Antes y después del Brexit. El populismo fue la palabra del año 2016, pero el Brexit estaría en los puestos de honor y seguirá en nuestro consciente durante décadas. Unos economistas de Citigroup acuñaron el Grexit en 2012, para referirse a la eventual salida de Grecia de la UE, y de ahí surgió el Brexit (Britain más exit, salida de Reino Unido), un divorcio al que hemos llegado previo referéndum. ¿Será un divorcio para siempre? ¿Estamos ante un proceso sin marcha atrás?

¡Qué lejos queda ahora ese 24 de junio, cuando conocimos los resultados del referéndum sobre la salida del Reino Unido de la UE! Empezamos a saber lo que era asomarse al precipicio y desde ahí hemos ido encadenando abismos: la victoria del emperador populista, Donald Trump, en EEUU; la derrota de la reforma constitucional de Matteo Renzi en Italia, y antes incluso el portazo al proceso de paz en Colombia. Las urnas se olvidaban de lo políticamente previsible y correcto.

En la consulta del pasado verano ganó el sí al Brexit por un 52% frente al 48% de los votos, y acudieron a las urnas más de 30 millones de personas en todo el Reino Unido. Eso sí, en Escocia ganó claramente la opción del remain (quedarse) por un 62% frente a un 38% y en Irlanda del Norte también (un 55,8% dijo sí a la UE, frente a un 44,2%). La primera víctima política del referéndum fue el primer ministro conservador, David Cameron, que defendió permanecer, aunque se negociara un nuevo estatus.

Le sucedió la conservadora Theresa May, que curiosamente por aquel entonces también era partidaria de seguir en la UE. El principal defensor del Brexit, que proclamó que la jornada era el «día de la independencia» del Reino Unido, fue Nigel Farage, líder en ese momento del Ukip (Partido de la Independencia del Reino Unido), formación eurófoba desde su nacimiento.

Después de casi siete meses de impasse, la primera ministra, Theresa May, ha dado a conocer esta semana su plan de desconexión: un Brexit duro, es decir, una salida que incluye también dejar el mercado común. May también anunció que las dos cámaras se pronunciarían sobre los términos de la salida de la UE, pero no desveló qué pasaría si los legisladores contradicen el resultado del referéndum.

“Es mejor que no haya acuerdo, que un mal acuerdo”, sentenció, y evocó aquella jornada de junio como el día en que “elegimos construir un auténtico Reino Unido global”. Queda claro el tono del discurso de May al ver la reacción del ex líder del Ukip Nigel Farage, quien dijo en su cuenta de Twitter: “Apenas puedo creer que la primera ministra use ahora las frases y palabras por las que me han ridiculizado durante años”.

Farage: «Apenas puedo creer que May use las palabras por las que me ridiculizaron durante años»

Según Miguel Ángel Benedicto, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea, el proceso “puede tener marcha atrás. Si el Parlamento rechazara los términos del divorcio, se quedarían dentro. En teoría se podría interrumpir el proceso, pero hoy por hoy no parece probable».

A Didac Gutiérrez-Peris, director de Asuntos Europeos en Viavoice de París, le parece difícil revertir el Brexit en sí. “Todo es posible, aunque más que revertir la decisión, creo podría negociarse un texto que luego haya que cambiar o modificar cuando las cámaras se pronuncien”.

El proceso de salida de la UE se empezará a poner en marcha cuando se invoque el artículo 50 del Tratado de Lisboa, una novedad que en su momento no atendía a demanda concreta alguna. Groenlandia se integró como territorio de Dinamarca en 1973, pero votó a favor de salir en dos ocasiones. Sigue ligada a los Tratados a través de la Asociación de los países y territorios de ultramar.

Reino Unido será, por tanto, el primer país que deje el club europeo y que pida que se aplique el artículo 50, algo que, según confirmó May se solicitará en marzo. Está pendiente que el Tribunal Supremo decida si se requiere que apruebe la decisión el Parlamento británico. Cuando se votó el referéndum, dos tercios de la Cámara de diputados apoyaban seguir en la UE. Hoy en día, incluso el líder laborista, Jeremy Corbyn, ha abogado por no contradecir la voluntad popular.

El antieuropeísta Arron Banks, patrocinador del Brexit, advierte de que con la posibilidad del voto “May ha abierto la puerta a un golpe de los partidarios de que nos quedemos (remain)”, dijo en el Daily Express. Será improbable que lo hagan si el Supremo determina finalmente que se decida en el Parlamento si se invoca el artículo 50, pero quién sabe dentro de dos años… Los liberaldemócratas son quienes más defienden que el divorcio no se lleve a término. Según su líder, Tim Farron, May se ha visto obligada a admitir que “el artículo 50 sería revocable”.

Sobre la inminente decisión del Supremo sería lógico que decidiera que se pronuncie el Parlamento porque, según exponía en El Mundo la catedrática de Derecho Internacional Araceli Mangas, “el artículo 50 exige que el Estado miembro debe cumplir sus normas constitucionales para formalizar la voluntad de retirada: el referéndum no es procedimiento internacional para poner fin a un tratado”. El Reino Unido se adhirió con la previa autorización del Parlamento británico en 1972.

