Cuando Quim Torra habla de la “vía eslovena” no amenaza, porque no puede. Como mucho fantasea. Nada había en Eslovenia a principios de los 90 que se pueda comparar, siquiera remotamente, con la Cataluña actual. Equiparar ambas situaciones, como pretende el presidente catalán, sólo es un síntoma. En el mejor de los casos, de una evidente ignorancia histórica. En el peor, de una grave voluntad de manipulación. Bajo cualquiera de los dos escenarios subyace un afán simplista no menos desasosegante e inadecuado para analizar un período histórico tan traumático y complejo como la desintegración de la ex Yugoslavia.

La vía eslovena es el intento más reciente del nacionalismo catalán para mirarse en el deforme y deformador espejo de los Balcanes. Ya se habló el año pasado, con temerario desprecio a la ética, de la vía Kosovo. Incluso el entonces ministro Moratinos tuvo que hacer una ronda de medios en 2006 para subrayar la obviedad de que “Cataluña no es Montenegro”, después de que Podgorica rompiese por las buenas con Belgrado tras décadas de servicio impagable y fiel.

Los problemas que presenta la vía eslovena van más allá de la violencia, la pureza étnica, la unilateralidad o cualquiera de los estribillos que han sonado durante la semana en el Congreso y el Parlament. El principal problema de la vía eslovena es que no existe. No, al menos, en los términos en los que el soberanismo trata de incrustarla torpemente en la opinión pública, trazando el paralelismo entre una España represora y demofóbica y una Serbia que se lanzó sanguinaria sobre Eslovenia para evitar su independencia democráticamente votada en las urnas. Tal cosa no sucedió.

Pese al relato falaz del nacionalismo, Serbia no tuvo el menor interés en retener a Eslovenia dentro de Yugoslavia y votó en contra de una intervención militar a gran escala

Serbia no tuvo el menor interés en retener a Eslovenia dentro de Yugoslavia. Por la sencilla razón de que en Eslovenia, a diferencia de Croacia, Bosnia, Vojvodina, Montenegro, Kosovo y Macedonia no vivían serbios o lo hacían en un número prácticamente testimonial. En la decadente Yugoslavia post-Tito, Ljubljana se mostraba cada vez más como lo que era: un pegote huérfano de la Viena imperial que, en la resaca de las Guerras Mundiales, había acabado compartiendo una Federación socialista con naciones cuyas turbulencias históricas, étnicas y religiosas le eran ajenas.

Precisamente por eso, Eslovenia había sido un elemento diferencial con mucho valor para Tito y su idea de Yugoslavia. Para Slobodan Milosevic y el nuevo caudillismo nacionalista serbio, no tenía ninguno.

De izquierda a derecha: Momir Bolutovic (Montenegro), Alija Izetbegovic (Bosnia), Slobodan Milosevic (Serbia), Kiro Gligorov (Macedonia), Franjo Tudjman (Croacia) y Milan Kucan (Eslovenia), reunidos en abril de 1991.

De izquierda a derecha: Momir Bolutovic (Montenegro), Alija Izetbegovic (Bosnia), Slobodan Milosevic (Serbia), Kiro Gligorov (Macedonia), Franjo Tudjman (Croacia) y Milan Kucan (Eslovenia), reunidos en abril de 1991. Tono Stojko. Museo de la Nueva Historia de Eslovenia.

Todo esto se resume en la oferta que el propio Milosevic le hizo al presidente Milan Kucan tras el referéndum -constitucional- en el que un 88,5% del censo votó a favor de la separación y que derivó en la declaración del 25 de junio de 1991. Serbia apoyaría la secesión de Eslovenia si Eslovenia ayudaba a modificar la Constitución yugoslava para reformar el derecho de autodeterminación, que correspondía sólo a las naciones, ampliándolo también a los grupos étnicos dentro de ellas. Es decir, a los serbios que poblaban todos los rincones de la tambaleante Federación…salvo Eslovenia.

Milosevic ofreció a Kucan apoyar la secesión de Eslovenia si Ljubljana ayudaba a reformar la Constitución de Yugoslavia para avanzar hacia una ‘Gran Serbia’

Kucan y otros miembros del Gobierno lo reconocieron años después. La oferta se estudió y se valoró positivamente, aunque Eslovenia no se comprometió a nada. Lo cual no alteró la indiferencia de Belgrado. Borisav Jovic, marioneta de Milosevic, que había sido el presidente de Yugoslavia entre 1990 y mayo de 1991 y fue el representante serbio en la presidencia hasta 1992, se lo declaró a la BBC: “Serbia no tenía reclamaciones territoriales allí. Eslovenia era una nación étnicamente pura. No nos importaba si abandonaba Yugoslavia”.

