Hace dos años hubiera estado preparando clases de Historia del Arte para los alumnos de su ikastola. Continuando la vida tranquila que llevaba, disfrutando de su vocación y sin tensiones. Hoy, Joseba Asiron vive subido en una montaña rusa que comienza a controlar. Su despacho acumula historia y metros cuadrados y no menos reuniones tensas. Fuera de él, el clima va por días; convulsos algunos, de satisfacción otros.

Este doctor en Historia, corpulento, de trato afable y sonrisa fácil, ha comenzado a acomodarse en el papel que accedió a cumplir: ejercer como el primer alcalde de la izquierda abertzale de la capital navarra. El alcalde del cambio, tras tres lustros de gobiernos de UPN, no ha dejado indiferente a nadie. Los suyos aplauden sus batallas contra los símbolos del franquismo, la monarquía o el impulso del sentimiento abertzale en Pamplona. En la oposición, en cambio, sienten el cambio como una afrenta populista con ínfulas nacionalistas.

Asiron simboliza la nueva izquierda abertzale, la que se distancia de ETA con una condena expresa y algo contenida pero que no es nueva. Él ya lo hizo hace 19 años, en 1998, cuando pocos en ese mundo se atrevían. Condenó el asesinato de Tomás Caballero, concejal del Ayuntamiento que hoy preside. Paradoja que no gusta a los radicales abertzales.

Acusa al movimiento Pro Amnistía y Contra la Represión (ATA) de “poner palos en las ruedas” del nuevo tiempo de paz, “para revivir aquel escenario de sufrimiento que hemos tenido durante décadas”. Tampoco la derecha no nacionalista más extrema lo acepta. Es a este entorno al que acusa de las pintadas amenazantes aparecidas a comienzos de mes contra él: “Me lo tomo con deportividad”. Una fractura por los extremos de la sociedad navarra que parece cronificarse en una polarización social que viene de lejos, “diría que de antes de la II República; siempre ha sido una sociedad muy polarizada”.

Pregunta.- ¿Qué hace un profesor de ikastola metido a político y ejerciendo de alcalde de Pamplona?

Respuesta.- Eso me pregunto yo. Nacía en 1962, me tocó la Transición con 13-15 años. Los que nacimos en aquella época hemos vivido la política de un modo especial. Yo siempre, de alguna manera, he estado en política si la entendemos en sentido amplio. He estado en movimientos sociales, en la coordinadora en contra del pantano de Itoiz y otros temas. Es cierto que me pregunto muchas veces qué hago yo aquí. Yo era feliz dando mis clases de historia del arte y siempre he dicho que no me considero otra cosa más que un profesor de historia del arte, nada menos, que ahora está eventualmente como alcalde.

P.- ¿Qué es la política para usted?, ¿cómo la concibe?

R.- Etimológicamente viene de polis, del gobierno de la ciudad. La política municipal es el escalón más cercano al ciudadano y es el más duro porque es muy rocero. Aquí falta la cortesía parlamentaria de otros ámbitos, la política es muy encarnizada, aunque también muy gratificante.

P.- Llega en un momento complicado y tras un pacto con la oposición para desplazar a UPN después de 16 años ocupando la alcaldía. El clima enrarecido con el que comenzó su mandato está lejos de diluirse.

R.- Llego a la política en el momento más maravilloso de los últimos 40 años. Por primera vez me encuentro en mi ciudad con un escenario ausente de violencia. Si no hubiera sido así, yo no hubiese entrado en política. Con violencia de ETA o de cualquier otro signo no estaría, es algo que no va con mi manera de ser y de entender la convivencia. Por eso digo que es un momento maravilloso. Yo cuido mucho las palabras y diría que no estamos aún en la paz. La paz es mucho más que ausencia de violencia. Para que realmente estemos en paz debe haber pasos a todos los niveles. Esta semana se ha anunciado el desarme de ETA, una magnífica noticia. Espero que desde otros ámbitos, instituciones y también desde Madrid se den de una vez pasos en el mismo sentido. Afortunadamente, no estamos ni en 1985 ni en 1995, sino en 2017 y ya es hora de que todos nos demos cuenta de que estamos en un escenario nuevo.

Con violencia de ETA o de otro signo no estaría en política; no va con mi manera de ser y de entender la convivencia»

P.- Hace 19 años, en 1998, usted ya condenó el asesinado por parte de ETA de un concejal de UPN, Tomás Caballero. Entonces hubo concejales de la izquierda abertzale que no lo hicieron. ¿Se siente con la responsabilidad de abrir nuevos caminos y ejercer de puente entre las posiciones más duras de la izquierda abertzale y el resto?

