El día ha sido tan bronco que las declaraciones de Sáenz de Santamaría parecían sacadas de un concierto de La Polla Records. Aquello de “lo llaman democracia y no lo es” empezó siendo todo un himno punk, llegó luego a las calles con el 15-M y ahora lo corean en Moncloa mirando al hemiciclo catalán. Tiempos confusos éstos.

El día que el Govern tenía pensado aprobar en el Parlament la norma de ruptura con España, más que a un choque de trenes, la escena ha terminado por parecerse a una de esas peleas del hemiciclo japonés que de vez en cuando amenizan telediarios y programas de zapping.

Más que un choque de trenes, la escena parecía una de esas peleas del hemiciclo japonés

Pero no han llegado a las manos. Ni cuando Inés Arrimadas ha acusado a Carles Puigdemont de estar a punto de cometer “el mayor error de la democracia” ni cuando el president catalán, en vez de responderla, ha aprovechado para arremeter contra Sáenz de Santamaría por practicar la “amenazocracia”.

Contra Madrid el independentismo vive mejor sus contradicciones. Lo malo es que el guirigay jurídico en el que se ha metido hoy él solito desarma la coartada de que la culpa de todo la tiene España. Ver a la presidenta del Parlament catalán hacer oídos sordos a sus propios parlamentarios y al Consejo de Garantías no le ha hecho ningún favor a la causa que ella misma defiende.

Hoy España tampoco se ha roto. Porque la vergüenza ajena une mucho

Hoy España tampoco se ha roto. Porque la vergüenza ajena, que es un sentimiento profundamente español, une mucho. Es difícil encontrar traducción en otros idiomas a esa idea de sentirse abochornado por lo que hace otro, porque en otras culturas la vergüenza es intransferible. Aquí la compartimos. Será porque el qué dirán nos importa más que al resto. Y de un sentimiento no se puede independizar uno así como así, diga lo que diga el Constitucional.