La independencia de Eslovenia, en realidad, había nacido cuatro años antes, en 1987, al mismo tiempo que nacía Milosevic como líder nacionalista. Había nacido en Kosovo, donde nació todo. El mito serbio de la lucha contra el islam, la propia nación serbia y también la desintegración de Yugoslavia. Aquel año, Milosevic viajó al mítico campo de Gazimestán para reunirse con los serbios locales, que denunciaban estar siendo asediados y maltratados por los albaneses. Tras ser reprimidos por la Policía, Milosevic se erigió en caudillo tras pronunciar las palabras mágicas, convenientemente captadas por la televisión de Belgrado y repetidas hasta la extenuación en horario de máxima audiencia: “No os volverán a golpear otra vez”.

Slobodan Milosevic, en Kosovo Polje en 1987.

Slobodan Milosevic, en Kosovo Polje en 1987.

Milosevic volvió a Serbia ya como un héroe con la masa de su lado. Eran los serbios quienes apelaban “al pueblo” que se “expresaba” a través de manifestaciones multitudinarias orquestadas en Kosovo, Belgrado y Vojvodina. Fue Milosevic quien dijo que los serbios “actuaremos en defensa de nuestro propio interés, y si esto viola la Constitución no nos importa”. Si Torra pretende equiparar discursos, equivoca el tiro.

Mladina y la fracasada ‘Marcha de la Verdad’

El conflicto esloveno llega cuando Kucan regresa a Ljubljana y se dirige a la nación. Para hablar de Kosovo. “Los albaneses actúan en el interés de Yugoslavia, y también en el de Eslovenia”, lanza por televisión. Milosevic lo interpreta como una traición y utiliza a su títere Jovic para sacar a la gente a la calle en Belgrado. Lo que piden es mano dura al entonces presidente de la federación, Raif Dizdarevic, bosnio y musulmán. Dizdarevic se dirige a la muchedumbre para intentar calmarla. “No vayamos por la senda del enfrentamiento nacional”, dice, consciente del destino trágico que le aguardaría a su patria en ese caso. Es fuertemente silbado y abucheado por la multitud.

Cuando finalmente se autoriza a Milosevic a usar el ejército en Kosovo para proteger a los serbios locales, Eslovenia, libre de tensiones étnicas, es el territorio que encabeza las protestas. Lo hace utilizando a la prensa y revistas satíricas como Mladina que ridiculizan a los serbios y sus tópicos. Janez Jansa, uno de sus periodistas más críticos con el régimen, sería detenido en 1988. Dos años después era ministro de Defensa de la República y, ya en democracia, llegó a ser primer ministro.

A Milosevic ni siquiera le importó que Eslovenia abandonase el Congreso Extraordinario de 1990, de no ser porque detrás de ellos se fue la delegación de Croacia

Para Yugoslavia, una anquilosada y moribunda dictadura comunista, la libertad de expresión era un problema. Por eso el almirante Branko Mamula, serbio, citó al líder esloveno Kucan durante unos potentes ejercicios militares para decirle que debía “reprimir” a esta prensa. “Y no me digas que no puedes hacerlo”, remató mientras fijaba la vista en las maniobras. Kucan hizo oídos sordos y no tomó ninguna medida represora. Mientras, Eslovenia empezaba a conformar un ejército armado hasta los dientes con incontable ayuda internacional, de Alemania a Singapur pasando por Italia.

Como respuesta a la mano blanda con la prensa, Milosevic intentó organizar una Marcha de la Verdad que partiría desde Kosovo hasta Ljubljana. Se encontró con un problema: los trenes debían atravesar Croacia, que les impidió el paso. Las manifestaciones en la capital eslovena quedaron reducidas a una docena de serbios locales que gritaron consignas contra Kucan y acabaron todos detenidos, con sus banderas confiscadas.

Ya no había nada que uniera a Eslovenia con Yugoslavia. En 1990, durante un Congreso Extraordinario en el que Serbia y Montenegro maniobraron para rechazar una tras otra las propuestas eslovenas, la ruptura se hizo patente. La delegación encabezada por Kucan se marchó de la sala como un simbólico abandono de Yugoslavia. Milosevic no hizo absolutamente nada para evitarlo y se dirigió al público para aportar su solución: dado que Eslovenia se había ido, simplemente se establecería un nuevo quórum y se seguiría adelante con la sesión.

Tudjman, el ‘Mesías’ que sí preocupaba a Serbia

El problema, otra vez, fue Croacia, que no estaba dispuesta a continuar debatiendo nada si Eslovenia no estaba presente. Su delegación también se fue. Era enero, cuatro meses antes de que en Zagreb llegara al poder Franjo Tudjman. Este fue el discurso que se escuchó allí el domingo de Ramos de aquel año: “En este día, Cristo llegó triunfante a Jerusalén y fue recibido como un Mesías. Hoy, nuestra capital es la nueva Jerusalén. Franjo Tudjman ha llegado ante su pueblo”.

