Cuando ETA lo asesinó Miguel Ángel era apenas un niño de 12 años. Habrían de pasar más de tres lustros para que las mismas siglas, las mismas armas, la misma intransigencia le condenaran a idéntico final. En su caso la sociedad se movilizó para intentar evitarlo, en cambio, en el de su hermano no hubo opción. Exceptuando la familia del concejal del PP, aquellos días de julio quizá nadie sufrió más que ella. De entre los millones de personas que salieron a la calle, que alzaron la voz y mostraron sus manos blancas, probablemente las de Regina fueron las que más dolor ocultaban. Todo le hacía revivir los momentos más tristes de su vida, el contexto, la amenaza y la consecuencia. Cuando durante aquella cruel cuenta atrás Ermua tomó la calle, ella no lo dudó y sumó su voz debilitada.

En aquella riada popular de indignación muchos ni siquiera recordaban que a Regina ETA le marcó su vida para siempre 17 años atrás. Hoy el lapso de tiempo del fatídico 6 de noviembre de 1980 es aún mayor, casi 37 años. Pero el dolor que ETA le inyectó sigue aflorando como un trago amargo en su garganta al relatarlo. Esa noche la banda terrorista asesinó a su hermano Sotero en la vecina Eibar (Guipúzcoa) y a su amigo José Alberto Lisalde. Regina Mazo Figueras apenas puede atender a El Independiente, los recuerdos dolorosos se agolpan aún en su memoria. El impacto del vigésimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco ha hecho que acumule ya demasiados días reviviendo el drama, su drama.

Aún hoy en Ermua la historia de su hermano, peluquero de profesión, pocos la conocen. Quedó pronto olvidada, más aún tras el pulso criminal que ETA plantó al Estado con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, convecino suyo en Ermua, y que copó gran parte del recuerdo e imaginario social en torno a las víctimas.

El apoyo recibido tras el asesinato de su hermano en 1980 poco tuvo que ver con el que recibió Miguel Ángel, «nos hemos sentido muy olvidados»

Sotero Mazo Figueras fue asesinado por ETA junto a su amigo José Alberto Lisalde, Policía Nacional. Sucedió en torno a las 22.30 horas del 6 de noviembre de 1980. Fueron los muertos número 115 y 116 de aquel fatídico año de plomo y a tres meses del intento de golpe de Estado. Ella no sintió el arrope social, apenas un millar y medio de personas salieron en repulsa por el asesinato de Sotero y el silencio que se vio forzada a guardar por el clima social aún le duele. Tampoco olvida que la marcha posterior de repulsa a punto estuvo de terminar con altercados tras cruzarse con un grupo de violentos al grito de “Gora ETA militarra!” (Viva ETA militar).

Reparar el olvido

Este mediodía el Ayuntamiento de Ermua intentará reparar el olvido. Como ya hiciera el año pasado, volverá a recordar a Sotero Mazo, -cuya familia se afincó en el municipio hace ya décadas y donde aún hoy residen tres de sus hermanos-, en el mismo acto en el que hoy honrará la memoria de Miguel Ángel Blanco. El acto, que se celebrará en el parque San Pelayo, estará presidido por el alcalde Carlos Totorika y se desarrollará ante el monolito de las víctimas obra de Agustín Ibarrola.

Regina es una víctima del terrorismo en Ermua, como lo son sus hermanos. En contraste con la repercusión e impacto social y mediático que siempre rodeó el asesinato de Miguel Angel Blanco, ella sólo recuerda el olvido que siguió al asesinato de su hermano. Preguntada por el apoyo recibido en estas casi cuatro décadas transcurridas desde que ETA asesinó a Sotero afirma entre sollozos que “nos hemos sentido muy olvidados”. Al revivir aquellos días de noviembre de 1980 en Ermua sólo acierta a señalar que fueron “muy duros” y sobre todo “porque tenías que callarte”.