R.- Firmé entonces y firmaría ahora aquel comunicado de condena. Rechazábamos el asesinato de Tomás Caballero. Desde entonces han cambiado mucho las cosas, ETA está en proceso de desarme y la izquierda abertzale, que no es ETA, ha hecho un proceso de reflexión y autocrítica muy profundo tras el cual lamenta el dolor infligido a todas las víctimas.

P.- Pero aún hoy a muchos les cuesta condenar de modo expreso y contundente a ETA y su pasado…

R.- Entraríamos en la guerra semántica. Aquí hace años el Ayuntamiento estaba dividido entre quienes condenaban y lamentaban, que no deja de ser una cuestión de tradiciones semánticas dentro de los partidos que tiene poco sentido. En el fondo de la cuestión, lo que todos debemos hacer es repudiar cualquier tipo de violencia, y utilizo este término a propósito, ni uno ni otro término, es sinónimo de los dos. La paz no es ausencia de violencia: es otra serie de cosas, fundamentalmente trabajar por la convivencia. Es la clave y donde tenemos que ir. No sé si tengo un papel referencial en ese camino, yo sigo donde he estado siempre, donde estaba en 1998 y donde estoy en 2017.

P.- Cuando asumió la Alcaldía dijo que trabajaría para superar las “fosas y murallas” que dividen a la sociedad navarra. En 21 meses que lleva como alcalde, ¿su gestión ha cubierto las fosas y ha reducido las murallas o las ha cavado y agrandado aún más?

R.- Sin duda, creo que ahora estamos más cerca de un escenario de normalidad. Desde la izquierda abertzale se han dado muchísimos pasos. Probablemente desde otros ámbitos también se ha avanzado pero soy consciente de que aún hay resistencias. Un ejemplo es lo sucedido en los incidentes del 11 de marzo, que recordaban a otras épocas. Ha habido quien lo ha llamado kale borroka, en fin. Al día siguiente, en la Junta de Portavoces, los seis partidos del Pleno nos unimos en un texto para repudiar. Fue un único texto firmado por todos los partidos por primera vez en la historia reciente de esta ciudad. Ese es un paso. Por desgracia, al día siguiente UPN se desdijo en el Parlamento de Navarra y votó en contra el mismo texto. Yo me quedaría con que se están dando pasos y todo el mundo lo siente, pero aún hay sectores que se resisten a aceptar que estamos en un escenario nuevo.

¿Condenar o lamentar a ETA? Es una cuestión de tradiciones semánticas. Lo que todos debemos hacer es repudiar toda violencia»

P.- Habla de resistencias en ambos lados. ¿A qué se refiere, de qué resistencias habla?

R.- En el mundo abertzale o nacionalista de izquierdas está claro que hay una disidencia. Los acontecimientos del 11 de marzo proceden de una disidencia que, no seamos ingenuos, se produce en este momento en el que se están dando pasos y además en Pamplona, no en una ciudad donde gobierne el PNV u otro partido. En una ciudad que gobierna un alcalde de EH Bildu. No son casualidades, las cosas no ocurren al azar. Esos incidentes se producen para poner palos en las ruedas del cambio en Pamplona.

P.- ¿Quién pone esos palos?

R.-  Es un sector, no querría decir siglas por no darles más… pero está claro que hay un sector disidente de la izquierda abertzale que fue quien convocó aquella jornada.

P.- ¿Se refiere a ATA (Movimiento por la Amnistía y Contra la Represión)?

R.- Sí, claro. Es un colectivo que está poniendo en solfa el proceso de paz que se está llevando en Euskal Herria y los pasos que se están dando desde la izquierda abertzale por superar ese escenario de sufrimiento. Al final, esa disidencia que quiere boicotear el cambio en un lugar como Navarra y Pamplona. Coincide en la estrategia con quienes desde la derecha están intentando lo mismo, no me cabe ninguna duda al respecto. Al final esa mayoría social de Pamplona que apostamos por otro tipo de conciencia lo que vemos es que hay sectores de la sociedad que ponen palos en las ruedas del camino y lo que pretenden es recuperar, revivir aquel escenario de sufrimiento que hemos tenido durante tantas décadas. No estamos dispuestos.

P.- En Navarra han aparecido amenazas y pintadas poco habituales contra un representante de la izquierda abertzale, como las que se hicieron contra usted. ¿Quién le está amenazando: ATA, sectores radicales de la derecha navarra…?

R.- Las pintadas amenazantes e insultantes hasta ahora procedían del ámbito de la derecha. No soy consciente de que desde la izquierda, sí en redes sociales y tuits. No me siento especialmente amenazado. Yo estas cosas me las tomo con deportividad, creo que forman parte del oficio de alcalde y les doy una importancia relativa. Seguro que alguno me critica por decir esto, pero creo que estamos haciendo lo correcto y que la historia nos pondrá en un lugar destacado de la historia reciente de Pamplona. Quien no se sitúe en este nuevo marco de convivencia es porque ni entiende la ciudad ni ha entendido el momento político-histórico que vivimos.

