Cuando Ada Colau se hizo con el bastón de mando del Ayuntamiento de Barcelona en mayo de 2015 las imágenes más histriónicas de su pasado reciente como activista contra los bancos y los desahucios coparon los informativos. En su primer año de mandato renunció a los disfraces, a echar al Mobile World Congress de Barcelona y acabar con las subvenciones a la Formula 1 en Montmeló, adaptándose, en la medida de lo posible, a su nuevo cargo institucional. El Ayuntamiento de Barcelona parecía haber sorteado el frikismo con el que le amenazaban las imágenes de Colau contra las hipotecas. Pero con la nueva cita electoral del 27 de mayo, la capital catalana parece haberse convertido en epicentro del aventurismo político de cualquier color.

La convicción de que serán unas elecciones reñidas -con ERC, BarcelonaEC y Manuel Valls disputándose el primer lugar- la presión del debate independentista sobre las cuestiones locales, y la voluntad de ganar la capital catalana para uno u otro bando del procés, se suman a la falta de carisma de los actuales líderes locales para plantarle cara a Colau. Y todos esos factores han alimentado la proliferación de las más inesperadas candidaturas.

La sorpresa saltó el verano pasado con la candidatura del ex primer ministro francés Manuel Valls. De la mano de C’s, Valls aspira a capitalizar el voto unionista en la capital catalana para convertir Barcelona en su trampolín de retorno a la política, esta vez española. Pero su pretensión de unificar el constitucionalismo ha chocado con las resistencias de PP y PSC. Los populares, en serio riesgo de quedar fuera del Ayuntamiento, han apostado por un candidato independiente, el líder de la patronal unionista Josep Bou.

La apuesta ha conseguido eco mediático, pero también encierra riesgos. A Bou ya le han atribuido lazos con la Falange desde medios independentistas, y sus primeras declaraciones en favor de Vox han incomodado a más de uno en su nuevo partido, que confía en la popularidad adquirida como azote empresarial del independentismo para mantenerse en el Ayuntamiento.

Alemán de Tabarnia

No será el único candidato nuevo en la política. El empresario alemán Karl Jacobi, otro emblema del constitucionalismo por su bronca a Roger Torrent en un almuerzo en el Círculo de Economía, ha presentado también candidatura. Sin aval oficial de ningún partido, Jacobi es lo más cercano a un candidato oficioso de Tabarnia con un discurso provocador en el que destaca su gusto por llamar «nazis» a los independentistas.

En el polo independentista, las apelaciones a la unidad de partidos y entidades no han evitado que se cuenten de momento cinco candidaturas con marchamo secesionista, aunque todavía puede haber cambios. La más consolidada es la que lidera para ERC Ernest Maragall, y aún así se trata de un «dedazo» de la dirección ejercida por Oriol Junqueras desde Lledoners tras imponerse Alfred Bosch, el ex líder republicano en el Consistorio, en las primarias del partido.

Pero las encuestas -y la voluntad de pactar con Colau tras los comicios- han podido más que las primarias, y Bosch se ha intercambiado cargo y responsabilidades con Maragall. El primero ha ocupado la Conselleria de Exteriores abandonada por el segundo para encabezar la candidatura de ERC en Barcelona. Los republicanos confían en arrastrar así al voto maragallista, restando apoyos independentistas los comunes de Colau y aprovechando el desconcierto en las filas ex convergentes.

Tres candidatos: Munté, Graupera y Mascarell, aspiran a conseguir el apoyo de Puigdemont y el aparato ex convergente

Neus Munté es, sobre el papel, la sucesora de Xavier Trias al frente de la candidatura del PDeCat, segundo grupo municipal, a solo un regidor de Colau. Pero todo el mundo en el Ayuntamiento reconoce que ni Munté ni sus compañeros de partido se han creído nunca su candidatura, pese a haber ganado, ella también, las primarias del PDeCat de Barcelona. Munté sabe que su partido acabará buscando una alianza circunstancial con el candidato que presente la Crida, que es tanto como decir el candidato de Carles Puigdemont, cuyo peso electoral sigue siendo incuestionable para el independentismo.

Pero Puigdemont sigue sin dejar claro para quien serán sus favores. Harto de esperar, su socio en el lanzamiento de la Crida, Ferran Mascarell, lanzó su candidatura en solitario hace dos semanas. No le avala la Crida ni Puigdemont, pero este ex socialista resituado en las filas independentistas de la mano de Artur Mas siempre ha aspirado a la alcaldía de Barcelona, desde que ejercía de número dos de Pasqual Maragall en los años 90. Él, como Ernest Maragall, representa la herencia de la mejor Barcelona, lo que significa también dar un nuevo significado a la expresión «candidato con experiencia».

Maragall concurrirá a las elecciones locales con 76 años, por 68 de Mascarell. Aunque el criterio de la edad no parece disgustar al electorado independentista, a tenor de las encuestas internas que maneja el PDeCat. Según un sondeo elaborado por el partido para escoger candidato, el ex alcalde Xavier Trias -72 años- ganaría de calle frente a Munté, Mascarell y Artadi. Superar con creces la edad de jubilación no parece ser un problema para aspirar a la alcaldía de Barcelona.

La juventud la representa en este campo Jordi Graupera. Ex profesor universitario y opinador habitual del ala más dura del independentismo posconvergente, Graupera se lanzó a unas primarias populares organizadas por la ANC con la etiqueta de ser el auténtico candidato de Puigdemont. Pero el ex president no ha dado todavía su apoyo al candidato de la Asamblea, que ahora batallará con Mascarell y Munté por liderar la candidatura del PDeCat. A no ser que desde el partido consigan convencer finalmente al ex conseller de Interior, Joaquim Forn, para que ceda su imagen a los carteles electorales y su aura de héroe político desde la prisión de Lledoners.