Por primera vez desde 1945 hay un presidente en Estados Unidos que no considera prioritaria la relación con Europa. Donald Trump hará historia y la Unión Europea ha de tomar conciencia de que el orden mundial está cambiando y deviene en un desorden basado en la negociación más que en los valores comunes. «El destino de Europa está en sus propias manos», clama la canciller Angela Merkel, con la intención de que no cunda el pánico. Nada será igual con Trump, ni después de Trump. Europa vive su Año Cero.

Una anécdota reciente, relacionada con una de sus propiedades en Irlanda, ilustra bien cómo concibe el nuevo presidente de EEUU la Unión Europea. Un caracol llamado vertigo angustior, especie amenazada y protegida en la lista roja europea de la UICN, venció al Goliat neoyorquino. Trump tuvo que renunciar a construir un muro alrededor de su campo de golf en la localidad de Doonbeg, debido a las leyes medioambientales promovidas por la UE, meros «trucos» a ojos del magnate, hoy presidente de Estados Unidos. Para el presidente y su equipo la UE se ocupa más de los caracoles que de hacer negocios y de asumir responsabilidades con sus aliados.

Si Henry Kissinger se preguntaba a quién llamaba si quería hablar con Europa, a Donald Trump le basta con saber el número de la primera ministra británica, Theresa May, con quien quiere reforzar la llamada «relación especial». Alaba el Brexit y a quienes lo han promovido como Nigel Farage, y los que aspiran a tener ocasión de desmantelar la UE, como Marine Le Pen en Francia, le veneran.

«Si bien es cierto que Trump adopta la queja del establishment de que EEUU sufraga la defensa europea y no invierte lo que debería en seguridad y defensa, da un paso más allá con su retórica antieuropea y con su apoyo a quienes con su narrativa quieren destruir la UE», selaña Borja Lasheras, director del European Council of Foreign Relations (ECFR) en Madrid.

Trump da un paso más allá con su retórica antieuropea y con su apoyo a quienes quieren destruir la UE

Este antieuropeísmo de Trump ha llevado al candidato del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) a la cancillería, Martin Schulz, a acusarle de ser «antiamericano», en una entrevista con el grupo mediático Funke. El ex presidente del Parlamento Europeo afirmaba: «EEUU siempre ha estado por la ilustración, la democracia y la libertad. Si Trump trabaja ahora contra estos valores, como canciller le diría que ésa no es la política de Alemania ni la política de Europa».

A Trump le ha secundado Peter Navarro, a cargo del Consejo Nacional de Comercio, que ha arremetido contra la supremacía alemana en lo que más duele en Berlín: el dinero. Según Navarro, el euro es una especie de marco tuneado y está intencionadamente devaluado para favorecer las exportaciones alemanas. La canciller contestó diplomáticamente que Alemania no influía en el euro y que siempre había apoyado un BCE independiente.

Otro combatiente antieuropeísta en la Administración de Trump, Ted Malloch, designado como embajador ante la UE, anticipa la desaparición de la moneda única en 18 meses y asegura que las elecciones en Francia, Holanda y Alemania «sacudirán los cimientos de la Unión Europea».

El Parlamento Europeo ha pedido a los jefes de Estado y de Gobierno que rechacen a Malloch. Para Lasheras, la propuesta de Malloch es «un acto hostil» de Trump hacia la UE, que ha de luchar con «enemigos internos», como Hungría, defensor de políticas xenófobas y autoritarias. Quien lo está haciendo bien, a juicio de Lasheras, es la canciller Angela Merkel, que es «correcta en las formas y firme en el fondo».

Donald Tusk asegura que ‘la amenaza real es que los europeos no estemos unidos’

La reacción a este giro copernicano en el viejo amigo americano, ahora reconvertido en latente amenaza, fue la carta a los Veintisiete del presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk. Sin nombrar a Trump, señalaba que el cambio en Washington coloca a la Unión Europea en una situación difícil, dado que parece que la nueva administración cuestiona los últimos 70 años de política exterior estadounidense. En la cumbre de La Valeta, el viernes, sin embargo, Tusk moderaba el tono y señalaba: «La amenaza real es que los europeos no estemos unidos».

«El problema es que la UE no cuenta con una sola voz y que su déficit comercial es el mayor después de China, pero China sí tiene una sola voz, por ejemplo. Quien antes garantizaba la seguridad es ahora el mayor exportador de riesgo político y quien amenaza el  orden internacional liberal. Lo que debería hacer la UE es ser más autónoma, pero está muy lejos de serlo, apenas cinco países dedican el 2% del PIB a defensa, y su endeudamiento no ayuda», señala Álvaro Imbernón, profesor de Instituciones Europeas en la Universidad Nebrija.

Cinco vías para responder a Trump

Para Judy Dempsey, investigadora en Carnegie Europe y editora del blog Strategic Europe, los líderes europeos podrían responder por las siguientes cinco vías: «La integración debería ser una prioridad, no un proyecto elitista. Todos los países deberían suscribir los valores de la UE, no burlarse de ellos como ahora hace Hungría, Polonia y Rumanía. Deberían tomarse la defensa en serio para hacer frente a las amenazas internas y externas. También han de acelerar los acuerdos comerciales, prerrogativa de la Comisión, no de los Estados miembros. Y, por último, afrontar su política sobre Ucrania porque afecta a su seguridad y sus valores. Para todo ello la UE requiere voluntad política y dotes para comunicar sus propósitos».

