Manifestación del 8-M en Madrid.

Manifestación del 8-M en Madrid. EP

logo
El feminismo toma las calles

Política

El feminismo toma las calles

Panderetas, piercing y labios morados. Muchas zapatillas de deporte y poco tacón. Abuelas con pancartas y señores con bebés. Madres cargando abrigos y padres empujando el carrito de los niños junto a lateros que venden cervezas. Chicas pintándose las mejillas de colores mientras cantan que Madrid será la tumba del machismo.

Las  sin duda más de 375.000 personas que llenaron las calles del centro de Madrid en la manifestación feminista del 8-M, desde Atocha a Cibeles y de Alcalá a Gran Vía, se reunieron para protestar contra el machismo, cada una a su manera. No vi referencias a Simone de Beauvoir, pero abundaban las pancartas reivindicando que sin Hermione, Harry Potter habría muerto en el primer libro y que la Leia de Star Wars no es una princesa, sino una Jedi. No suena especialmente anticapitalista ninguno de los dos, pero sí denota la juventud que impulsaba la protesta.

Lemas tan sobrios como «La igualdad es una necesidad» se mezclaban con otros mucho más explícitos tipo «en mi coño mando yo». Unas chicas argentinas pedían en sus pancartas la despenalización del aborto en su país, en el que más de 350.000 mujeres se ven forzadas a abortar clandestinamente arriesgándose a cuatro años de cárcel.

Una chica sujetaba una pancarta que sostenía que el feminismo ha de ser “antiespecista o no será”. Los antiespecistas, por lo visto, son los defensores de los animales que rechazan su explotación. A su lado pasó una mujer con un abrigo que parecía de piel que también se manifestaba contra el machismo. Cada una a su manera.

«Ha sido un orgasmo ideológico», explica una profesora ya jubilada con el pelo teñido de rojo que recuerda haber ido a todas las manifestaciones del 8-M desde los años 70. «Pensar que hemos pasado de que se nos viera como las viejas feministas pasadas de rosca a estar rodeadas de cientos de miles de personas que desbordan la calle todavía no me lo creo». Y añade: «Me encanta ver que las nuevas generaciones han tomado el relevo, pero a las más jóvenes les diría que cuidado con banalizar el feminismo. No se le puede llamar a todo machismo».

De pedir hace 40 años el aborto libre y gratuito, cuando la manifestación del 8-M apenas sumaba unos pocos cientos de mujeres que recorrían de Tirso de Molina hasta Atocha, el 8-M ha mutado en una macromanifestación tan masiva como para paralizar el centro de la capital por segundo año consecutivo. El  fin de la violencia machista y de la brecha salarial son ahora las reivindicaciones principales.

En 2018 fue el impulso del #Metoo y la indignación alrededor del juicio de La Manada lo que multiplicó el número de asistentes de los 40.000 de 2017 a los 170.000 del año pasado. Este 8 de marzo, según las cifras de Delegación de Gobierno, se ha duplicado el número de manifestantes. Pero no es solo el número que ha cambiado. También el debate público y la importancia que el 8 de marzo ha cobrado en España, convirtiéndola en el epicentro mundial de la movilización feminista.

Son muchos más los hombres que este año se han sentido invitados a manifestarse por la igualdad. También ha aumentado la insistencia de algunas formaciones políticas, como Podemos y PSOE, de apropiarse del acto y de otras, como PP, de tratar de dejar clara o bien que no se identificaban con ella tal y como estaba planteada o, directamente en el caso de Vox, su oposición al mismo. Ninguno de estos partidos, a su pesar, fue protagonista en la jornada.

Selfies con las ministras y algún abucheo

Hubo 12 ministros de los 17 que acudieron a la manifestación, pero no la encabezaban. Aunque por algunas fotos pudiera parecerlo. En realidad, las socialistas solo ocupaban un carril del Paseo del Prado, junto al Museo del Prado. La manifestación, al otro lado del bulevar, continuaba avanzando ajena a la escena. Las socialistas, sin embargo, permanecieron paradas un largo rato sujetando esa pancarta de cinco metros. No tengo claro si por seguridad o para dar tiempo a todas las fotos pertinentes.

