia, el cuartel de Intxaurrondo y la lucha antiterrorista se agrandó. Se impuso el frío.

No fue hasta julio de 1996 cuando a los 37 años comenzó a disfrutar de nuevo de la libertad, aún condicional. Lo hizo con otro gobierno, el del PP, intentando reconducir los valores por los que había batallado. Ya no le movían del mismo modo. En febrero de 2004 por fin cerró la etapa que le llevó a dejar en prisión casi un tercio de sus 59 años.

Fascinación por la violencia del Daesh

Con la plena libertad, Daniel se dedicó a recuperar el tiempo perdido. Ya no era el mismo que entró en la cárcel de Carabanchel en 1984. Había cambiado. Años después, y según él mismo relata en las redes sociales, se dedicó a viajar, a encauzar su rechazo, su odio acumulado por otras vías. Optó por cruzar su enésima frontera, esta vez lejana, la del yihadismo. Viajes a Afganistán, Palestina o Siria, además de los vídeos «escabrosos» que según la Policía y la Guardia Civil, con la que un día colaboró, poseía en su casa, son indicios de ello.

Quizá su fascinación por la violencia y sus ganas de romper con su pasado le llevaron a subirse al argumentario de otras tesis que sustentan el empleo de la violencia o la simple curiosidad extrema la que le motivó y le hizo vulnerable para ser captado por las eficaces redes del islamismo radical. Sólo él lo sabe.

O quizá nada de eso ocurrió. Txema Montero no se quita la pregunta de la cabeza, parece demasiado rocambolesca la historia de un «sicario» de los GAL reconvertido en una amenaza suicida del Daesh en Segovia: «Yo no descarto nada. Es una mera hipótesis, pero quizá este hombre nunca ha dejado de tener relación con los servicios secretos. La pregunta es, ¿de qué ha vivido desde que salió de la cárcel? Muchos de los que salieron de los GAL vivieron del narcotráfico, otros han ido tirando de aquí y allá, ¿pero él?

Y sus preguntas sin respuesta no cesan, «¿y si ha estado trabajando de modo informal para los servicios secretos y ha sido detectado -quemado- y la mejor forma de sacarle de ahí era esta detención? Veremos el trato que le depara judicialmente. Si sale a la calle después de estar casi sin condena o si no tenemos noticias de él será una cosa rara…». La respuesta llegará. Sólo es cuestión de tiempo concluir si Daniel vuelve a cruzar una nueva frontera para malgastar otra porción de su vida en la cárcel o si todo forma parte de un capítulo de una vida repleta de malas compañías.