Con lo de Miguel Ángel yo salí a todo lo que había que salir, pero claro, a mi me dolía en especial lo mío»

Esta mañana Regina acudirá al acto que el Consistorio de Ermua celebrará ante el monolito que recuerda a Miguel Ángel Blanco y en el que también se tendrá un recuerdo para su hermano. No estará toda la familia, alguno de sus hermanos prefiere no participar, “no quieren saber nada”. Cuando revive lo sucedido durante las 48 horas de ultimátum dados por ETA al Estado para salvar al joven concejal del PP señala que “yo salí a todo lo que había que salir pero claro, a mí me dolía en especial lo mío”.

Hasta aquí. Regina prefiere dejar ahí la conversación. Recordar se le hace aún muy duro, el paso del tiempo no ha curado, sólo ha mitigado, “y yo soy ya una persona mayor”, repite. La historia de su familia se asemeja a la de muchas de las que en los años 60 y 70 se asentaron en Ermua y en la vecina Eibar, las dos localidades industriales que se separan Vizcaya y Guipúzcoa.

Los padres de Regina y Sotero llegaron al País Vasco procedentes del pequeño municipio de La Garganta (Cáceres). Instalados en Ermua, años después Sotero se lanzaría a abrir una peluquería de caballeros en Eibar, a escasos cuatro kilómetros de Ermua, donde vivían sus padres. Es allí donde entabla amistad con José Alberto Lisalde, nacido en Órgiva (Granada), Policía Nacional, casado y padre de dos hijos.

El ‘plan b’ de un crimen frustrado

Como él, aquel agente destinado en el País Vasco vivía con intensidad los oscuros comienzos de los años 80 en Euskadi, cuando el azote terrorista lo impregnaba y condicionaba todo y la presión contra los inmigrantes aún pervivía. Aquel policía había llegado de Eibar procedente de Madrid en 1978. Quienes le conocieron le describen como un hombre cariñoso, cortés, generoso y amigo de los animales y la naturaleza. ETA lo asesinó cuando tenía 27 años. A su amigo, Sotero Mazo, con apenas 35. Ambos eran padres de dos hijos.

En realidad, José Alberto y Sotero fueron el fatídico ‘plan b’ del comando de ETA que vivía oculto en un piso de Eibar. La noche del 6 de noviembre tres terroristas habían hecho guardia a la salida del cine Coliseo de la localidad guipuzcoana. Estaban convencidos de que dentro varios policías disfrutaban de la película, no en vano como en otros muchos asesinatos de la banda, un chivato se había prestado a pasar información. Bastaba con esperar para acribillarlos. No los localizaron, entre el público no vieron a los agentes. Frustrados, iniciaron el regreso a la casa de Fidel González, otro miembro de la banda que había alojado en su casa al comando.

El comando de ETA asesinó al policía José Alberto Lisalde y al peluquero Sotero Mazo tras no localizar a los agentes que esperaban a la salida del cine

De regreso observaron estacionado en la calle Carmen de Eibar el Seat 1.600 propiedad del agente, que tenían identificado. Esperaron. Cuando José Alberto Lisalde y Sotero Mazo subieron, les siguieron. Bastó una parada para bajarse del coche, acercarse al vehículo del policía y su amigo y disparar hasta en cinco ocasiones. ETA reivindicó poco después el asesinato. La familia llegó a pedir explicaciones a la banda a través de una carta abierta en la que recordaba cómo sentían, como miles de inmigrantes venidos de fuera, a la tierra vasca como suya y cómo la peluquería de Sotero fue un punto de encuentro clave para su integración.

En 1982 Fidel González y Francisco Fernando Martín Robles fueron condenados a 47 años de prisión. En 2003 Pedro Pikabea Ugalde, alias Kepa de Hernani fue condenado como autor material de los disparos a 54 años de prisión. El tercer autor del asesinato, Juan María Oyarbide, había fallecido en 1989 durante un enfrentamiento con la Guardia Civil.