Con similares términos se expresaba Wolfgang Münchau en el diario Financial Times esta semana en un artículo titulado Cómo Europa puede evitar caer en la trampa de Trump, donde propone cuatro acciones fundamentales: «En primer lugar, urgiría a que los países miembros de la UE aumenten al 2% del PIB su presupuesto de defensa para cumplir con la OTAN. Activaría, en segundo lugar, el mecanismo de salida del Reino Unido lo antes posible para negociar un nuevo acuerdo comercial con la aprobación de las instituciones europeas. En tercer lugar, la UE debería potenciar las relaciones económicas con China. Y en cuarto lugar habría que reforzar la eurozona, teniendo en cuenta que las uniones monetarias se consolidan con unión política».

Según Imbernón, «lo que mejor hace la UE es moverse en el ámbito del comercio y es ahí donde puede ocupar huecos, y encontrar nuevas oportunidades, incluso también atraer talento que ahora no vaya a EEUU, como está haciendo Canadá». El problema, remarca Imbernón, es que parte de la reacción de Trump, y de quienes le apoyan, «obedece a un choque cultural y para quienes tienen esta visión la UE es un tótem que hay que derribar».

Para Trump todo es una negociación… Pues negociemos pero adelantándonos para ir con una única voz»

Los expertos están de acuerdo en que Europa ha de tomar la iniciativa con Trump y, sobre todo, no quejarse sino actuar. «Debe ser más pragmática y buscar la manera de influir en la nueva Administración. Sin sacrificar sus principios europeos, tiene que hablar con Washington sobre sus diferencias, eso sí, con buenos negociadores europeos. Para Trump todo es una negociación, y todo estará sobre la mesa… pues negociemos pero adelantándonos para ir con una única voz. El éxito es imprevisible pero no imposible», afirma Carlota García Encina, investigadora especializada en EEUU del Real Instituto Elcano.

A juicio de García Encina, sería peligroso que esta tensión transatlántica se tradujera en un mayor antiamericanismo. Según un estudio realizado por ECFR, en colaboración con Dalia Research, la gran mayoría de los estadounidenses perciben a Europa como un aliado valioso, a pesar de la retórica del nuevo presidente, y un 67% de los europeos valoran positivamente la relación con EEUU.  Un 55% de los europeos cree que Trump va a dañar la relación transatlántica.

Sobre la OTAN, esa organización que Trump considera «obsoleta» y de la que a su juicio se aprovechan los europeos por no contribuir lo suficiente económicamente, también podría cimentarse la negociación con Trump, según García Encina. «A Trump le viene muy bien que la OTAN siga desempeñando el papel de garante de seguridad en algunas áreas, de modo que puede ser un buen comodín con el que negociar», añade la investigadora.

De las crisis la Unión Europea suele salir reforzada. Al menos ha sido así hasta ahora, cuando se celebran en marzo los 60 años del Tratado de Roma. Cabe esperar que del tsunami Trump también surja la oportunidad de una Unión Europea renovada. «La UE podría cambiar su papel, dejar de ser una socia de segunda categoría de Estados Unidos, y construir su política exterior propia. Pero hay tres problemas que dificultan este objetivo: la inercia de la relación con Washington; las divisiones internas en la UE; y el ascenso de fuerzas políticas afines a Trump en Francia, Alemania y Francia, principalmente», afirma Mariano Aguirre, senior adviser en el NOREF de Oslo.

Donald Trump no es Adolf Hitler. El gran peligro es una guerra de Estados Unidos con China»

En palabras de Didac Gutiérrez-Peris, director de estudios europeos en el instituto de opinión ViaVoice, «Trump brinda la oportunidad a la UE de activar y acelerar lo que ya existe pero nunca se ha implementado: la fuerza diplomática y política de una Unión que habla al unísono», y pone como ejemplo hacer uso de su papel de superobservador en la ONU, o seguir la línea del Parlamento Europeo a la hora de rechazar a Malloch para «poner límites a la Administración Trump».

El riesgo es hacer lo mínimo para impedir la hecatombe pero sin cambios radicales que permitan un avance sustancial. «Necesitamos una forma diferente de ser europeos, más solidaria, menos neoliberal, y más democrática», señala Anthony Barnett, fundador de Opendemocracy, para quien no hay que dejarse engañar. «Trump no es Hitler. El gran peligro es una guerra de EEUU con China».

El mundo tal y como ha girado desde la posguerra está dejando de existir. Ahora vivimos en una confusión en la que parece que Donald Trump sigue los pasos de Alicia en el País de las Maravillas. «Si yo hiciera mi mundo todo sería un disparate. Porque todo sería lo que no es. Y entonces, al revés, lo que es, no sería, y lo que no podría ser, sí sería». Para los caracoles y los amantes de las normas un laberinto en el que Europa está encerrada con el minotauro.