Un grupo de voluntarios acordonaban a mano la escena montada por el Gobierno socialista, «por seguridad», explicaban a los curiosos que querían acercarse más a ver cuántos miembros del Gobierno reconocían. El cordón a los socialistas, este con fines fotográficos en vez de sanitarios, dejaba suficiente espacio para que periodistas y curiosos inmortalizaran la escena en la que por primera vez la mayoría de los miembros de un Gobierno acude a la manifestación del 8-M.

Fueron 12 de los 17 ministros de Pedro Sánchez: con la vicepresidenta, Carmen Calvo, a la cabeza  acompañada de la ministra de Economía, Nadia Calviño; la de Trabajo, Magdalena Valerio; la de Industria, Reyes Maroto; la de Sanidad, María Luisa Carcedo; el de Agricultura, Luis Planas; la de Educación, Isabel Celaá; y la de Justicia, Dolores Delgado. Sujetaban una pancarta que decía «Mujeres, Iguales y Libres». Junto a ellas también estaba Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, que junto con la vicepresidenta Calvo era la que más selfies concedía a las mujeres espontáneas que pedían permiso para acerarse a hacerse una foto.

Unos metros más adelante, a la altura de Neptuno, la manifestación continuaba ajena a los políticos. Unas universitarias gritaban: «Esto nos pasa por un Gobierno facha». Las ministras quedaban demasiado lejos para oírlas. Se habrían quedado con la duda de si se referían a su Gobierno.

El Partido Popular ha renunciado a asistir a una manifestación cuyo manifiesto convocante se mostraba contrario a la derecha y la extrema derecha. Pero la peor parte se la ha llevado Ciudadanos, que ha asistido reclamando un feminismo liberal e inclusivo con una pancarta que decía: «Feminismo es libertad». El grupo se colocó entre el PSOE y Podemos, que eran las agrupaciones más numerosas. Algunos de los asistentes increparon a Inés Arrimadas y otros líderes de la formación naranja que asistieron a la marcha. Les gritaban «¡Albert Rivera estás en otra era!» y recibieron varios abucheos en los que se les recriminaba, entre otras cosas, su apoyo a la gestación subrogada y haber asistido a la manifestación de Colón junto a Vox. “Nosotros no necesitamos autobuses para llenar las calles”, les gritaba a los de Ciudadanos una señora a lo lejos. También había quien pedía respeto para ellos.

Aunque es una lástima que las convocantes no optaran por una fórmula en la que todo aquel que se quiera manifestar contra el machismo y la desigualdad se sintiera bienvenido, estos episodios han sido aislados. En la mayor parte del recorrido, allá donde no se veían políticos, ni los cánticos ni las pancartas tuvieron partido alguno como protagonista. La multitudinaria afluencia ha desbordado el intento de ningunas siglas de capitalizar la convocatoria.

Feminismo anticapitalista vs. liberal

Es evidente que la proximidad de las elecciones del 28-A ha contagiado la convocatoria de este 8-M con intereses partidistas. La diferencia entre ver la manifestación por la tele y pasearse por ella, es que a pie de calle no se oía a nadie discutir si este feminismo era anticapitalista o liberal.

Es más, a juzgar por cómo estaban de lleno el McDonald’s de Atocha y las terrazas de la Carrera de San Jerónimo al terminar la manifestación, la huelga de consumo de algunos de los convocantes no fue precisamente un éxito. Ni a la mayoría de los asistentes les preocupaba especialmente el espíritu anticapitalista del manifiesto.

Al terminar, una chica de unos 20 años arrastraba por Gran Vía una pancarta buscando un contenedor donde tirarla. A su amiga, que también tiene algunos mechones de pelo teñidos de morado, le dice: “Mi madre pasa de todo, pero le he dicho que yo me manifiesto por las dos”. De algún modo, muchas de las mujeres ausentes también estaban aquí.