P.- El momento que vivimos se caracteriza por la ausencia de violencia de ETA y el anuncio de su desarme en dos semanas. Usted es historiador, ¿en qué lugar de la Historia colocaría a ETA y con qué balance tras 50 años de violencia terrorista?

R.- ETA surge en un momento muy duro de la historia de Euskal Herria, en un contexto en el que el franquismo se cebó de modo especial. Surge ante la necesidad de algunos sectores de responder a la violencia con violencia. A partir de ahí, ETA lleva una evolución en la cual sectores de la izquierda abertzale, en momentos diferentes, hemos entendido que no era una vía que llevara a ningún sitio. Afortunadamente, ETA llega también a la conclusión de que hay que cesar con el empleo de la violencia y que la lucha armada no tiene cabida y que hay que continuar la lucha con la misma energía, con el objetivo irrenunciable que es el derecho del pueblo de Euskal Herria a la autodeterminación pero por otras vías. No puedo sino felicitarme por eso, porque lo he pensado siempre. ¿Dónde colocará la Historia a ETA? Depende de qué sectores y quién haga el análisis de modo muy diferente.

Siempre he pensado que el empleo de la lucha armada en una democracia está fuera de lugar»

P.- Usted, Joseba Asiron, el historiador: ¿Dónde la situaría y de qué modo?

R.- Joseba Asiron la pondría en el entorno de una banda, una organización armada que ha intentado conseguir unos objetivos que políticamente pueden ser defendibles, como la independencia, la autodeterminación o el socialismo, pero por unos medios que desde mi punto de vista, en este momento y aquí, no tienen cabida. ¿Eso quiere decir que yo siempre rechace la lucha de los pueblos? No, ni mucho menos. Depende de en qué circunstancias… ¿Quién critica hoy al Ché Guevara? Creo que ni en lo más central del Estado español se diría que no era legítima la lucha del pueblo español contra Francia… No intento comparar pero por contextualizar. Aquí ha habido unos objetivos políticos, ha habido quienes siempre hemos pensado que debían haber sido por medios pacíficos, ha habido quien no compartiendo eso ha empleado la lucha armada.

P.- Pero aún se reclama a la izquierda abertzale una condena de la historia de ETA y una posición más explícita que no se da. ¿No cree necesario que la izquierda abertzale dé ese paso?

R.- Hoy en día los sectores mayoritarios -y, desde luego, el sector en el que yo me sitúo- han rechazado de manera explícita el recurso a la lucha armada, la violencia, como se le quiera llamar. Todos debemos asumir de dónde venimos. Me pregunto si la lucha armada, en el entorno de una dictadura fascista, es o no es legítima. Si a mí me preguntan, entonces era un crío, creo que es legítimo luchar por todos los medios por la libertad y la democracia.

P.- Pero la mayor parte de la historia de ETA, de sus crímenes, se han cometido en democracia…

R.- Sí, por eso creo que en una democracia, aunque sea con una calidad cuestionable y defectos, el empleo de la lucha armada está fuera de lugar, lo he pensado siempre. En este momento la lucha de los pueblos no tiene cabida. ¿Hay que rechazarla siempre? No, ni mucho menos. Depende de las circunstancias.

P.- ¿Va a acudir a Bayona el 8 de abril, al denominado Día del desarme?

R.- Me encantaría. Va a ser un hecho histórico en la historia de nuestro pueblo.

P.- El desarme de una banda terrorista, ¿es algo que merece la escenificación popular y la pátina de pseudo día festivo en la que parece que se quiere contextualizar?

R.- El verdadero paso se dio cuando ETA decidió dejar las armas. Desde entonces se han dado pasos. Ahora llega el desarme unilateral y definitivo. Para que fuera un momento feliz se deberían dar otros pasos como la política de dispersión de presos a cientos de kilómetros que no tiene sentido y que sólo castiga a las familias. Estamos en un marco diferente y esa convivencia será la que dé el paso a la paz y no sólo a la ausencia de violencia.

P.- El Ayuntamiento que preside ha decidido liderar las denuncias contra los crímenes del franquismo. ¿Por qué decide dar ese paso? ¿Será algo más simbólico que efectivo?

