Cuando Benito Mussolini aprovechó el periodo de entreguerras (1918-1939) para poner en pie el fascismo debía estar satisfecho de la originalidad de una idea por la que acabó colgado boca abajo en una gasolinera de la Plaza Loreto de Milán. Allí, humillado por el pueblo y expuesto como símbolo de la ideología sanguinaria que había intentado arrasar Europa, no colgaba un pionero sino un plagiador.

Este fin de semana, la alcaldesa de Barcelona Ada Colau ha destapado una exclusiva mundial: el primer fascista de la historia era español y había muerto una década antes de que el fascismo siquiera existiese. Pascual Cervera y Topete, almirante de la Marina militar, fallecido en Cádiz en 1909, recordado por la batalla naval de Santiago de Cuba del 3 de julio de 1898. Homenajeado en la Ciudad Condal con una calle que unía el puerto con La Barceloneta y que desde este domingo se llama Pepe Rubianes, en honor al cómico, al que según la alcaldesa le habría gustado que “su amado público se haya reunido para quitarle el nombre de esta calle a un ‘facha’ y ponérselo a él”.

El almirante debió ser un facha extravagante. No sólo el primero, también el único que se ganó la idolatría de Fidel Castro, el comunista que durante cinco décadas gobernó la Cuba que Cervera quiso defender de los norteamericanos. Un siglo después del desastre recibió en Santiago al buque Juan Sebastián Elcano, a bordo del cual viajaban dos descendientes del militar, los tenientes de navío Pascual Cervera Burgos e Ignacio Carvajal Cervera. Fidel se refirió a su ancestro como un “héroe”, y ambos recordaron con el dirigente los pormenores de la batalla: “Se sabía todos los detalles”. “Sentimos un gran respeto por los marinos españoles recordando la hazaña de Cervera, algo inolvidable”, afirmó Castro.

La predicción del desastre

La hazaña de Cervera fue ciertamente trágica. Comandaba a una marina de capacidades ridículas en comparación con la joven y potente flota estadounidense. Cruceros de madera, algunos con la artillería pesada sin montar, y barcos contratorpederos de fuego ligero enfrentados a acorazados y cañoneros de última generación. Una batalla perdida de antemano, pese al fervor belicoso que inundaba a la sociedad, la política y la prensa española en los meses previos a la confirmación del desastre del 98. El almirante Cervera era consciente del negro futuro de la campaña. Por eso fue dejando constancia por escrito de sus objeciones y dudas respecto a la orden incuestionable enviada desde Madrid: luchar.

Sólo podrán arrebatarnos nuestras armas cuando, cadáveres ya, flotemos sobre estas aguas, que han sido y son de España’

Los barcos españoles llevaban bloqueados en el puerto de Santiago desde mediados de mayo. Mientras los políticos de la capital bramaban en el Congreso por el orgullo de la patria y la necesidad de enfrentarse al enemigo, Cervera había rechazado durante mes y medio las ideas de sus subordinados. El capitán Fernando Villaamil propuso lanzarse contra los puertos de Nueva Orleans, Miami, Charleston, Nueva York y Boston para obligar al enemigo a replegarse. Su colega Joaquín Bustamante recomendó abandonar el puerto, pero hacerlo de noche o con mal tiempo para tratar de salvar alguna embarcación y un puñado de hombres. El almirante optó por hacerlo el 3 de julio, a plena luz del día, a primera hora de la mañana, con buen tiempo y con buen mar.

La locución dirigida por Cervera a sus hombres antes del choque dejaba claro el destino fatal e inevitable de la batalla:

“Ha llegado el momento solemne de lanzarse a la pelea. Así nos lo exige el sagrado nombre de España y el honor de su bandera gloriosa. He querido que asistáis conmigo a esta cita con el enemigo, luciendo el uniforme de gala. Sé que os extraña esta orden, porque es impropia en combate, pero es la ropa que vestimos los marinos de España en las grandes solemnidades, y no creo que haya momento más solemne en la vida de un soldado que aquel en que se muere por la Patria.

