Es el objetivo de no pocos y el temor de otros muchos. Se llama homogeneización y hace tiempo que sobrevuela a las víctimas de la violencia en Euskadi coincidiendo con el proceso de construcción de un relato de lo sucedido en décadas de violencia terrorista en el que está inmersa la sociedad vasca. Aflora en forma de apelaciones a “las violencias” padecidas por un amplio amalgama de víctimas; las de ETA, las de los GAL, las de las represión franquista, las de la política penitenciaria… También de equidistancias dolorosas. Por ello la pregunta parece pertinente: ‘Víctimas, ¿todas iguales o todas diferentes?’. Se la hizo hace un año la Fundación Fernando Buesa en un encuentro con expertos del ámbito de la sociología, el derecho, la psicología clínica y las instituciones de apoyo a las víctimas del terrorismo. Una interpelación a la que acompañó un intento por encontrar respuestas en forma de “Caracterización y respuestas ante un fenómeno complejo”.

El informe de conclusiones ha sido presentado esta tarde en Vitoria en forma de libro. Una de las más relevantes señala que a todas las víctimas, independientemente del origen o causa que las convirtió en tales, les une el sufrimiento, su derecho a ser reconocidas y reparadas. También se afirma que les diferencia de modo significativo el origen que les convirtió víctimas y que lo que las clasifica será el tipo de memoria que sobre ellas exista en la sociedad.

No todas las víctimas precisan del mismo tipo de recuerdo, como se pretende desde diversas iniciativas homogeneizadoras”

El informe presentado hoy concluye que no todas las causas de victimización pueden ser comparables ya que “no todas precisan del mismo tipo de recuerdo, como se pretende desde diversas iniciativas homogeneizadoras”. El documento afirma que estos intentos por equiparar a víctimas de ETA, del terrorismo de Estado o de la represión franquista en ocasiones pretenden en ocasiones “una indulgencia de la sociedad”.

“El caso de la izquierda abertzale es claro. Su voluntad es escribir el futuro con una página en blanco y a esos efectos lo mejor es correr un denso velo, hacer un borrón y cuenta nueva y apelar al argumento de que todos hemos sufrido y nos debemos a todos los sufrimientos de todas las víctimas”, asegura Antonio Rivera, vocal del Instituto de Historia social Valentín de Foronda y catedrático de Historia Contemporánea  de la UPV. “Su intención es que no quede claro el papel de ETA en estos 40 años y verse limpio de polvo y paja en su vinculación y adhesión hacia la política criminal de ETA”.

Un ‘lenguaje unificador’ para «manipular» a la sociedad

El informe de conclusiones añade que bajo la consideración de víctima se esconden realidades muy distintas en su origen y en su tratamiento y que por tanto recurrir, voluntaria o inconscientemente a un lenguaje “unificador” supone un maltrato añadido a su condición, además de “manipular a la sociedad y evitar abordar la cuestión con garantías”. Pese a que todas las víctimas son merecedoras de “empatía y solidaridad”, su consideración indistinta “resulta injusta” y desacertada, se señala. Reiteran que son precisamente las causas de origen; el terrorismo de ETA o de Estado, la violencia de motivación política o las de maltrato machista las que dan sentido a cada uno de los colectivos.

Si no establecemos diferencias entre las víctimas  nos estamos negando a entender, a comprender por qué las cosas han ocurrido»

“No es lo mismo una víctima de una acción terrorista que una víctima de accidente de tráfico cuando viajaba a visitar a su hijo en la cárcel. Si no establecemos esa diferencia en realidad nos estamos negando a entender, a comprender por qué las cosas han ocurrido y por tanto no podremos establecer la solución para que las cosas no vuelvan a suceder”, señala Rivera. El catedrático de la UPV reconoce que este tipo de consideraciones se mueven por un terreno “resbaladizo” y que establece que todas deben ser iguales en su reconocimiento y reparación “pero deben ser diferentes”.

Respecto al proceso de construcción del relato en el que ahora está inmerso el País Vasco, Rivera asegura que se está procediendo a una categorización de las víctimas en dos bloques: “Ahora se ha establecido una disyuntiva con las víctimas. Están las del franquismo y la guerra civil y las víctimas del terrorismo. Si te preocupas de unas eres de un color y si te preocupas de otras eres de otro. Eso no es así. Aquí deberíamos volver al argumento de que todas son iguales en cuanto a su consideración de víctimas”.

Reconocimientos ‘rutinarios’

Rivera recuerda cómo la consideración como víctima en realidad no la hace la propia víctima, sino que la otorga el reconocimiento de la sociedad. “En realidad, la víctima es una construcción social. Si no es vista así por la sociedad no es una víctima real, lo será sólo para sí. De alguna manera es lo que sucedió en los años 70 u 80 con los guardias civiles y militares que asesinaba ETA, en aquellos años la empatía estaba más con los entornos de la organización terrorista o quienes morían en acciones policiales”.

La sociedad se cansa y cuando esos reconocimientos a las víctimas se convierten en ruina pierden buena parte de su valor»

Rivera recuerda cómo hasta que el colectivo de víctimas de ETA no comenzó a organizarse no existió un reconocimiento y cómo fue creciendo hasta finales de los 90. “Entonces quizá se produjo un exceso de reconocimiento, un exceso conmemorativo que volvió a situar a ese sujeto social, a esas víctimas, en la nada”: “La sociedad se cansa, esos reconocimientos se ‘rutinizan’ y con la rutina pierden buena parte de su valor. Por eso algunos autores hablan de la necesidad de volver a solemnizar las ocasiones en las que se brinda ese reconocimiento”.

Cerca de que se cumplan seis años desde que ETA anunció el cese de sus acciones terrorista el 20 de octubre de 2011, el papel y situación de las víctimas del terrorismo se enfrenta a la amenaza del olvido por parte de la sociedad. Según Rivera se explica en el intento de la sociedad de “escapar de ese recuerdo de dolor”. Apela por ello a que sean las instituciones las que mantengan la responsabilidad de no olvidar el reconocimiento y reparación hacia las víctimas. “El ciudadano común no puede vivir cada día con ese recuerdo pero las instituciones deben tenerlo siempre presente”.