Sábado 12 de julio, a las 16.00 horas. A esa hora, ese día de 1997, el reloj terminaría de descontar los minutos y agotaría el plazo de 48 horas dado por ETA. Salvar la vida de Miguel Ángel Blanco se había convertido en una batalla contra el tiempo que en realidad desde el primer segundo se veía perdida. La decisión de ambos lados del cruel chantaje tenían sus posiciones decididas desde el inicio: la banda, acabar con la vida del joven concejal de Ermua en venganza por la liberación de Ortega Lara y, el Gobierno de José María Aznar, no ceder al chantaje de acercamiento de presos a Euskadi a modo de rescate por la vida del concejal.

Pero en aquella macabra cuenta atrás que mantuvo en vilo a todo el país había que intentar ganar la batalla a ETA. Incluso pese a lo que el entonces consejero de Interior, Juan María Atutxa, dijera en privado, como en ocasiones anteriores, que “ETA siempre cumple sus amenazas”. Volver a vencer como se hizo sólo diez días antes con la liberación de José Antonio Ortega Lara sería casi imposible. Lo fue. El convencimiento pasaba por centrar todos los esfuerzos en Guipúzcoa, la provincia donde más posibilidades había de encontrarle. El entorno de Mondragón volvía a ser un punto clave.

El entonces consejero de Interior vasco, Juan María Atutxa, ya advirtió que “ETA siempre cumple sus amenazas”.

Gobierno español y vasco pusieron todos sus efectivos a trabajar en uno de los operativos más importantes jamás llevados a cabo y en el que la coordinación entre Ertzaintza, Guardia Civil, Policía Nacional y la Gendarmería francesa fue esencial. La Policía Autonómica vasca se haría cargo de peinar la mitad del territorio y los otros dos cuerpos policiales otro cuarto del territorio restante cada uno. Registros de caseríos, seguimiento de objetivos, teléfonos pinchados, cruce de información de los servicios de inteligencia… Cualquier pista podría ser esencial.

Coordinación “plena, detallada y exhaustiva”

Dos décadas después, la Consejería del Interior reconoce que desde el punto de vista policial “tuvimos el convencimiento de que ETA no estaba dispuesta a negociar y tenía la decisión tomada”. No había mucho que hacer pero había que intentarlo. El Jefe de Investigación Criminal de la Ertzaintza, en colaboración con la Unidad de Información y Análisis, se puso al frente del operativo para movilizar y coordinar los operativos policiales y los servicios de inteligencia.

No quedó ni un recurso sin exprimir. Habría que localizar al comando que lo tenía secuestrado. “Fue una coordinación plena, detallada y exhaustiva”. Además de peinar Guipúzcoa, el flujo de información se intensificó sobremanera en busca de una pista que pudiera permitir dar con Miguel Ángel. Desde el punto de vista político se activaron todos los frentes, se llamó a la puerta de la izquierda abertzale en busca de mediación, incluso dirigentes de la entonces HB como Patxi Zabaleta exigieron públicamente clemencia a ETA.

La colaboración ciudadana fue excepcional, permitió movilizar recursos con informaciones previas muy válidas”

Una de las grandes sorpresas con la que se encontró el operativo de búsqueda fue el elevado nivel de colaboración ciudadana con el que contaron, desconocido hasta entonces. Incluso desde el entorno de la izquierda abertzale comenzaba a aflorar un rechazo evidente a ETA. “La colaboración ciudadana fue excepcional, permitió movilizar recursos con informaciones previas muy válidas”, recuerdan desde la Ertzaintza. Un material que llevó en ciertos momentos a generar “la sensación de estar en el buen camino”.

Sin embargo, en los últimos momentos la mayor esperanza, incluso la de los operativos policiales en marcha, se limitaba al impacto de la movilización social provocada en todo el país y en especial la que desbordó las calles de Bilbal en demanda de libertad para Blanco. “Hubo mucha esperanza en la expresión social. Se hacía difícil pensar que con un clamor popular tan claro y contundente ETA fuera a hacer lo que acabó haciendo. Policialmente no fuimos tan optimistas”.

Descalzo, maniatado y con dos tiros

Cuando poco después de que el plazo expirara se localizó el cuerpo de Miguel Ángel en un descampado de Lasarte (Guipúzcoa), cerca del puente viejo de cocheras, supieron que su peor premonición se había cumplido. Había estado en manos de uno de los pistoleros más crueles de ETA, Francisco Javier García Gaztelu, Txapote, condenado por los asesinatos de Gregorio Ordóñez, Fernando Múgica, José Luis Caso, José Ignacio Iruretagoyena o Manuel Zamarreño.

Había estado en manos de uno de los pistoleros más crueles de ETA, Francisco Javier García Gaztelu, ‘Txapote’

Descalzo, maniatado y con dos tiros en la cabeza, así encontraron dos cazadores y sus perros a Miguel Ángel tras escuchar los tiros. Aún con vida, y sin ser del todo conscientes de que se trataba del joven concejal del PP, lograron avisar al servicio de emergencia que lo trasladó de urgencia al Hospital Nuestra Señora de Aranzazu de San Sebastián, donde poco después falleció.

Tras el aviso, Guardia Civil y Ertzaintza montaron un dispositivo en Lasarte y en todo el perímetro cercano al lugar donde apareció el cuerpo de Miguel Ángel. Pese a ello, el dispositivo policial pronto se tuvo que enfrentar a una reacción imprevista, alimentada por horas de espera tensa: una violencia desconocida contra sedes y simpatizantes de la izquierda abertzale. En no pocos municipios, entre ellos Ermua, el grito de “a por ellos” se extendió en forma de agresiones que la propia Ertzaintza tuvo que empeñarse a fondo para evitar. “El ambiente de enfrentamiento social requirió de un esfuerzo de prevención y contención importante. Atendimos todas aquellas situaciones, que no siempre fueron fáciles de resolver”.