En cuanto se invoque el artículo 50 las partes cuentan con dos años para formalizar lo que los medios llaman acuerdo de divorcio. Podría haber una prórroga si el Consejo Europeo por unanimidad lo aceptara, y si no fuera así, se procede a la desconexión total. A la vez, o posteriormente, se negociarían nuevos tratados comerciales como se haría con un tercer país.

Las 12 prioridades

Theresa May expuso su plan con 12 prioridades y pocas concreciones. Las 12 prioridades son: 1. Certeza; 2. Un Reino Unido más fuerte; 3. Fortalecer la unión; 4. Zona libre de pasaporte con Irlanda; 5. Control de inmigración; 6. Garantizar los derechos de los nacionales europeos en Reino Unido y viceversa; 7. Proteger los derechos de los trabajadores; 8. Libre comercio con los mercados europeos; 9. Nuevos acuerdos comerciales con países no comunitarios; 10. Colaboración con Europa en ciencia e innovación; 11. Cooperación en la lucha antiterrorista; 12. Brexit suave y ordenado.

Remarcó al presentar su plan que quería que el club europeo tuviera éxito. “Dejamos la UE pero no dejamos Europa”, aseguró. Este fin de semana, en el Financial Times, May asegura que va a defender ante Trump el fuerte vínculo con la UE, y remarca su importancia, sobre todo, en cuestiones de seguridad. “Con las amenazas que afrontamos no es momento para cooperar menos”, afirma la premier británica. Precisamente, ayer se anunció la visita de May a la Casa Blanca la próxima semana.

May, que la próxima semana visitará la Casa Blanca, va a defender el fuerte vínculo con la UE

Para González-Peris, «la estrategia de May es suicida. No podrá garantizar ni lo que pide, ni podrá cumplir lo que promete: «Si observamos casos como el CETA o el TTIP, veremos lo complicado e incierto que puede ser un proceso así”. Es, a juicio del investigador, una derrota antes de jugar el partido. “Primero dijo que se quedarán en el mercado único y con controles para inmigración, pero se ha retractado. Ahora recurre a amenazas veladas para referirse a nuevos acuerdos comerciales. May renuncia al mercado único, antes de empezar a negociar”.

Coinciden los expertos en que el proyecto que ha esbozado May busca “un traje a medida” para los británicos. “La Comisión ha de mostrar unidad absoluta frente al órdago del Brexit duro de May. Las líneas rojas son las cuatro libertades -libre circulación de trabajadores, de mercancías, de servicios y de capitales-. Lo que May expuso es que les interesan acuerdos sobre servicios financieros o ciencia y tecnología, porque les resulta ventajoso, pero sin las obligaciones… Si consiguen un traje a medida, abrirían la puerta a que otros también quieran salir en condiciones ventajosas”, señala Benedicto. “Los británicos tienen más que perder. El 50% de las exportaciones británicas van a la UE. En toda negociación hay un fuerte y un débil, y aquí el débil es el Reino Unido”, añade.

Según Borja Lasheras, director del European Council of Foreign Relations (ECFR) en Madrid, “ahora sabemos cuál es la posición del Reino Unido y se inicia un proceso en el que Alemania será clave. La estrategia pasa por lograr una relación cordial con el Reino Unido pero sin vulnerar el proyecto europeo”. Lasheras cree que este Brexit duro “no mejora la posición negociadora del Reino Unido, sino que la empeora… Podrían haber obtenido concesiones para quedarse, no las conseguirán una vez que deciden irse”, afirma, y concluye que los británicos aún no se han hecho a la idea de lo que van a perder. “Viven en una especie de autoengaño y en la UE empiezan a no contar con ellos. Todos perdemos pero el Reino Unido pierde más. Sobre todo, pierde influencia”, subraya este convencido europeísta.

Durante los dos años en los que se negocie el divorcio desde que  Londres invoque el artículo 50, seguirán rigiendo las normas comunitarias. Los británicos pretenden que a la vez se negocien los tratados que las suplen, pero el proceso es complejísimo y podría durar entre cinco años y una década, según los expertos. De acuerdo con la prensa británica, el embajador británico en la UE, Sir Ivan Rogers, se retiró precisamente cuando sus advertencias sobre la duración del proceso, una década, salieron a la luz pública. El profesor de Leyes de la Universidad de Durham Thom Brooks ya dijo el verano pasado que la cuestión la heredaría la próxima generación. “Son 42 años de tarea legislativa, una tarea descomunal”, decía Brooks, firme partidario de un segundo referéndum. Apunta Benedicto que podría darse incluso para votar la nueva realidad post divorcio.

Lo que subyace con el Brexit es esa sensación de los británicos de que realmente Europa es una quimera frente a la realidad de los Estados Unidos de América. Lo dijo Margaret Thatcher, a quien ahora invocan los Brexiters como una gurú: “EEUU es un glorioso ejemplo de cómo un lenguaje, una cultura y unas instituciones comunes han creado un pueblo que venía de todas las esquinas del globo”. Sin embargo, Thatcher consideraba que “Europa es una construcción completamente artificial salvo en lo geográfico. No tiene sentido sumar a Beethoven y Debussy, Voltaire y Burke, Vermeer y Picasso, Notre Dame y St. Paul, la carne asada y la bullabesa, y presentarlos como ejemplos europeos de una realidad musical, filosófica, artística, arquitectónica o gastronómica”.