La llegada del ultranacionalista Tudjman al poder en Zagreb centró toda la atención de Milosevic y apartó definitivamente del foco a Eslovenia

Stipe Mesic, su sucesor y mano derecha, reconocería más tarde la torpeza de ese discurso, plagado de banderas ajedrezadas que para la minoría serbia en Croacia representaban la imagen resucitada del genocidio ustacha de la Segunda Guerra Mundial: “Deberíamos haber sido más sutiles. Sabíamos que nos estábamos alejando de aquellos serbios que querían vivir en Croacia”. La poca importancia que Eslovenia había tenido hasta entonces para Serbia ya había desaparecido para siempre.

Es por tanto una falacia histórica hablar de la declaración de independencia de Eslovenia sin mencionar que, el mismo día, se produjo la declaración de independencia de Croacia. A Eslovenia, el ejército federal envió a un destacamento muy reducido -en su mayoría compuesto por kosovares, croatas y bosnios-, absolutamente desmotivado y sin la intención real de asaltar el territorio. Su misión era asegurar los nuevos puestos fronterizos -Eslovenia controlaría ahora las entradas de bienes a la zona procedentes del resto de Europa- y algunos aeropuertos, dando por descontada la independencia eslovena aunque sin llegar al nivel de pasividad que se concedería a Macedonia meses después.

La ‘Guerra de los Diez Días’ sólo duró cuatro

El gobierno de Kucan decidió repeler con todo, movilizó milicias con armamento pesado, atacó tanques, hizo prisioneros a batallones de hasta 500 hombres y derribó helicópteros que transportaban provisiones. Uno de ellos, en Ljubljana, era pilotado por un soldado esloveno que se convirtió en la víctima más mediática de la guerra. De las 74 totales, 18 fueron eslovenas, 44 yugoslavas y 12 internacionales, entre periodistas y transportistas. La Guerra de los Diez Días, de hecho, duró cuatro en realidad. El 30 de junio, cuando el general serbocroata Veljko Kadijevic sugirió que la única manera de parar la independencia eslovena sería una intervención a gran escala, fueron Jovic y Milosevic quienes afirmaron que Serbia no la apoyaría.

Helicóptero yugoslavo derribado en Ljubljana el 27 de enero de 1991. Su piloto, esloveno, fue la víctima más mediática de la guerra.

De ahí en adelante, los únicos movimientos serbios fueron encaminados a recolocar a sus tropas de cara a las cruentas batallas que habrían de librarse meses después en Vukovar y Krajina, donde las milicias serbias se organizaban con el apoyo de Belgrado para rechazar la autoridad del “infame gobierno croata”, como dijo ante las cámaras ese mismo año el líder de la policía rebelde de Knin.

“Con Eslovenia fuera del camino, podíamos dictar los términos a los croatas”, confesaría años después Jovic en el afamado documental La muerte de Yugoslavia, en el que se pasa de puntillas por otro asunto decisivo del proceso: Alemania estaba dispuesta, desde el primer momento, a reconocer la independencia eslovena, fomentada desde Barcelona por el propio Jordi Pujol. En el caso de Cataluña en octubre del año pasado, ni siquiera Eslovenia se prestó a romper la unidad de acción de la UE y devolver el favor histórico.

Ninguno se hace el independentismo catalán a sí mismo cuando acude en busca de ejemplos a un caladero revuelto. Corre el riesgo de que, una vez que la vía Kosovo palidece por vergüenza torera y la vía eslovena se demuestra como una parodia de lo que en realidad sucedió, se amplíen las miras para comprobar lo que pasó en aquellas zonas de los Balcanes en las que, como en Cataluña, las opciones políticas de la sociedad no eran ni mucho menos homogéneas.

Cuando Carles Puigdemont dice este jueves en Londres que el problema de la ex Yugoslavia fue “la vía serbia”, está expresando una verdad pero ocultando otra. De no hacerlo, hablaría también de la vía croata, del contrabando de kalashnikovs húngaros en coches particulares para armar a las policías locales, de las terroríficas limpiezas étnicas que después se extendieron a Bosnia y hoy yacen bajo el clima de aparente normalidad turística, del asesinato de los mediadores bienintencionados como Josip Reihl-Kir y de Tudjman besando en el campo la bandera ajedrezada el día que se expulsó a los últimos serbios de Krajina. Siguiendo la lógica del disparate, eso probablemente será otro capítulo.