El enemigo codicia nuestros viejos y gloriosos cascos. Para ello ha enviado contra nosotros todo el poderío de su joven escuadra. Pero sólo las astillas de nuestras naves podrá tomar, y sólo podrá arrebatarnos nuestras armas cuando, cadáveres ya, flotemos sobre estas aguas, que han sido y son de España ¡Hijos míos! El enemigo nos aventaja en fuerzas, pero no nos iguala en valor. ¡Clavad las banderas y ni un solo navío prisionero! Dotación de mi escuadra: ¡Viva siempre España, zafarrancho de combate, y que el Señor acoja nuestras almas!”

Batalla suicida

La batalla se ha recordado infinidad de veces, pero nunca mejor que como lo hizo hace 20 años Arturo Pérez-Reverte. Los barcos salieron del puerto de uno en uno, de mayor a menor tamaño, de más a menos potencia de fuego. No había ninguna opción aparte de romper el bloqueo a cañonazos y trayectorias suicidas, y tratar de ganar distancia. Los artilleros españoles acertaban en sus disparos pero no conseguían arañar los potentes cascos norteamericanos. A los minutos de abandonar su posición, los barcos españoles ya estaban en llamas. Los marinos muertos o en el agua, expuestos a los cañones enemigos como blancos de feria. Sólo salía adelante, tratando de huir, el Cristóbal Colón, a toda máquina mientras le duró el carbón británico. Los americanos lo veían como un acto de cobardía hasta que se enteraron de que navegaba con parte de su artillería pesada sin instalar. Entonces valoraron su resistencia como una heroicidad.

En la batalla murieron 343 españoles, fueron heridos 151 y apresados 1.889. Los seis barcos caídos. La flota del almirante William Sampson sólo lamentó a dos heridos y a un muerto. Entre los supervivientes españoles estuvo el propio Cervera, capturado por el navío Gloucester y trasladado al acorazado Iowa, donde fue recibido con honores por el capitán de navío Evans: “Caballero, sois un héroe. Habéis realizado la hazaña más sublime de todas cuantas guarda la historia de la Marina”.

El capitán Evans recibió a Cervera en su acorazado tras capturarle en batalla: ‘Caballero, sois un héroe. Habéis realizado la hazaña más sublime de todas’

El propio Evans relataba meses después el momento de la captura: “Al saltar sobre cubierta fue recibido militarmente con todos los honores debidos a su categoría por el Estado Mayor en pleno. El comandante del barco y los mismos soldados y artilleros salieron a saludar al valiente marino que pisaba gravemente la cubierta del vencedor. La numerosa tripulación del Iowa, unida a la del Gloucester, prorrumpió unánime en un ¡hurra! ensordecedor, cuando el almirante español saludó a los marineros americanos. Aunque el héroe ponía sus pies sin insignia ninguna en la cubierta del Iowa, todo el mundo reconoció que cada molécula del cuerpo de Cervera constituía por sí sola un almirante.”

‘Un acto español’

Y se deshacía en elogios, recogidos en la completísima biografía sobre el almirante publicada en 1916 por el sacerdote e historiador Alberto Risco: “Con respecto al valor y energía nada hay registrado en las páginas de la historia que pueda asemejarse a lo realizado por el almirante Cervera. El espectáculo que ofrecieron a mis ojos los dos torpederos, meras cáscaras de papel, marchando a todo vapor bajo la granizada de bombas enemigas y en pleno día, sólo se puede definir de este modo: fue un acto español”.

De vuelta en casa, el que era considerado un valeroso marino en Cuba y Estados Unidos tuvo que purgar en España un consejo de guerra por la destrucción de la escuadra a su mando. Lo libró, y acabó sirviendo los últimos años de su vida como senador vitalicio, mezclado con la misma clase política acomplejada tras el desastre que había tratado de utilizarle como cabeza de turco.

Pascual Cervera y Topete, desde este fin de semana, ya no es recordado en Barcelona. Sí en Cuba, donde conserva dos estatuas en su honor. Y en España, donde mantiene su recuerdo en calles por todo el país. Durante 37 años, también un crucero ligero de la Armada llevó su nombre entre 1928 y 1965. Este mismo lunes, tras la polémica desatada en Barcelona, el ayuntamiento madrileño de Boadilla del Monte ha confirmado que bautizará con su nombre una nueva vía de la localidad.