Imparable. Una sombra alargadísima que se cernirá sobre Kiev, destino inhóspito para una final de solera. Real Madrid y Liverpool acumulan en común venganzas, chorreos, recuerdos de finales. Las dirimirán con Cristiano Ronaldo y Mohamed Salah como estiletes. Quién lo habría dicho hace un año. Los 42 millones que el Liverpool pagó a la Roma por el delantero egipcio parecían entonces una más entre las inversiones arriesgadas y despreocupadas de los desahogados clubes ingleses. Ya vale el triple. Nunca en su carrera había mostrado más que retazos de lo que esta temporada ha confirmado ser: un jugador con la Champions League en sus botas, en sus piernas y en su cabeza. Esta noche, quizá también en su palmarés.

Ahora objeto de deseo de toda Europa, a Salah en la Premier ya le conocían. Un poco. Había estado entre 2013 y 2014 en el Chelsea. Agua: jugó 19 partidos y marcó dos goles. Venía desde Suiza y salió rebotado a la Fiorentina. Hizo un buen final de temporada, insuficiente para ganarse un hueco en el fútbol inglés. Volvió a salir cedido rumbo a la Roma, donde mejoró su rendimiento de manera exponencial. Insuficiente, eso sí, para llevar al equipo al éxito. Chocó, entre otros, contra el Real Madrid.

En su primera temporada en el club, la Roma acabó en tercer lugar la Serie A y pasó por los pelos en la fase de grupos de la Champions. En octavos se chocó contra un Madrid que pasaportó la eliminatoria con aire displicente. 0-2 en Roma, 2-0 en Madrid. Salah jugó ambos partidos completos con escasa influencia. El año siguiente fue peor. La Roma tuvo que pasar por la fase previa, donde encajó un correctivo sonoro. Empató a 1 en Oporto en la ida, cayó en casa 0-3, con Salah también como observador privilegiado. Llegó el Liverpool para sacarle del bucle.

La verticalidad de Salah, que jugará en ayunas, es un quebradero de cabeza para los laterales largos del Real Madrid, acostumbrados a la ligereza ofensiva

Desde entonces no ha parado de marcar y destacar. De cualquier manera. A la carrera con el balón controlado, al espacio, de zapatazo, de toque fino. Una amenaza total arrancando como un rayo por todos los frentes del ataque. Una pesadilla para los laterales largos del Real Madrid, acostumbrados a la ligereza ofensiva. Sergio Ramos, Raphael Varane y Casemiro preparan sesiones de fisio para los kilómetros extra. A un lado y a otro. Porque por donde no salga Salah aparecerán Mané y Firmino, como en el juego del wack-a-mole. El Liverpool es una amenaza ofensiva constante. Detrás es menos: se llevó seis goles en las semifinales, donde Salah desquició a la Roma que le empujó a la cima…y que rozó alcanzarla sin él.

El espectáculo de los goles de Salah no acaba con el balón traspasando la red. Ha hecho de la sobriedad un símbolo. No sonríe, se aparta de sus compañeros, mira al cielo, reza. Es un hombre de fuerte convicción musulmana y pregona su fe siempre que puede. Los hinchas del Liverpool ya tienen cánticos en los que amenazan con convertirse. Salah no va de farol: pese a que su religión se lo permite, estos días no se está saltando el Ramadán. Ni lo hará este sábado. Jugará en ayunas, según contó esta semana la prensa egipcia.

Ídolo árabe

Allí el partido es cuestión de Estado. Salah es uno de esos ídolos de los que el país, sumido en la depresión, estaba hambriento. Los partidos del Liverpool se consumen con pasión, casi como se consumirán en el Mundial de este verano, para el que Salah dio el pase a su país con un gol dramático en el descuento. Fue la locura. Lo será este sábado si Salah se corona rey de Europa. También lo será en buena parte del mundo árabe: sus camisetas, los murales dedicados al jugador, se ven no sólo en Egipto. Se veían estos días en Gaza durante las protestas palestinas contra Israel.

Allí se convirtió en ídolo en el año 2013, cuando todavía jugaba en el Basilea y se encontró con el Maccabi Tel-Aviv en competición europea. En el partido de ida, se fue a la banda a cambiarse de botas durante el saludo protocolario para evitar estrechar la mano de los jugadores rivales. En la vuelta sí los saludó, aunque con un rápido choque de puños en vez de un apretón. Un año después, el futbolista egipcio habló del tema: «El club me dijo que si no viajaba me suspenderían y habría muchos problemas. Así que fui y gracias a Dios marqué».

Cuando viajó a Tel-Aviv no anduvo lejos de su Najrij natal, en el norte de Egipto, en pleno delta del Nilo entre El Cairo y Alejandría. Una aldea como cualquier otra de las de la región, salvo por un detalle. Mirándola desde el aire, es la única en cuyo centro deslumbra el verde de un campo de fútbol bien cuidado. Es obra del futbolista, un benefactor de primer orden en la zona: ha donado el dinero suficiente para montar una depuradora de agua, varios centros juveniles y deportivos, ha comprado una máquina de diálisis para un hospital regional y ha ayudado a numerosas familias sin recursos.

En un reportaje de la Associated Press publicado esta semana, los corresponsales describían el ambiente en el que la comunidad entera disfrutó de su exhibición durante la semifinal de la Champions. Más de 200 personas apelotonadas frente a dos televisores bajo el techo de uralita de un café. «Hace cinco o seis años, sólo unas cuantas personas en la comunidad estaban interesadas en el fútbol europeo», decía Shady Dawoud, un hombre de mediana edad que afirmaba ser su pariente lejano. «Ahora, casi toda la aldea, jóvenes y viejos por igual, saben del Liverpool y de la Roma, así como el calendario de los partidos de Salah. Han cambiado muchas cosas aquí por él. Que Dios lo proteja».