13 de noviembre de 1986. Felipe González desembarca en La Habana escoltado por el ministro Javier Solana y el secretario de presidencia, Julio Feo. Llegan también periodistas, que posteriormente quedan escandalizados. El presidente español desaparece durante casi 48 horas. Las crónicas, primero socarronas y después ya con la ceja en alto, hablan metafóricamente de «secuestro». No hay agenda, actos oficiales ni información clara de qué está haciendo el socialista.

Dos días más tarde, González aparece junto a Fidel Castro con un espectacular moreno y entusiasmado con el espectáculo del cabaret Tropicana. Los turistas contemplan atónitos cómo los dirigentes suben al escenario y felicitan a las bailarinas y las intérpretes. Se hacen fotos sobre la tarima. Festivas, llenas de plumas, maquillajes estrambóticos y coronas de flores. Posteriormente el PP las usará como arma arrojadiza recurrente contra el líder del PSOE.

Mauricio Vicent, histórico corresponsal de El País en Cuba, contó tiempo después y con detalle las circunstancias de la ‘desaparición’. Castro se había llevado a Felipe González a Cayo Piedra, un islote que el dictador cubano usó como mansión de vacaciones frente a la costa de Playa Girón, el escenario de la batalla de Bahía Cochinos sobre la que la revolución cubana fortificó todo su simbolismo.

Un yate de Franco se le vende a un magnate norteamericano por una tonelada de dólares, y después, por media tonelada te compras uno igualito a este’, le dijo Castro a González

Fidel Castro y Felipe González pescaron durante dos días acompañados de Gabriel García Márquez y el peruano Bryce Echenique. En sus memorias, éste contó que a Felipe le sorprendía lo ostentoso del barco en el que navegaban, regalado por México, y se quejó del escándalo que había generado en España que él hubiera puesto un pie en el Azor. La respuesta de Fidel, según la recuerda Echenique, describe bien al personaje: «Es que eso no se hace, Felipe. Un yate de Franco se le vende a un magnate norteamericano por una tonelada de dólares, y después, por media tonelada te compras uno igualito a este».

Esos días en el Caribe, donde González pescaba con caña y Castro a cuerpo bajo el agua, no se le olvidaron a ninguno de los dos. Aunque su relación se enfriara después por las insistentes llamadas de España a la reforma política en Cuba, por la consolidación del país dentro de la OTAN o por la alineación de González con Europa ante la caída en desgracia de la Unión Soviética. Lo cierto es que siempre quedó complicidad, como se desprende de la carta que envió el propio Fidel Castro al presidente español el 19 de enero de 1988, y que se hizo pública este miércoles con la desclasificación de la correspondencia personal de González por parte de la Fundación del ex dirigente socialista.

El agradecimiento a España y el vino de ‘Paca’

En esa misiva, Fidel Castro agradece a España que no facilite las maniobras de Estados Unidos para promover una condena pública a Cuba por la existencia de más de 15.000 presos políticos y represaliados en la isla. «Más de una vez, en nuestras interesantes conversaciones donde tantos tópicos quedan todavía por abandonar, hemos discutido nuestras respectivas actitudes en materia de derechos humanos», arranca en su carta Castro, que argumenta que la opacidad del régimen comunista a este respecto responde a una estrategia para no alimentar la retórica norteamericana.

«La imputación miserable no pudo abrirse paso», continúa Castro sobre el fracaso de Estados Unidos para sacar adelante la declaración, «porque numerosos países, entre los que figura España, se negaron a convertir la reunión de Ginebra, destinada a preservar los derechos humanos, en un instrumento de ataque contra un país respetable». Como muestra de reconocimiento, escribía el jerarca comunista, procedía a explicarle personalmente a González la situación de los derechos humanos en la isla.

Dos años después de su visita a Cuba, Fidel le recordaba a Felipe González que en la isla le echaban de menos los peces y la gente del club Tropicana

Es una larga carta autoexculpatoria, en la que Castro justifica la detención de más de 10.000 personas tras la batalla de Bahía Cochinos, pero asegura que fueron liberados tras menos de una semana y sin daños físicos. Un escrito rico en circunloquios, en excusas y en eufemismos. Así describe, por ejemplo, el opresivo sistema de delatores implantado por el régimen en el corazón de la sociedad cubana: «Una institución recientemente creada, de base y origen populares y de multitudinaria participación, decidió también hacer una ‘neutralización’ defensiva de todos aquellos ciudadanos sobre los cuales en los distintos barrios del país la enorme masa de revolucionarios tenía sospechas más o menos fundadas de deslealtad a la Revolución».

«España puede estar tranquila, pues su negativa a convertir el problema de los derechos humanos en un instrumento de ataque contra Cuba está respaldada por el proceso histórico de la Revolución y por las vivencias actuales de la sociedad cubana», acaba diciendo Castro, que agradece la posición de Felipe González y le informa sobre la reciente visita al país de José Federico de Carvajal, ex presidente del Senado español: «Largas horas estuvimos conversando, a tu nombre brindamos con sincero afecto con el Viña Real que me enviaste con Paca».

Con esa referencia más que probable a Paca Sauquillo, la histórica militante de la ORT y del PSOE -desde 1987- finaliza el escrito de Fidel Castro, en el que pide disculpas por su extensión. Lo cual no le frena para añadir posteriormente una postdata, ya a mano, junto a la firma del dictador cubano: «No dejes de recordar que en Cayo Piedra los peces esperan por ti. También la gente de Tropicana».