R.- Espero que no. Pamplona es una ciudad donde no hubo frente de guerra y, sin embargo, hubo una represión terrible. Un estudio de la Universidad Pública de Navarra ha revelado la existencia de 309 ejecuciones sumarísimas y 1.300 personas represaliadas, en una población de 40.000 habitantes entonces. Fue feroz. Cuando hemos cogido la Alcaldía hemos encontrado calles con nombres franquistas como el de Conde de Rodezno, que se dice que firmó más de 50.000 sentencias de muerte, o a Mola y Sanjurjo, fascistas, dirigentes del golpe que estaban enterrados con honores militares. Y te preguntas: ¿Cómo no nos vamos a poner en la punta de lanza de la memoria histórica si en esta ciudad no se había hecho nada? La verdadera pregunta es cómo hemos llegado al año 2017 sin que se hayan dado los pasos mínimos. Vamos a seguir hasta el final porque partimos de la convicción de que lo que ocurrió fue un genocidio, un delito de lesa humanidad. Estamos persuadidos de que la querella tiene vuelo y recorrido; si no, sería una decepción más de lo que es la justicia en el Estado.

No estamos abriendo heridas sino cerrándolas. No tenemos ningún afán de revancha, pero sí un ansia de resarcimiento de las víctimas»

P.- Usted ha arremetido contra los símbolos del franquismo, de los reyes, etc. ¿Dónde está el límite entre hacer justicia y emprender una revancha?

R.- Se puede responder de muchas maneras. Lo más gráfico sería contar el caso de la exhumación de los restos de Mola y Sanjurjo y otros seis requetés navarros. ¿Qué hubiera sido revancha? Sacarlos sin respeto, coger los restos y aventarlos en el campo o enterrarlos en una cuneta escondida: eso hubiese sido revanchismo. Nosotros sólo le dimos normalidad. Extraer los restos con respeto y entregarlos a las familias de modo privado y ordenado. No hubo ni asomo de revancha. No tenemos ningún afán de revancha, pero sí un ansia de resarcimiento de las víctimas, eso sí.

P.- ¿Dónde establecería el equilibrio entre querer cerrar una herida sin abrir otra?

R.- No es posible que recuperar a las personas de las fosas suponga abrir ninguna herida. Se quiere devolver las cosas a un estado de normalidad. La Plaza de Rodezno hoy es la Plaza de la Libertad, ¿a quién ofende eso? Si el Monumento a los Caídos se convierte en un memorial de los derechos humanos, eso no puede ofender a nadie. No estamos abriendo heridas, estamos cerrándolas, dándoles normalidad. Nadie entendería que en Alemania estuvieran enterrados con honores los gerifaltes nazis, sería inconcebible. La pregunta es cómo no se ha hecho antes.

P.- ¿Qué hace falta para que el clima social se normalice en Navarra y la convivencia pacífica entre las dos Navarras se instale? En la vecina Euskadi parece que toma cuerpo ese mayor entendimiento entre las dos sensibilidades, la nacionalista y no nacionalista, pero aquí, en cambio, se aleja.

Pamplona fue la capital de un Estado conquistado por la fuerza y exijo la devolución de nuestros derechos históricos como pueblo»

R.- Sí, es cierto. Aquí de siempre, en la Transición, en la Dictadura, en la II República, y dirían incluso que en el Carlismo, la sociedad siempre ha estado muy polarizada, desde siempre. Y mucho. Ahí están las raíces del enfrentamiento que nos ha sacudido. Pero creo que el escenario está cambiando. Yo salgo habitualmente por la calle y la gente veo que toma las cosas con normalidad. La sociedad de Pamplona se está dando cuenta de que hay muchas maneras de hacer la cosas y no sólo una, la de la derecha que llevaba tiempo diciendo que detrás de ellos no había nada más que el caos. Llevamos dos años gobernando y todos los días amanece y funciona con normalidad la ciudad. Se ha caído ese escenario apocalíptico que polarizaba a la sociedad de Pamplona.

P.- ¿Veremos el abrazo entre la Navarra española y la Nafarroa abertzale, entre la Navarra de derechas y la de izquierdas? ¿Lo verán sus hijos, sus nietos o ni siquiera ellos…?

R.- ¡Espero verlo yo…!  Para llegar a una situación normalizada hacen falta más pasos en favor de la convivencia. Y ahí hay que tener en cuenta un tema como el que está sacudiendo las aspiraciones de la sociedad catalana. También aquí hay un pueblo que tiene unas aspiraciones. Mi manera de vivir la problemática nacional de Euskal Herria es que yo soy de Pamplona, que fue la capital de un Estado conquistado por la fuerza, y yo como político abertzale y de izquierdas lo que exijo es la devolución de nuestros derechos históricos como pueblo. Eso es clave. Hoy en día ponerle trabas al derecho de autodeterminación de los pueblos es insólito cuando ves los procesos que salen adelante en Escocia o en Canadá. Aquí vamos contracorriente negando el derecho de los pueblos.