«Es mentira que en Cataluña haya confrontación o un problema de convivencia», clama el presidente de la Generalitat, Quim Torra, cada vez que tiene ocasión, negando las aseveraciones de socialistas, populares o naranjas. Pero lo cierto es que la Diada, la fiesta regional, será precisamente un ejemplo de esa confrontación que ha llevado a todos los partidos constitucionalistas a borrarse de la celebración institucional organizada por la Generalitat, a Ada Colau de la manifestación independentista y a los secesionistas a temer la ofrenda a Rafael Casanovas.

Dos años después de la declaración unilateral de independencia y a las puertas de la temida sentencia del Tribunal Supremo sobre el 1-O, la movilización popular es la única esperanza de unos partidos y entidades más divididos y desgastados que nunca, incapaces de acordar una respuesta ante el TS o una postura común ante la investidura española, al tiempo que pierden la complicidad de la izquierda catalanista integrada en Podemos y sectores del PSC.

Sin olvidar la última intervención del líder histórico del catalanismo, Jordi Pujol, que esta semana se desmarcaba de la vía independentista al reclamar un debate serio sobre el futuro de Cataluña «con voluntad de encaje efectivo en el marco español y europeo». Pujol respondía así a la propuesta de trasladar el Senado a Barcelona para enfriar el debate: «En Cataluña lo que se debate no es un poco más de poder económico o administrativo, sino el reconocimiento de una realidad con consciencia colectiva y un proyecto propio», afirmaba.

La negativa de Ada Colau a asistir a la manifestación de ANC y Omnium convocada bajo el explícito lema de Objetivo independencia es la muestra más obvia de ese alejamiento. El pacto de los comunes con el PSC, en detrimento de ERC, en el Ayuntamiento de Barcelona, ha sembrado una fractura entre neocomunistas e independentistas que se expandió notablemente con los abucheos e insultos independentistas a Colau el día de su investidura como alcaldesa.

Ahora la líder de los comunes insiste en su compromiso con la libertad de los procesados por el 1-O, especialmente «su amigo» Jordi Cuixart, pero marca cada vez más las distancias con un movimiento independentista que ya la ha incluido en el listado de «botiflers» al que en la última década se han incorporado los dirigentes del PSC, Unió y parte de Convergencia, que ahora acompañan en el imaginario independentista a PP y Cs.

En el ámbito puramente institucional, el PSC ha sido el último en descolgarse de un acto, el organizado por Govern y Parlament, que institucionalizó su primer presidente autonómico, Pasqual Maragall, en 2004. Miquel Iceta lo dejó claro el lunes, «las instituciones tienen la obligación de pensar en el conjunto de la ciudadanía y promover la máxima participación en los actos institucionales», condición que no cumple el acto que bajo el titulo Tornarem (volveremos) ha diseñado Lluís Danés para reivindicar «la libertad de los presos políticos y exiliados» como destacó la portavoz del Govern, Meritxell Budó.

«La Diada es fiesta nacional de Cataluña, así lo aprobó el Parlament en su primera ley con la idea de que fuera una fiesta de todos», recordó Iceta para secundar el anuncio de la portavoz socialista, Eva Granados, responsable de explicar el plante del PSC a la performance organizada el martes noche en la Plaza Sant Jaume. Tampoco asistirán los representantes de PP ni Cs, que hace años que han abandonado estos actos, así como la tradicional ofrenda a Rafael Casanovas, convertida en termómetro de las filias y fobias del independentismo.

Abucheos entre independentistas

El PP de Josep Piqué fue el primero en anunciar que no pensaba seguir asistiendo a una ofrenda en la que por sistema era insultado, cuando no era víctima del lanzamiento de huevos. Cs se sumó después al boicot, al que se resisten de momento los socialistas. Aunque este año no serán los únicos abucheados. Las fricciones en el seno del independentismo muy probablemente se conviertan en la ofrenda en abucheos a los líderes de determinados partidos, especialmente ERC, demasiado conciliadora y posibilista en los últimos tiempos para el gusto del secesionismo más ortodoxo.

Igualmente incómoda puede resultar este año la asistencia a la manifestación de ANC y Òmnium. Harta de que el Govern proclame su fe en la república catalana sin dar ni un solo paso para implementarla, Elisenda Paluzie, presidenta de la Asamblea, ha decidido este año excluir a los líderes políticos de la «zona vip» de la concentración. De modo que los líderes de ERC y JxCat se verán expuestos este año a los concentrados de primera hora, esto es, a las iras de los manifestantes frustrados por las promesas incumplidas.

Unos manifestantes que algunos auguran menos numerosos que en años anteriores, cansados por una convocatoria que se repite de forma masiva desde 2012 sin haber logrado ninguno de los objetivos prometidos. Aunque la ANC asegura contar con 180.000 inscritos, más de 200.000 camisetas vendidas y 700 autocares contratados.

Los independentistas confían en haber recuperado la movilización en los últimos días gracias a la campaña Tsunami Democràtic y a su nuevo espejo internacional: la revuelta de los estudiantes de Hong Kong. Su derivada más histriónica ha sido, de momento, la propuesta de asistir a la manifestación de la Diada con cascos amarillos.